Símbolos de la integración europea

Encarna Hernández

Aumentar el sentimiento de pertenencia a la Unión Europea y el diálogo entre las distintas culturas de la Unión: tal es el objetivo de una propuesta de Decisión de la Comisión Europea para establecer, a nivel comunitario, un “Sello de Patrimonio Europeo”, que busca realzar el valor festivo, simbólico, histórico, cultural, turístico y educativo de lugares que ocupan un lugar importante en la historia de la integración o que destacan por representar los valores democráticos y humanos que sirven de base a la construcción europea.

La propuesta se basa en una iniciativa intergubernamental que fue puesta en marcha en 2006 por diecisiete Estados Miembros, y que ahora, previa aprobación mediante el proceso de codecisión por parte del Consejo y del Parlamento Europeo, se extenderá a toda la UE a partir de 2011 o 2012, fortaleciendo en mayor media el rico y diverso patrimonio cultural europeo con el reconocimiento del sello en toda la UE, con recursos propios (un presupuesto inicial anual de 925.000 euros) y con criterios definidos a nivel comunitario.

En virtud de dicho acuerdo interestatal ya han recibido el sello en los últimos cuatro años un total de 64 lugares, entre los que destacan, por su valor simbólico europeo, la casa en Lorena de Robert Schuman (uno de los padres impulsores de la integración europea), la Acrópolis de Atenas (uno de los pilares de la cultura europea), la plaza del Capitolio de Roma (enclave de nuestra historia) o los Astilleros de Gdansk, en Polonia, cuna del sindicato Solidaridad, representante de una historia europea más contemporánea.  Cada uno de estos parajes deberá ser evaluado de nuevo (la Comisión prevé revisiones periódicas) para comprobar que se ajustan a los criterios establecidos por la nueva propuesta de Sello.

Casa de Robert Schuman

¿Cuáles son esos criterios? La Comisión entiende que la belleza o calidad arquitectónica no será un baremo fundamental, sino más bien su importancia en la historia de la Unión Europea, su valor simbólico y educativo. Algo que distingue esencialmente este sello de otras listas de patrimonio cultural como la de la UNESCO o la del Consejo de Europa. De lo que se trata es de otorgar más visibilidad, credibilidad y prestigio al patrimonioio cultural de la Unión, bajos unos genuinos criterios que buscan ahondar en el sentimiento de identidad y de ciudadanía europea poniendo en valor lo que tenemos en común (un proyecto de integración, los valores democráticos y humanísticos) y valorizando igualmente nuestra diversidad (entendida ésta como patrimonio cultural y social).

Pueden engrosar esta lista monumentos, paisajes urbanos o naturales, lugares históricos, así como bienes tangibles e intangibles. En España, gracias al acuerdo de 2006, contamos con cuatro lugares que ya ostentan el Sello de Patrimonio Europeo; a saber: el Archivo de la Corona de Aragón; el Monasterio Real de Yuste; el Cabo de Finisterre; y la Residencia de Estudiantes de Madrid.

A partir de ahora, cada Estado podrá proponer un máximo de dos candidaturas por año, de entre las que se elegirá una de ellas. ¿Por qué monumento o lugar apostarían? Desde aquí queremos lanzar algunas propuestas: como símbolo de nuestra pertenencia a la Unión, se podría proponer el Palacio Real de Madrid, en cuya Sala de las Columnas se firmó el Tratado de Adhesión en 1985. El mar Mediterráneo podría también ostentar ese sello cultural europeo, como lugar de transito, intercambio y diálogo cultural histórico, y también como forma de vida y cultura, con sus particularidades, de los países que son bañados por él.

Salon de l'Horloge

Algunas propuestas de recorrido profundamente europeísta serían aquellos lugares que conformarían una especie de “ruta de los Tratados”: aquí encajarían ciudades como Roma, Maastricht, París, Niza, o Lisboa. Los Tratados comunitarios (y sus precedentes) tienen en común que se firmaron en auténticas joyas arquitectónicas. Ahí tenemos el Salón del Rejoj del Quai d’Orsay (París), donde se leyó una Declaración histórica por parte de Robert Schuman, acompañado de Jean Monnet, y que significó el precedente inmediato de la firma de la CECA. Los Tratados de Roma, hitos en la constitución de la Unión, en el Palacio de los Conservadores del Capitolio. O la rubrica más reciente, estampada en el marco incomparable del Monasterio de los Jerónimos de Belén. Todos ellos podrían ser perfectos candidatos al Sello del Patrimonio Europeo.

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