La Unión Europea ante Cuba: libertad y derechos humanos por encima de todo

Parece lógico pensar que la relación que establezca la Unión Europea ante cualquier otro tercer país esté supeditada al grado de democratización de este país y de sus instituciones, al nivel de libertad del que gozan sus ciudadanos, y a la protección y salvaguarda de los derechos humanos que ejercen estas mismas instituciones democráticas. Parece también lógico pensar que, en caso de que las relaciones UE-País Tercero estén en punto muerto al no darse las citadas condiciones, tenga que producirse  un cambio de envergadura para que la Unión se replantee la “posición común” que tiene hacia dicho país, e inicie contactos diplomáticos para estudiar la normalización de las relaciones bilaterales después de supervisar que los avances son significativos y sólidos. Ninguna de estas condiciones se da en el caso de Cuba.

 

¿Hacia una posible relación bilateral con Cuba?

Trinidad Jiménez

La pasada semana, los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión, ante la insistencia de España, que estrenaba nueva ministra (Trinidad Jiménez) pero seguía con sus viejos hábitos (los antes explorados sin mucho éxito por Miguel Ángel Moratinos), solicitaron a la Alta Representante  de la Unión Europea para la Política Exterior, la británica Catherine Ashton, que explorara vías de acercamiento a Cuba e iniciara una serie de contactos con el régimen cubano para testear la posible normalización de las relaciones y un futuro acuerdo bilateral.

La propia Ashton reconocía poco después que estábamos ante un “periodo de reflexión” en cuanto a las relaciones UE-Cuba, y que diciembre sería el momento de concretar si se podría o no cambiar la llamada “posición común” europea hacia cuba. El anuncio europeo, por cierto, fue recibido con desprecio y frialdad por las autoridades cubanas.

Por su parte, la intervención de Jiménez ante sus colegas en Consejo, descrita por los presentes como “apasionada”,  se centró en la necesidad de que la UE enviara a Cuba una “señal”, en respuesta a un supuesto proceso reformista iniciado por el régimen cubano y cuyo máximo exponente sería la liberación de presos políticos (no lo olvidemos, con su posterior exilio obligado) que se venía produciendo en los últimos meses.

¿Qué dice exactamente la posición común de la UE sobre Cuba?

La actual posición de la UE hacia Cuba se instauró en 1996 bajo el auspicio del recién elegido presidente español José María Aznar. Esta postura, que sólo puede ser modificada por unanimidad dentro del Consejo de la UE, puede ser revisada cada año, aunque desde el 96 ha permanecido el enfoque de exigir avances en los derechos humanos en la Isla para suavizarla. Es decir, que, básicamente, tal y como se afirma en el documento, “la Unión Europea considera que una plena cooperación con Cuba dependerá de las mejoras en el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales”.

Así mismo, detalla que “el objetivo de la Unión Europea en sus relaciones con Cuba es favorecer un proceso de transición hacia una democracia pluralista y el respeto de los derechos humanos y libertades fundamentales, así como una recuperación y mejora sostenibles del nivel de vida del pueblo cubano”.

La pregunta es: ¿el anuncio de liberación de unas decenas de presos políticos es motivo suficiente para cambiar esta  “posición común” e intensificar el diálogo y la cooperación con las autoridades cubanas?

El Parlamento Europeo y los derechos humanos en Cuba

En 1998, el Parlamento Europeo puso en marcha un mecanismo de reconocimiento y homenaje a todas aquellas personas u organizaciones que trabajan en defensa de los derechos humanos, y muy particularmente por la libertad de expresión, dentro y fuera de las fronteras de la UE, en todos aquellos lugares en el mundo donde estos principios inalienables al ser humano estás amenazados o siendo sistemáticamente ultrajados.

Guillermo Fariñas en su casa de Santa Clara, durante una huelga de hambre. Foto: Parlamento Europeo

El Premio Sájarov a la libertad de conciencia ha reconocido en tres ocasiones la lucha de la disidencia cubana por los derechos y libertades fundamentales en la Isla. El disidente político cubano Guillermo Fariñas se ha convertido, tras Oswaldo Payá (2002) y las Damas de Blanco (2005) (estas últimas no pudieron recoger el premio al no darle permiso las autoridades) en el tercer Sájarov que va a parar a la lucha por las libertades en Cuba. Psicólogo y Periodista, Fariñas, de 48 años, ha pasado once años y medio en la cárcel, donde ha llevado a cabo decenas de huelgas de hambre para protestar y concienciar a la opinión pública internacional del despotismo del régimen castrista.

Y todo ello ocurría en medio de la polémica sobre el posible cambio de la “posición común” de la UE hacia Cuba pretendido por el gobierno socialista de España, apoyado en el compromiso cubano de liberar a 52 presos políticos pertenecientes al grupo de los 75 detenidos en la Primavera Negra de 2003. Según las Damas de Blanco, hay todavía 113 presos políticos en Cuba, cuya liberación es la primera condición para suavizar la presión internacional sobre la Isla, pero no la única: hablamos de una serie de derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales que no están asegurados y salvaguardados en Cuba, un lugar donde se viola sistemáticamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Para empezar, se desconoce si las autoridades cubanas darán el permiso a Fariñas para poder abandonar la Isla y recoger el premio en la ceremonia que tendrá lugar en diciembre en Estrasburgo.

En realidad, la disidencia entiende que la liberación de los presos no puede ser la única condición, hay otras muchas cuestiones que afectan a los ciudadanos que viven “en libertad” dentro de una Isla que está cerrada a cal y canto y donde disfrutas de una serie de derechos siempre y cuando seas extranjero: alojarte en un hotel o tener un teléfono móvil, sin ir más lejos. La apertura económica deber ser otro vector fundamental del “cambio” cubano.

Buzek recibe a un grupo de ex cuatro presos políticos cubanos. Foto: Parlamento Europeo

Tal y como afirmó recientemente el presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek: “no existe la libertad a medias, no se puede repartir la libertad en pequeñas raciones”. ¿Qué sentido tiene, como reiteró Buzek, que la posición de la UE ante Cuba está sólo supeditada a pequeños gestos como la liberación de algunos presos políticos? ¿Qué sentido tiene que estos ciudadanos cubanos sólo puedan disfrutar de los derechos humanos y libertades en el exilio y no en su propio país?

En definitiva, la UE sólo puede plantearse cambiar o suavizar su postura ante Cuba ante un cambio de envergadura que garantice las libertades y derechos fundamentales dentro de la isla y para todos sus ciudadanos. Sólo ésta puede ser la premisa: libertad y derechos humanos por encima de todo.

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La Unión Europea y las Naciones Unidas ¿almas gemelas?

Se trata de dos organizaciones que comparten los mismos valores, objetivos y compromisos: la paz y la seguridad, la democracia, la sostenibilidad, la diversidad cultural, el desarrollo, el Estado de Derecho… Objetivos que en el fundamento de ambas organizaciones sólo pueden lograse a través de un principio clave de la política exterior: la cooperación multilateral. La Unión Europea y las Naciones Unidas, ambas nacidas como dos lecciones ante el desastre de la II Guerra Mundial, han crecido de forma paralela y a la vez en estrecha cooperación. Son algo así como dos “almas gemelas”, pero que siguen teniendo cuentas pendientes. Esta “historia de éxito” tiene, como siempre, sus matices, estrechamente relacionados con las propias contradicciones de la unidad europea: el lento desarrollo de su política exterior, las desavenencias entre los Estados miembros en temas clave de la gobernanza mundial, las resistencias soberanistas, y las dudas sobre una cuestión esencial para que la UE se integre como miembro de pleno derecho dentro del sistema de Naciones Unidas: ¿Cuándo lograremos una voz común?

Una sociedad estrecha

El compromiso de la Unión Europea con los objetivos de la ONU se traduce en una importante contribución humana y económica en todas sus actividades. La UE de los 27 es el principal contribuyente al presupuesto de la organización, aportando el 40 % de éste a través de las cuotas de sus Estados miembros. A su vez, la UE colabora activamente en la ingente labor de la ONU en el mundo, con sus múltiples actividades en distintos ámbitos: política de desarrollo, lucha contra la pobreza, asistencia humanitaria, medio ambiente, derechos humanos, cultura, pacificación de zonas en conflicto y un largo etcétera. Sin ir más lejos, un dato que, aunque bien conocido, no está de más recordar: la UE es el mayor proveedor mundial de asistencia al desarrollo.

La cuestión del estatus de la UE en el sistema de Naciones Unidas

Sin embargo, como decíamos al principio de la narración de esta “historia de éxito”, existen algunas cuestiones aún sin resolver en lo que se refiere al status que ostenta la UE dentro del sistema de Naciones Unidas. En concreto, dos, una más lejana, otra más factible: la más difícil, como no podía ser de otra forma, es la posibilidad de que la UE esté representada en el Consejo de Seguridad de la organización; la que podría hacerse realidad, por el contrario, es que la UE tenga derecho a voto en la Asamblea General, y deje de ser un simple observador permanente. Este papel, según se apunta, podría estar reservado para la nueva Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores: Catherine Ashton.

Hasta ahora, la UE viene estando integrada en las Naciones Unidas en distintas fórmulas: a través de la presidencia de turno del Consejo, así como de los países europeos que son permanente o eventualmente miembros del Consejo de Seguridad. En la Asamblea General, la CE tiene la categoría de “observador” desde 1974. Está representada por la Comisión, a través de delegaciones en distintos órganos especializados (casos de la FAO, la UNESCO o ACNUR). La UE ha participado, además, en multitud de convenios y acuerdos de la ONU, y se le ha reconocido el estatus de “participante de pleno derecho” en varias conferencias. Desde 1991, es miembro de pleno derecho de la FAO.

UN Photo/Paulo Filgueiras

Todo esto no ha colmado, como es lógico, las aspiraciones europeas de conseguir una voz única en dos instituciones fundamentales: la Asamblea y el Consejo de Seguridad. Este último, se compone de cinco miembros permanentes (EEUU, China, Rusia, Reino Unido y Francia) y otros diez no permanentes, por un mandato de dos años. Y, desde luego, la presencia de miembros de la UE como Francia y Reino Unido, a la que se suma el habitual estado europeo no permanente, así como el hecho de que todos los países de la UE estén en la Asamblea como miembros de pleno derecho, no satisface la aspiración de lograr un posicionamiento común en temas clave para la paz y la seguridad internacional.

De hecho, con la creación de la PESC en el Tratado de la Unión Europea, se puso de relieve la necesidad de que los Estados miembros de la UE, el Consejo y la Comisión coordinasen en mayor medida sus posicionamientos dentro de las organizaciones internacionales, lo que incluye, por descontado, a las Naciones Unidas. En concreto, el Tratado exige que se defiendan posiciones comunes para que la voz de la UE tenga más peso en el escena internacional.

«Los Estados miembros que también son miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se concertarán entre sí y tendrán cabalmente informados a los demás Estados miembros. Los Estados miembros que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad asegurarán, en el desempeño de sus funciones, la defensa de las posiciones e intereses de la Unión, sin perjuicio de las responsabilidades que les incumban en virtud de las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas». (art. 19 TUE).

En lo que respecta a la votación conjunta en la Asamblea General, el objetivo es que se alcance el consenso a la hora de votar las resoluciones, algo que según las estadísticas la UE ocurre en cuatro de cada cinco ocasiones. Sin embargo, estos datos no eliminan del todo la sensación de que estamos aún lejos del objetivo de una “voz única”, alimentada, periódicamente, por noticias que sacan a la luz pública que ni la unanimidad ni el consenso son tales.

¿Una oportunidad tras el Tratado de Lisboa?

Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, la UE sustituye a la CE como observador en la Asamblea General y como miembro en aquellos órganos en los que tiene este estatus (caso de la FAO). Por su parte, la Delegación de la Comisión ante las Naciones Unidas pasa ahora a estar bajo la autoridad de la nueva representante de la diplomacia europea, la también vicepresidenta de la Comisión, Catherine Ashton.

Foto: Unión Europea

Ashton o, mejor, dicho, lo que representa su nuevo cargo, puede ser una figura central en esta historia: la oportunidad de que la posición común de la UE en las relaciones exteriores tenga una cara visible, reconocible y de pleno derecho en las Naciones Unidas. Sin embargo, las “cacofonías” que ha traído también consigo el nuevo Tratado pueden reproducirse igualmente en el seno de la ONU, en concreto en su Asamblea General. Es algo que ya estamos viendo y que está dando que hablar con cada presidencia rotatoria tras la entrada en vigor de Lisboa: la dualidad entre presidencia permanente del Consejo (Herman Van Rompuy) y la presidencia de turno.

Una UE en plena transformación institucional y que quiere que su voz tenga más peso en la política mundial se enfrenta, como vemos, al reto de reforzar su papel como bloque en el seno de otra organización, las Naciones Unidas, cuya reforma (y su debate) está también en marcha. De hecho, ha sido el Parlamento Europeo, a través del conocido como Informe Lambsdoff, la institución que ha reconocido abiertamente la necesidad de reformar el Consejo de Seguridad de la ONU para adaptarlo a las relaciones internacionales del siglo XXI.

La Eurocámara señala precisamente a Ashton como la pieza clave en todo este puzle que debe conducir hacia una postura común de los 27 en la ONU, en torno a su reforma, y finalmente, en la consecución de un asiento para la UE en el Consejo de Seguridad.

Encarna Hernández Rodríguez

Más informacion

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