Entrevista con los foreros de Territorio Magenta

Territorio Magenta es un foro no oficial de afiliados y simpatizantes de UPyD en el que se abordan distintos temas relacionados tanto con la situación política nacional como internacional. La UE, como no puede ser de otra forma por los difíciles momentos que está viviendo la zona Euro, viene siendo un tema recurrente dentro del foro, motivo por el cual se me ofreció responder a algunas preguntas realizadas por los participantes. Éste ha sido el resultado.

1) Si surgiese la posibilidad de que varios de los Estados que forman parte de la UE se fusionaran entre sí dando lugar a una federación* (más pequeña que la UE, pero realmente unida), ¿usted apoyaría que España formase parte de la fusión aunque pudiese suponer la salida de la UE? 

<<Si entiendo bien la pregunta, en los términos que se plantea, no lo veo una “solución” muy viable y menos al margen de la UE. Imaginad, sin ir muy lejos, una unión ibérica con España y Portugal y fuera de la UE ¿Dónde nos llevaría? Lo importante es avanzar hacia una Europa más fuerte y con más competencias, corregir los desequilibrios entre la integración económica y política y dotarnos de los mecanismos para reaccionar de forma colectiva y solidaria en momentos de crisis (sean del tipo que sean). Un primer paso es una fiscalidad común, imprescindible para hacer viable la unión monetaria, pero el horizonte, la finalidad última de la UE, solo puede ser “política” (vocación federal), de lo contrario estamos abocados al fracaso.
Añadiría que esta finalidad es no solo política, sino “socio-política” (aunque esté adelantando parte de otra respuesta), y no me refiero solo a la Europa social, que también, sino fundamentalmente a la necesidad de dotarse de legitimidad democrática y, a través o a partir de ella, construir una comunidad real de ciudadanos con capacidad, a través de sus representantes “elegidos”, de tomar decisiones.

Aunque volviendo a la pregunta (perdón por irme por las ramas), lo cierto es que me ha recordado una cuestión bastante interesante, no para descomponer la UE sino para ampliarla (a partir de la descomposición de otros Estados miembros): es lo que se ha venido a llamar “ampliación interna de la UE”. Es un viejo reclamo del nacionalismo español, especialmente del catalán: una Cataluña independiente pero que se integraría automáticamente en la UE sin necesidad de adhesión. El vacío legal sobre el tema crea controversia, pero lo cierto es que hay serias dudas de que sea posible. Escribí sobre ello hace algún tiempo en este post. ¿Qué pensáis?>>

2) ¿Apoyaría usted la eleccion directa, por el pueblo, del Presidente de la UE (que pasaria a ostentar ciertas competencias ejecutivas a nivel europeo) o preferiría un sistema parlamentario? 

<<Apostaría por un sistema parlamentario, reforzando el poder legislativo de la Eurocámara (se ha hecho en Lisboa, en parte), como única cámara legislativa y que controle al ejecutivo, la Comisión. De ese Parlamento, elegido por los ciudadanos europeos, debe salir el Gobierno de la UE.
Es verdad que en el Tratado de Lisboa se incrementaron los poderes legislativos (papel de “co-legislador”, junto con el Consejo de la UE) y de control político, democrático y presupuestario del Parlamento Europeo. Por ejemplo, la codecisión se estableció como “procedimiento legislativo ordinario” y se acordó una mayor intervención de la Eurocámara en el nombramiento de los miembros de la Comisión. En este sentido, una principal novedad que introdujo Lisboa fue establecer una relación directa entre el resultado de las elecciones europeas y la elección del candidato a la presidencia de la Comisión, algo que debía contribuir a dotar de legitimidad a esta figura al ser investido por la reelegida mayoría en la Cámara. Pero las cosas no son tan bonitas como las pintan, porque, sobre el terreno, el Parlamento no “elige” al presidente de la Comisión, sino que ratifica o no al candidato que proponen los Estados.
En definitiva, hablamos de dar un vuelco a la compleja dinámica que en la toma de decisiones se ha articulado en torno al tradicional “triángulo institucional” (PE, Comisión y Consejo) que dista mucho de la clásica división de poderes que conocemos en el marco del Estado nación, y que se ha caracterizado por el monopolio de iniciativa legislativa para la Comisión (institución tecnocrática e independiente, alejada del control de los ciudadanos) y el reparto de la autoridad legislativa y presupuestaria entre el Consejo y el Parlamento (este último marcado históricamente por una debilidad intrínseca que han ido corrigiendo sucesivos Tratados hasta convertirle en colegislador).
Hablamos de una dinámica de “equilibrio institucional” o “pesos y contrapesos” muy pero que muy compleja. Un ejemplo: en la función ejecutiva intervienen la Comisión, el Consejo y los Estados miembros (estos últimos en la ejecución de una buena parte de las políticas y normativas). Es decir, que hace trizas el cuadro típico de división de poderes estatal de Montesquieu.
En cualquier caso, ese “vuelco” hacia el régimen parlamentario tiene que venir de la mano de cuestiones como la celebración de unas verdaderas elecciones europeas (con listas transnacionales) y con partidos de dimensión transnacional que presenten programas auténticamente europeos. Por ahora, y lo vemos en España, lo que tenemos son unas europeas descafeinadas, sin dimensión europea, que son poco más que un examen a corto-medio plazo para las elecciones domésticas. No se hace mucha didáctica europea en las campañas (UPyD fue una honrosa excepción en 2009), el debate europeo escasea y, así, es difícil que los ciudadanos elijan en base a cuestiones de índole transnacional, en torno a problemas comunes o sobre la idea de Europa que quieren.
Entiendo que si los partidos europeístas no nos diferenciamos claramente en la campaña de las elecciones al Parlamento Europeo con un discurso claro y el clave europea ante la ciudadanía, los euroescépticos o antieuropeos lo harán por nosotros (como ya está ocurriendo, por otro lado, en otros lugares de Europa).
Perdón otra vez por la extensión en la respuesta.>>

3) ¿Dejaría usted la capacidad legislativa europea al europarlamento en exclusiva (eliminando las otras cámaras no electas que intervienen)?

<<Creo que ya he respondido esta cuestión en la pregunta anterior. La capacidad legislativa debe ser para el Parlamento Europeo, es la única forma de ganar en legitimidad democrática. Aunque el Consejo tiene una legitimidad indirecta (políticos elegidos en sus respectivos Estados), hay dudas sobre la capacidad de control que tienen los parlamentos nacionales para con lo que estos mismos políticos acuerdan “en Bruselas”.>>

4) ¿Ve usted posible que la actual UE acabe teniendo gobierno con algun poder, o es necesario que ciertos socios (Como el reino Unido probablemente) se den de baja primero? 

<<Es cierto que la Europa de las dos velocidades cobra ahora más fuerza que nunca. Es verdad que estamos ante una UE muy diversa en cuanto a la capacidad y compromiso real de cada miembro. Lo ideal es avanzar al mismo ritmo, pero las distintas velocidades no son ninguna catástrofe. Ya se han implantado, de hecho, con la culminación de la Unión Económica y Monetaria (el Euro) o con Tratados como el de Schengen. Hay que ser realistas: UK nunca aceptará formar parte de una Europa federal.>>

5) Hola. Soy de los que cree que UPyD debe entrar a formar parte de ELDR a nivel europeo. Entiendo que para ello probablemente se pida primero que no haya nacionalistas en dicho partido europeo. El único que hay es el CDC (nuestra querida convergencia de cataluña). Es una anomalía que debemos remediar. Además, el partido español más europeísta debe activamente participar en las políticas europeas, también en el parlamento europeo. ¿Estás a favor de que UPyD entre en ELDR? ¿Crees que el partido va a intentarlo ahora que somos 4ª fuerza política? 

<<Bien, ALDE es un grupo en el que perfectamente podría encajar UPyD y es cierto que la presencia de nacionalistas frustró que Sosa pudiera entrar a formar parte. Estoy de acuerdo contigo en que estar en NI es una anomalía, para empezar porque nuestra capacidad para hacer política se ve mermada, porque la propia Eurocámara sanciona de algún modo a los eurodiputados que no son capaces de incluirse en alguna formación. En este punto, siempre se me viene a la mente una palabra que es signo distintivo de UPyD y que es aplicable a este caso concreto: la transversalidad. ALDE es un partido europeísta que apuesta por una Europa federal y sí, UPyD podría encajarse perfectamente ahí.>>

6) ¿Cuál es la posición de UPyD sobre la situación de ciertos ciudadanos comunitarios que a la hora de trabajar en un país de la Unión se les niega el permiso de trabajo? 

<<Imagino que te refieres al caso de los ciudadanos rumanos. La posición de la UPyD es muy clara al respecto, y para ejemplificarla transcribo un párrafo de nuestro programa electoral de las europeas de 2009:

“Para implementar la noción de Ciudadanía de la UE, impulsaremos la prohibición de que los Estados miembros de la UE puedan suspender, o limitar en el tiempo, derechos fundamentales de los ciudadanos de la Unión, tales como la imposición de moratorias para la libre circulación y establecimiento de trabajadores dentro de la UE, que ha dado origen a la segregación entre ciudadanos de primera y de segunda en Europa, violando la Carta de Derechos Fundamentales de la UE”.

En este sentido, y por profundizar un poco más en este tema, me gustaría destacar que la propia configuración de la ciudadanía de la Unión creada en Maastricht (al sujetarla a la nacionalidad de un Estado miembro) ha creado ya tres categorías de individuos en la UE: los ciudadanos, los denominados “denizers” (residentes extranjeros pero con derechos similares a los nacionales) y extranjeros. Se trata de una situación que algunos autores han calificado incluso como “apartheid” europeo.

Por tanto, es inadmisible que haya ciudadanos UE (como los rumanos) a los que se les usurpan directamente sus derechos, pero es que, además, la ciudadanía de la UE, tal y como está configurada (sujeta a la nacionalidad) crea ya de por si varias categorías de ciudadanos. Y a ello le añadimos iniciativas como la Directiva de Retorno (que UPyD rechazó frontalmente), tenemos el cóctel completo para una regresión absoluta en los Derechos Fundamentales en la UE.>>

7) ¿Cree que la posibilidad de que el Reino Unido abandone la UE a corto o medio plazo es real? ¿Irá aumentando el antieuropeísmo en ese país y en otros? En España era casi inexistente y últimamente se está viendo mucho en ambientes como el del 15M…

<<Antes he comentado que el antieuropeísmo se está convirtiendo en protagonista de la escena política en muchos países. Partidos que, en concreto, se diferencian ideológicamente por este hecho. En España, los partidos tradicionales (especialmente PP y PSOE) han perdido mucho tiempo y muchas oportunidades de explicar Europa y su postura sobre la UE en las campañas. Ahora el peligro es que otros lo hagan por ellos, pero en clave euroescéptica (que es muy lícito), o lo que es peor, antieuropea.Sobre el Reino Unido, las presiones sobre Cameron de los euroescépticos son fuertes y se han incrementado en los últimos tiempos. Ahora también hay que tener en cuenta que su socio de Gobierno (Clegg) es una de las figuras más europeístas del país. No todo es antieuropeísmo en el Reino Unido, ahí tenemos, sin ir más lejos, a Andrew Duff. Mejor dicho no todo es Farage, al que considero más un “eurofriki”. No veo a un Reino Unido fuera de la UE.>>

También discrepo sobre el euroescepticismo del 15M. Por ejemplo, en las manifestaciones del 15 de octubre lo que se vio (al menos es mi parecer) fue la irrupción de un movimiento ciudadano global de carácter muy solidario, europeo, que no pedía que dejáramos caer, por ejemplo a Grecia, sino que propugnaba “todos somos Grecia”. Veo aquí (con las debidas cautelas) un movimiento ciudadano europeo lleno de espontaneidad y solidaridad, repleto de valores comunes. Siempre he pensado que el liderazgo europeo pertenece a la ciudadanía.

Las crisis también pueden ser épocas de oportunidades. Y en esta crisis, lo que podemos perder nos afecta a todos. Lo que nos jugamos es nuestro futuro común. Eso es importante para construir identidad europea.>>

8 ) ¿Cree que Turquía acabará entrando en la UE? ¿Y Rusia? ¿E Israel? 

<<Creo firmemente que sí ¿Por qué no, si se cumplen las condiciones? Para empezar, los criterios demográficos son difusos, tanto como las fronteras de Europa. Prueba de ello son sus límites orientales y occidentales, que han sufrido numerosos cambios a lo largo de la historia. Al Imperio Turco, sir ir más lejos, se le calificó en su día como “el enfermo de Europa”.Luego está el tema cultural: un país de mayoría islámica y gobernado por un partido islámico. Pero la Turquía moderna se fundó sobre la laicidad y no hay que olvidar que la mayoría de su población considera la religión un asunto que pertenece estrictamente al ámbito privado.Los recelos reales, a mi entender, han venido más bien por la cuestión de los derechos humanos y el peso poblacional turco, este último en dos vertientes: poder político que ostentaría por el sistema de voto de la “doble mayoría” y temor a los flujos migratorios.

En cualquier caso, Turquía debe seguir avanzando para cumplir determinados criterios políticos en materia de democracia y Estado de Derecho, así como lo que afecta a los derechos humanos y protección de las minorías.

Lo de Israel y Rusia lo veo más lejano, y no conozco profundamente cuáles serían las opciones. De momento, tendrán que conformarse con Eurovisión.>>

9) Últimamente, con la crisis, se está hablando de mucho de los funcionarios. La huelga del 2009 en la UE demostró que era muy difícil asumir el costo de un funcionariado que crece y no disminuye. En España la mayoría de los funcionarios son nuestros médicos, policías, militares, profesores… pero la UE no tiene ese tipo de funcionarios. En Suecia, los funcionarios públicos no gozan del privilegio de tener el empleo asegurado de por vida, como si ocurre en España. Allí tienen unos contratos renovables y no ha modificado su estado del bienestar. ¿Es posible que desde la unión Europea se pueda hacer algo por “armonizar” la función pública en toda la UE? ¿Conoces el sistema Sueco? ¿Sería posible aplicarlo a España? ¿Y en la UE?

<<No conozco profundamente el sistema sueco. Los funcionarios europeos vienen sufriendo recortes en los últimos tiempos, a la par de los que hemos visto, sin ir más lejos, en España. Pero, en este sentido, entiendo también que la austeridad en el gasto debe ir de la mano de la eliminación de duplicidades que se siguen manteniendo y que suponen un coste inasumible, como es el caso de las sedes del Parlamento Europeo.En cuanto a armonizar la función pública en toda la UE no podría hacer una valoración ahora mismo por mi escaso conocimiento de esta cuestión en concreto.Siento no poder ser más explícita.>>

10) ¿Está a favor de la emisión de eurobonos antes o después de conseguir una fiscalidad común? ¿Qué sistemas de control implantaría para evitar que se presenten informes falsos o se maquillen las cuentas de los países miembros como ocurrió con Grecia durante años? 

<<Muchos países lo han visto como la única solución para generar confianza, pero no creo que sean la solución definitiva. En cualquier caso, pueden ser el paso para una mayor unión fiscal, que al fin y al cabo es lo más deseable. Después de la cumbre europea lo que tenemos claro es que habrá techo de déficit, supervisión de los presupuestos, sanciones para incumplimientos y un refuerzo del control que tendrá la UE sobre los países rescatados. Todo esto va en la línea de evitar más casos como el de Grecia. Son pasos hacia la integración fiscal, pero queda mucho.
Ha sido un placer, muchas gracias.>>
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Europa frente a Europa

Recientemente, he tenido la oportunidad de colaborar en la última edición de los libros editados anualmente por el Programa de Estudios Europeos de la Universidad de Concepción (Chile). Este Programa, creado en 2002, cuenta desde 2010 con el importante reconocimiento de la concesión del Módulo Jean Monnet de la Comisión Europea, una acción que tiene por objetivo impulsar los estudios y la investigación sobre los asuntos europeos en todo el mundo.

Europa frente a EuropaEl último ejemplar de las publicaciones del PEE de la UdeC lleva por título “Europa frente a Europa“, y aborda visiones variadas sobre los distintos desafíos a los que se enfrenta la UE: la adhesión de Turquía y las visiones sobre el mundo islámico; las relaciones transatlánticas; la protección de los derechos humanos; los recursos energéticos…

Aquí os dejo el resumen-abstract de mi contribución, centrada en las visiones del Islam político y el laicismo, así como en la cuestión turca.

Islam y laicismo: una mirada desde Europa (Islam and laicism: a look from Europe)

 

Resumen:

El binomio Europa-laicismo no ha dejado de generar variadas polémicas y en distintos grados de intensidad. Controvertido fue el debate sobre la inclusión o no de una referencia cristiana durante la elaboración de la Constitución Europea. No menos recelos provocó la presencia de elementos religiosos en la sesión plenaria en la que se nombró al nuevo presidente de la Eurocámara, el polaco Jerzy Buzek. Polémicas que en Europa, en una Europa multicultural que pretende ser intercultural, y con un gran número de residentes de religión musulmana, han estado y siguen estando también enfocadas hacia la presencia de símbolos religiosos en edificios públicos, tales como las escuelas, con los debates sobre los crucifijos o el velo islámico.

La Unión Europea mira hacia sí misma, pero también hacia afuera: las relaciones con el Sur del Mediterráneo, y, cómo no, la política de Ampliación, la controvertida candidatura turca, vista como una amenaza para el laicismo en Europa. Turquía es un caso paradigmático de ascenso del Islam político en convivencia dentro de un Estado laico. Lo es porque el binomio Islam-laicismo no casa precisamente bien. Son dos conceptos que en su significado profundo y esencial se contradicen mutuamente. ¿Por qué? Profundizar en las respuestas a esta pregunta es el objetivo de este artículo, que parte de esta contradicción intrínseca entre los significados de Islam y laicismo, para analizar después el paradigma laico turco en el contexto de su candidatura de adhesión a la Unión Europea.

Se denomina “islamismo” a las manifestaciones o utilizaciones políticas del Islam. Un fenómeno que entró en pugna ideológica en el mundo árabe musulmán al mismo tiempo que florecía el nacionalismo árabe laico, que buscaba la independencia de Occidente, allá por los años 50. El nacionalismo impulsado por Nasser en Egipto se colapsó con la derrota árabe en 1967 con Israel, entrando en claro declive, produciéndose una reislamización comandada por Irán desde finales de los setenta, y que también se ha vivido en países como Turquía, con el ascenso del Islam político desde los noventa.

Sin embargo, la idea central que pretende confrontar el artículo es la oposición entre laicismo (Estado secular) y Estado Islámico, por la sencilla razón de que lo “laico” no puede aplicarse al Islam, ni el Corán proporciona un modelo de Estado. Es por ello que se pretende presentar las profundas contradicciones de ciertas interpretaciones occidentales del mal llamado “laicismo musulmán”.

El caso turco es paradigmático en este sentido, y su correcta interpretación es fundamental para valorar en su justa medida y significado la posible adhesión turca a la Unión Europea, que despierta temor sobre la posible islamización de Europa. Hay que tener en cuenta que este factor, que está en el centro de los recelos y de la sensibilidad social, puede ser el último de los criterios en la balanza de la adhesión: por encima están los miedos políticos (al poder que podría ostentar Turquía en la toma de decisiones en la Unión con el sistema de la doble mayoría), demográficos, económicos, democráticos y de derechos humanos y libertades; incluso se pueden citar los demográficos, ciertamente aparejados a cierto sentimentalismo sobre la idea de Europa o la antigua y difusa cuestión de sus fronteras.

Pero se trata de valorar en su justo término la relación entre Islam, Estado y Sociedad, no sólo por la candidatura turca, sino por la transformación de Europa en un continente multicultural, y donde la compresión mutua facilitará los procesos interculturales en un continente en el que viven 17 millones de musulmanes, y en el que existen periódicamente debates relacionados con las referencias cristianas de Europa o los recelos hacia la islamización.

Palabras clave: Unión Europea; Turquía; islamismo; laico; multiculturalismo.

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Abstract:

The Europe-laicism binomial has not stopped creating polemic with different degrees of intensity. Debate on inclusion of a Christian reference during the European Constitution was controversial. And the presence of religious elements during the plenary session in which was carried out the appointment of the new European Parliament president, the Pole Jerzy Buzek, did not create less distrust. These polemics in Europe, a multicultural Europe that pretends to be intercultural and has a great number of Muslim residents, have been and keep on being also focus on the presence of religious symbols at state buildings, as school, with polemics about crucifix and veil.

European Union looks at oneself, but looks at outsider as well: relationships with Mediterranean South and, of course, the politic of Expansion or the controversial Turkish candidature, which is considered a threat  for laicism inEurope. Turkeyis a paradigmatic case of coexistence rising of political Islam into a secular state. And it is by this way because the laicism-Islam binomial does not fit correctly, since laicism and Islam are two concepts whose deep and essential significances contradict each other. Why? The aim of this article, which starts from this intrinsic contradiction between the Islam and laicism significances, is going into the answer to this question, in order to analyze later the Turkish secular paradigm within the context of the Turkish adhesion to European Union.

Manifestations or political uses of Islam are named “Islamism”. It is a phenomenon that had an ideological clash in the Muslim Arab world while the secular Arab nationalism was flourishing, which looked for the West independence, back in the fifties. The nationalism promoted by Nasser in Egypt gets collapsed due to the Arab defeat versus Israel in 1967, going into a clear decline and taking place a re-islamization led by Iran from the end of the seventies, what also happened in countries as Turkey, and that causes a political Islam rising from the nineties.

However, the central idea this article tries to compare is the opposition between laicism (secular state) and Islamic state since the secular can not be applied to the Islam and the Koran does not provides a model of state. This is why it is pretending to show the deep contradictions of certain West interpretations about the so-called “Muslim laicism”.

With this in mind, the Turkish case is paradigmatic, and the correct interpretation is fundamental in order to value correctly the possible Turkish adhesion to the European Union, which generates fear about a possible islamization of Europe. It is important to keep in mind that this factor, which is in the middle of distrusts and social sensitivities, could be the last of criterions in the balance of adhesion: above we can find political fear (fear to the power that Turkey could hold about decision making in the European Union with the double majority system), demographic fear, economic fear, democratic fear, and fears related to human rights and freedoms; even the demographic ones could be mentioned, which are united to a certain sentimentalism about the idea of Europe or the old and diffuse question of its frontiers.

The most important thing is to value, as it deserves to be, the relationship between Islam, State and Society, not only due to the Turkish candidacy, but because of the transformation of Europe in a multicultural continent, where the mutual understanding will facilitate the intercultural processes in a continent where seventeen millions of Muslims live, and where there are periodically debates related to the Christian references of Europe or the distrusts toward islamization.

Key words: European Union; Turkey; islamism; secularism; multiculturalism.

Islam y laicismo: una mirada desde Europa

Encarna Hernández

Musulmanas en Europa

El binomio Europa-laicismo no ha dejado de generar variadas polémicas y en distintos grados de intensidad. Controvertido fue el debate sobre la inclusión o no de una referencia cristiana durante la elaboración del texto constitucional. No menos recelos provocó la presencia de elementos religiosos en la sesión plenaria en la que se nombró al nuevo presidente de la Eurocámara, el polaco Jerzy Buzek. Polémicas que en Europa, en una Europa multicultural que pretende ser intercultural, y con un gran número de residentes de religión musulmana, han estado y están también enfocadas hacia la presencia de símbolos religiosos en edificios públicos, tales como las escuelas: los crucifijos, el velo islámico… ¿Cuántos ríos de tinta se han vertido sobre estas cuestiones? La Unión Europea mira hacia sí misma, pero también hacia afuera: las relaciones con el Sur del Mediterraneo, y, cómo no, la política de Ampliación, la controvertida candidatura turca, vista como una amenaza para el laicismo en Europa. Turquía es un caso paradigmático de ascenso del Islam político en convivencia dentro de un Estado laico. Lo es porque el binomio Islam-laicismo no casa precisamente bien. Son dos conceptos que en su significado profundo y esencial se contradicen mutuamente. ¿Por qué? Me gustaría intentar explicárselo, si deciden acompañarme en las siguientes líneas…

Me gustaría comenzar este relato remontándome hasta el año 1928, cuando Hassan el-Banna funda en Egipto la organización de los Hermanos Musulmanes. Su idea no era otra que la de recuperar los valores del Islam primigenio, aunque adaptado a los problemas de aquella época (léase, la colonización occidental), aportando, de este modo, nuevas respuestas. El Corán reunía tales respuestas, así como las bases del orden social y político.

Pero ese “Islam viviente” que, como se comprobó, actuaba como conjunto de valores para los musulmanes de su tiempo en un sistema global de vida (economía, política y cultura[1]), acabó convertido, de la mano de la pluma de Qutb y de la difusión de las ideas de Taymiyya a través de la propaganda saudí, en un viaje de vuelta a la tradición más retrógrada.

Con una interpretación falsificada del Corán, se abogaba por la instauración de un Estado Islámico regido por una sharia sacada de todo contexto y aplicada por el califa en calidad de “representante de Alá” en la tierra, idea ésta “idolátrica”, pues es algo “vedado” para los musulmanes: el Gobierno islámico no tiene lugar en el Corán, que sólo habla de sociedad civil o “comunidad de hombres”[2].

Desde Pakistán, Mawdudi proponía las bases del Estado Islámico (poder absoluto de los ulemas y sumisión del pueblo a éstos[3]) al proclamar que la política era un “componente integral e inseparable de la fe islámica”. El pakistaní llamaba a los musulmanes a la acción política para resolver sus problemas, transformando la religión en una “ideología de lucha política”[4].

Hassan-al-Banna, Hermanos Musulmanes

Lo que propugnan organizaciones como los Hermanos Musulmanes o escritos como los de Mawdudi no es otra cosa que lo que se ha venido a denominar “islamismo”, es decir, “las utilizaciones políticas del Islam”.  El fenómeno del Islam político deriva del hecho de utilizar el fundamentalismo como “ideología en la competencia política”, con el objetivo de “transformar la sociedad y el Estado” de acuerdo con un Corán que acaba siendo interpretado como una guía política[5]. Autores como Olivier Carré hacen alusión al Islam político que predomina en el mundo musulmán desde los años ochenta, recurriendo al término “radicalismo islámico”, resaltando sus dos facetas principales: el “retorno a las raíces” y la “faceta extremista”[6] .

Estudiosos como Garaudy ya hacen referencia al término “integrismo” resaltando sus dos dimensiones, la política y la fe religiosa, y su carácter de vuelta al pasado o, como afirma explícitamente, como “forma cultural o institucional que pudo revestir en una época anterior de su historia”[7]. En cualquier caso, el Islam político presenta múltiples variantes según las situaciones y los países.

Lo que nos ocupa ahora es el contexto en el que fueron surgiendo los postulados islamistas. Mawdudi proponía la idea de restauración del Estado Islámico en oposición al nacionalismo musulmán que crecía en Pakistán en los años cuarenta, de la misma forma que el islamismo tradicional de los Hermanos Musulmanes llevaba a cabo una disputa ideológica con el nacionalismo de tinte secular y socialista que, liderado por Nasser, había tomado el poder en Egipto en 1952.

En el país del Nilo, ambos movimientos parecían caminar de la mano (el programa político de los islamistas tenía muchos puntos en común con el de los “oficiales libres”, muchos de ellos miembros de la Hermandad)  hasta que Nasser, a propósito de su acercamiento a Gran Bretaña en 1954 y un atentado contra su persona supuestamente alentado desde la Hermandad, comienza una violenta represión contra los Hermanos, que sufrieron cárcel, torturas, exilios…

Según Kepel, el error de los Hermanos Musulmanes fue precisamente que buscaban atraer a las mismas clases que los nacionalistas: la pequeña burguesía urbana, los estudiantes, los campesinos[8]. Fue Nasser quien logró ganarse a estas clases gracias al tinte socialista de su Gobierno en una época en la que tal ideología estaba en auge en el Tercer Mundo y, tras la firma del tratado con Inglaterra, consiguió concentrar en sus manos todo el poder. A partir de entonces, la Hermandad, que había constituido la base popular necesaria para su éxito en la Revolución de julio de 1952, y sus tradicional-islámicas medidas propuestas, dejan de ser tenidos en cuenta por el líder egipcio, que decide su eliminación[9].

En el combate ideológico y político que ambas ideologías (nacionalismo e islamismo) libraban en el mundo árabe-musulmán que luchaba por su independencia de Occidente, varios acontecimientos actuaron de catalizadores en la toma de posiciones del islamismo, que fue paralela al declive de un nacionalismo árabe que había sido impulsado por la Revolución nasserista desde El Cairo, hasta Siria, Iraq y Yemen.

A finales de la década de los cincuenta, el proyecto panarabista de Nasser alcanza la cima con la integración de Egipto, Siria y Yemen el la República Árabe Unida (1958). Sin embargo, la unidad árabe sufriría un revés decisivo en la negativa iraquí a sumarse a la RAU. Poco después, en 1961, Damasco abandona la RAU.

El colapso del nacionalismo laico impulsado por Nasser recibiría la estocada definitiva en 1967: la Naksa (la derrota árabe contra Israel en la Guerra de los Seis Días) marcaría el principio del ya inevitable declive del nasserismo en Egipto. En 1970, la muerte de Nasser significaría también la desaparición de su régimen. Con Sadat al frente del país, la entrada de Egipto en la órbita estadounidense señalaba, como recuerda Naïr, “de hecho, el fin del nacionalismo árabe”[10].

Países como Siria (con el-Assad), Iraq (con Hussein) y Libia (con el-Gadafi) aparecían como los portadores del legado nasserista, pero convertidas en severas dictaduras y, a razón del proselitismo saudí que inundaba la región de wahhabismo gracias a sus petrodólares, rodeadas de un “universo árabe islamizado”[11].

Fue precisamente la estrategia de utilización del Islam por parte de Estados Unidos (apoyado por su aliado Saudita) contra el nacionalismo árabe laico, tildado de “socialista” (el punto culminante de esta estrategia fue la yihad promovida en Afganistán contra la ocupación soviética), lo que determinó en buena medida el auge del Islam político en la toda la zona, en perjuicio del movimiento nacionalista de inspiración europea en su modelo de Estado-nación[12].

Un tercer factor influiría de manera determinante en lo que Sahinler describe como “la acentuación de la reislamización de las instituciones republicanas a partir de 1982”[13]. Sahinler se refiere al caso concreto del auge del Islam político en Turquía, pero de forma explícita a un acontecimiento que sacudió todo el mundo árabe musulmán y que conmocionó a Occidente: la Revolución islámica de Irán.

Irán, década de los ochenta

La revolución religiosa liderada por el ayatolá Jomeini, en 1979, es un símbolo de la decadencia del nacionalismo laico que, a través también de la revolución, buscaba la modernización de la política y de la sociedad, intentando compatibilizar valores religiosos con Estado nacional. Es el símbolo de que algo había cambiado en las sociedades musulmanas: el Islam persa triunfaba en la calle en Irán, y lo haría en muchas otras calles de países del Magreb –a excepción de Túnez- durante los años ochenta y noventa.

Como recuerda Naïr, la Revolución iraní tuvo una influencia considerable (a menudo subestimada) en el mundo árabe musulmán; influencia que fue “omnipresente” sobre todo entre las capas populares excluidas del desarrollo[14]. En efecto, no fueron teóricos fundamentalistas como Qutb o Mawdudi los que lograron granjearse el favor de de la masa de la población (ni tan siquiera de los ulemas), sino que no pasaban de atraer a parte de las clases medias moderadas o de la juventud radicalizada. Fue Jomeini quien atrajo a los desheredados, a las clases medias, intelectuales radicales y clérigos[15].

La Revolución iraní cambió también radicalmente la ideología del islamismo político, que adoptó una postura antiimperialista y antiestadounidense. Jomeini denunciaba la “arrogancia” imperialista y al mayor enemigo del Islam: los Estados Unidos o, en palabras del imán, el “Gran Satán”.

Pero la mayor trascendencia de los hechos ocurridos en Irán fue que, a través de la instauración de la República Islámica, de una teocracia dominada por el clero y bajo el poder absoluto del Guía Supremo, supusieron el ejemplo más claro del paradigma del ideal moderno de la religión: ¿Se trata de un asunto privado que no tiene que trascender al ámbito público-político? Estamos ante la oposición entre el laicismo (el Estado secular) y el Estado Islámico, que adquiere una dimensión problemática en el Estado árabe musulmán.

Para empezar, está claro que el Islam (Corán) ofrece un modelo de regulación de la sociedad (cosa que no ocurre con el Cristianismo) y de ahí deriva precisamente que en el Estado musulmán no haya una distinción entre religión y Estado. El concepto de “laicismo”, definido como “doctrina que defiende la independencia del hombre, y especialmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa[16], remite directamente a la tradición cristiana, y a dos órdenes, Iglesia y Estado, secularmente diferenciados, distinción que no opera de igual forma en la civilización islámica. Pero he aquí la primera contradicción del análisis occidental del “laicismo musulmán”.

El caso es que la palabra “laico” no puede aplicarse al Islam por la sencilla razón de que el mensaje coránico prohíbe expresamente que exista “Iglesia” o, mejor dicho, institución eclesiástica. Como recuerda A. Osuna, la idea de que existan representantes de Dios en la tierra es algo “vedado” para los musulmanes ya que, en el Corán, el propio califato se menciona como “la responsabilidad de cada ser humano por preservar el don de la vida tal y como lo hemos recibido”. Así, sólo puede existir sociedad civil o “comunidad de hombres”[17].

La primera contradicción nos lleva a la segunda: la creencia de que el Corán proporciona un modelo de Estado. Muy al contrario, tal sólo aporta orientaciones de carácter general, prácticamente atemporales[18]. Sobre la forma de gobernarse, el Corán tan sólo ofrece la recomendación de la consulta (shura) del gobernante al pueblo para lograr el respaldo y el consenso (ijma) de sus puntos de vista. Y lo mismo sucede con la economía, donde se ofrece un modelo de libre comercio e intercambio con ganancias individuales (¿un libre mercado?), prohibiendo sólo la explotación, la usura y la acumulación de riquezas, es decir, la desigualdad, lo que genera pobreza.

La Meca

Según los preceptos anteriormente expuestos, el concepto de teocracia tampoco tiene lugar como forma de Gobierno en el Islam: ¿cómo puede haber un Gobierno del clero si, para empezar, el Corán no acepta mediadores ni representantes de Alá en la tierra? ¿Cómo va a haber un Gobierno islámico si el Corán habla del “sucesor”[19] de Dios y no de su “lugarteniente” o “representante”? ¿Cómo va a haber una teocracia donde, como proponía Mawdudi, el pueblo se someta al poder absoluto de los “doctores de la ley” si la comunidad de Medina, tal y como fue fundada por el Profeta, sólo podría ser actualizada en su funcionamiento a través de una “democracia directa”, donde las decisiones se tomen a nivel de la comunidad y no al del Estado[20]?

Llegados a este punto, nos encontramos con la pretensión de los integristas de aplicar la sharia como una legislación única y cerrada, lo que supone, como interpreta Garaudy, una “confusión permanente” entre la Ley moral de Dios (la sharia) y la jurisdicción de los poderes (las fiqh). La palabra sharia hace referencia al camino (shari’atin) que conduce al manantial (shara’a): “Te hemos puesto en un camino que procede del orden, el orden divino del cielo y de la tierra”.

La sharia es el objetivo, el camino hacia Dios, dentro de esa “libertad responsable del hombre”. Por ello, debe ser comprendida como un modelo (atemporal) a partir del cual legislar, a través de un esfuerzo de reflexión (iÿtihâd), para elaborar así las conductas concretas y temporales de acuerdo con las nuevas situaciones que se dan en las sociedades musulmanas: porque el mundo querido por Dios requiere de un orden general.

El problema actual es que esa jurisprudencia ha sido elevada casi al rango de sharia[21]. Los “islamistas integristas”, al extraer del Corán versículos fuera de contexto y aplicarlos a todo tiempo y lugar, sacralizan el poder y las legislaciones, convirtiéndolas en conservadoras, incluso arcaicas[22]. Para Osuna, la identificación que se produce actualmente entra la sharia y las escuelas clásicas de jurisprudencia es una clara “anomalía” que se sostiene por “intereses particulares” –ideológicos o de Estado- que buscan en el Islam un instrumento para alcanzar o sostener el poder político.

En realidad, lo que ha ocurrido en el Estado musulmán es que ya los propios movimientos nacionalistas de emancipación (que se consideraban seculares) incorporaban un fuerte componente religioso[23], de lo que subyace que esa propuesta de desvinculación del Islam de la estructura política del Estado-nación árabe musulmán no era tal real.

El nacionalismo árabe no rompió nunca de una manera clara con la referencia religiosa; preferían, como señala Naïr, “instrumentalizarla como arma de legitimación del poder”[24]. Por ello, el autor distingue dos orientaciones dentro del auge del islamismo: un “Islam oficial”, basado en un clero dependiente del Estado, y que admite cierta relación entre Estado e Islam, pero prevaleciendo el primero sobre el segundo, y un “integrismo” que quiere someter al Estado al derecho religioso o sharia.

De hecho, es necesario analizar el concepto de Islam político en un sentido amplio, estableciendo sus muchas variantes, cosa que ha enfatizado el jurista estadounidense Abdullahi A. An-Na’im, especialista en Islam, que distingue entre las variantes fundamentalistas del Islam político calificadas como “regresivas y hostiles”, caso de los regímenes de Afganistán (con los talibán), Irán, Pakistán y Sudán, y otras manifestaciones como las que se dan en las monarquías del Golfo o Marruecos, que fundan su legitimidad en criterios religiosos[25].

Lo que viene a colación es que el problema de fondo no es que este islamismo político en auge haya, o pueda, llegar al poder en muchos lugares (lo está el caso de Turquía, pero se trata de un partido conservador moderado). No se trata de que pueda repetirse un fenómeno como el de Irán. Hasta ahora, se le ha mantenido alejado del poder por varías vías (unas más inteligentes que otras[26]), pero lo cierto es que, como factor decisivo de la oposición política, no tiene la necesidad de alcanzar el poder para tener influencia: “su sola presencia como fuerza organizada, sorda, activa, solidaria” dentro de la sociedad “le proporciona una influencia disolvente sobre el régimen político y le permite imponer de manera progresiva profundas reformas en las costumbres y el derecho”. Prueba de ello son los códigos de familia retrógrados y discriminatorios en países como Marruecos, Egipto, Argelia o Arabia Saudita.

En muchos casos (Egipto o Argelia) los integristas son apartados del juego político, lo que profundiza en el conflicto interno, a veces en un clima de terrorismo-represión. Muchas veces, el Estado utiliza la amenaza fundamentalista para reafirmar el carácter autoritario de su Gobierno, provocando la deslegitimación del propio Estado y una espiral antidemocrática que actúa a favor de los propios integristas.

Para Naïr, la solución contra el integrismo es actuar sobre los factores que propician su auge, y esto significa insertarles en el sistema para demostrar que son incapaces de ofrecer una respuesta viable a la crisis socio-económica ante la que se presentan como salvadores y, por supuesto, que el Estado abandone esa ambigüedad de la que hace gala utilizando la religión para sus intereses: “Hay que apoyarse en una concepción clara de la República en materia cívica”, lo que se traduce, para empezar, en una enseñanza pública secularizada, cercana a la “racionalidad intelectual” y lejos de las manos del clero[27].

Como recuerda Ignacio Ramonet, el fenómeno del “contagio” desde los polos principales del islamismo (Arabia Saudita, Irán, Sudán) hacia países como Egipto o Argelia sólo sería posible desde el prisma de las “causas locales”, es decir, de las circunstancias políticas, sociales y económicas de cada país: Estados dictatoriales y corruptos; subdesarrollo económico y, por supuesto, la exclusión social.

Porque el islamismo hunde sus raíces “en el deseo de revancha de los desheredados, de los rechazados y de los excluidos de una modernización chapucera”.

Artículo publicado en el Portal Web Islam



[1] GARAUDY, Roger (1995). Los integrismos. Ensayo sobre los fundamentalismos en el mundo. Barcelona: Gedisa.

[2] OSUNA, Abdelkarim. (2002). “Islam y laicismo, la mirada de un converso”. WebIslam, n.º 165.

[3] GARAUDY (1995).

[4] KEPEL, Gilles (2000). La yihad. Expansión y declive del islamismo. Barcelona: Península.

[5] Esta definición de “islamismo” es la que ofrecen BOTIVEAU, Bernard, CESARI, Jocelyne (1997). Géopolitique des islams. París: Económica.

[6] CARRÉ, Olivier, MICHAUD, Gérard (Michel Seurat) (1983). Les Frères musulmans. Egypte et Syrie (1928-1982). París: Gaullimard/Julliard.

[7] GARAUDY (1995).

[8] KEPEL (2000).

[9] GARAUDY (1995).

[10] NAÏR, Sami (2003). El imperio frente a la diversidad del mundo. Barcelona: areté.

[11] NASSIB, Selim (2003). “Para acabar con el mundo árabe”. Le Monde Diplomatique, edición española, nº 89.

[12] NAÏR (2003).

[13] SAHINLER, Menter (1998). Origen, influencia y actualidad del kemalismo. Madrid: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

[14] NAÏR (2003).

[15] KEPEL (2000).

[16] OSUNA (2002).

[17] Ibíd.,

[18] BARTOLOMÉ, Mariano (2001). “Cultura y violencia a fin de siglo: el caso del Islam”, WebIslam, n.º 115.

[19] GARAUDY (1995).

[20] OSUNA (2002).

[21] BARTOLOMÉ (2001).

[22] GARAUDY (1995).

[23] IGLESIAS VELASCO, Alfonso J. (2000). El proceso de paz en Palestina. Madrid: Ediciones UAM.

[24]NAÏR, Sami (2002). Las heridas abiertas. Las dos orillas del Mediterráneo: ¿un destino conflictivo? Madrid: Santillana.

[25] AN-NA’IM, Abdullahi A. (2001). “L’islam politique dans les contextes nationaux et les relations internationales”, en BERGER, Peter (comp.), Le Réenchantement du monde. París : Bayard.

[26] NAÏR (2003).

[27] NAÏR (2002).


¿Es Turquía parte de Europa?

EFE
EFE

Encarna Hernández Rodríguez

Su condición de país candidato a engrosar la membresía de la Unión Europea ha levantado ampollas y despertado una polémica sin precedentes en la opinión pública y entre la clase política europea, especialmente en Francia. Para Turquía, miembro de la OTAN e importante aliado de Estados Unidos, además de relevante socio comercial de los europeos, la adhesión a la UE es una cuestión primordial: ya han avisado de que no aceptarán ninguna fórmula que no sea la adhesión.

Pero, ¿de qué depende que Turquía sea por fin aceptada en el club europeo? ¿Es la presencia de los islamistas en el Gobierno un hecho que aleja a Turquía de Europa? ¿Es tan vital la cuestión de la laicidad o la de la identidad cultural y geofísica turca en la construcción del nuevo marco Europeo?

¿Es Turquía parte de Europa? Ésta es la pregunta que planea sobre el centro del debate de la posible adhesión turca a la UE desde que en los años sesenta los Gobiernos europeos comenzaran a ofrecer a Ankara esta posibilidad. Son muchas las figuras de la política comunitaria que han lanzada proclamas “catastrofistas” sobre el ingreso de Turquía como miembro de pleno derecho de la UE, en el sentido de que este hecho acabaría con todas las esperanzas puestas en el proceso de unificación europea en el último medio siglo.

El propio ex presidente de la comisión europea y ex presidente de Francia, Valery Giscard d’Estaing, considera que su adhesión significaría “el fin de Europa”, y ello porque, en definitiva, “Turquía no es un país europeo”.

¿Tiene razón el francés? En parte sí y en parte no. Para empezar, hay que tener en cuenta que la identidad europea integra el componente geográfico y el componente cultural. Como concepto geográfico, Europa nunca ha tenido unas fronteras bien definidas, y prueba de ello son sus límites orientales y occidentales, que han sufrido numerosos cambios a lo largo de la historia.

No hay tampoco que olvidar que el imperio turco llegó hasta las puertas de Viena y que durante su decadencia en el siglo XIX y principios del XX se le consideró “el enfermo de Europa”. Aunque, bien es cierto que el recuerdo que Europa tiene del yugo turco es precisamente el de una histórica “gran potencia enemiga” que sometió de forma brutal los territorios europeos conquistados[1].

En cualquier caso, todavía aceptando que el 57 por ciento de la masa continental del país se encuentra en Asia, donde se concentra el 90 por ciento de su población, el argumento geográfico para descartar a Turquía quedó deslegitimado tras la adhesión de Chipre.

Nos queda entonces el argumento cultural, pero hay que tener en cuenta que la Turquía moderna se fundó sobre el concepto de laicidad y republicanismo francés. El nacionalismo turco y su concepción de la soberanía política “son inseparables de la matriz histórica del nacionalismo europeo”[2].

Para la Europa laica (y también para los defensores de una referencia cristiana en los Tratados comunitarios) la admisión de un país donde el 99 por ciento de la población es musulmana y que está gobernada ahora por un partido islámico supone una traba a tener muy en cuenta.

Sin embargo, hay que apuntar que los turcos viven la religión como un asunto que pertenece más al ámbito individual que comunitario, y mucho menos como una cuestión política. Los musulmanes turcos apoyan el laicismo donde se asienta la República y, hasta el momento, el AKP no ha dado muestras de que su intención sea, a la larga, la de instaurar un Estado fundamentalista. Turquía es un modelo de laicismo, progreso y civilidad para todo el mundo islámico, y ése es el espejo que Occidente desearía para todo el Islam, en concreto para vecinos como Iraq e Irán.

'Türkiye / Turkey' , by: Umit.
'Türkiye / Turkey' , by: Umit.

Europa, como recuerda Jochen Thies, debe dar una respuesta a una “versión turca del Islam” que demostrará, bajo su punto de vista, más que probablemente su viabilidad futura. Y la cuestión, añade el periodista berlinés, afectará también a la configuración de un nuevo contexto de las relaciones euro-mediterráneas, “desde Marruecos hasta Turquía”.

Todas estas cuestiones están en el centro de la controvertida candidatura turca. Aunque, evidentemente, no son las únicas. Habría que revisar criterios económicos, políticos y demográficos. Entre los criterios políticos están en lid la salud de la democracia turca, la libertad de expresión, los derechos de la población kurda y el control civil del Ejército. Sin olvidar el viejo contencioso con Chipre (aunque ya algo suavizado) y el siempre pendiente asunto de la negación del genocidio Armenio.

Los criterios demográficos (los cerca de ochenta millones de turcos) tienen una doble vertiente, o mejor dicho, son vistos como una doble amenaza: por un lado, el hipotético poder del que gozaría Ankara en la toma de decisiones de la UE con el sistema de voto de la mayoría doble; por otro lado, el temor a los flujos migratorios masivos.

En cualquier caso, la candidatura turca no deja indiferente a nadie. Cuestión compleja, como se comprueba, donde las haya. Demasiados puntos de fricción.


[1] THIES, Jochen, “¿En dónde se encuentra Turquía?”, Economía Exterior, n.º 32, Primavera 2005.

[2]CHISLETT, William, “La adhesión de Turquía a la Unión Europea: el momento de la verdad”, 13-12-2004, Documento de Trabajo del RIE n.º 14/2004.