La Unión Europea y las Naciones Unidas ¿almas gemelas?

Se trata de dos organizaciones que comparten los mismos valores, objetivos y compromisos: la paz y la seguridad, la democracia, la sostenibilidad, la diversidad cultural, el desarrollo, el Estado de Derecho… Objetivos que en el fundamento de ambas organizaciones sólo pueden lograse a través de un principio clave de la política exterior: la cooperación multilateral. La Unión Europea y las Naciones Unidas, ambas nacidas como dos lecciones ante el desastre de la II Guerra Mundial, han crecido de forma paralela y a la vez en estrecha cooperación. Son algo así como dos “almas gemelas”, pero que siguen teniendo cuentas pendientes. Esta “historia de éxito” tiene, como siempre, sus matices, estrechamente relacionados con las propias contradicciones de la unidad europea: el lento desarrollo de su política exterior, las desavenencias entre los Estados miembros en temas clave de la gobernanza mundial, las resistencias soberanistas, y las dudas sobre una cuestión esencial para que la UE se integre como miembro de pleno derecho dentro del sistema de Naciones Unidas: ¿Cuándo lograremos una voz común?

Una sociedad estrecha

El compromiso de la Unión Europea con los objetivos de la ONU se traduce en una importante contribución humana y económica en todas sus actividades. La UE de los 27 es el principal contribuyente al presupuesto de la organización, aportando el 40 % de éste a través de las cuotas de sus Estados miembros. A su vez, la UE colabora activamente en la ingente labor de la ONU en el mundo, con sus múltiples actividades en distintos ámbitos: política de desarrollo, lucha contra la pobreza, asistencia humanitaria, medio ambiente, derechos humanos, cultura, pacificación de zonas en conflicto y un largo etcétera. Sin ir más lejos, un dato que, aunque bien conocido, no está de más recordar: la UE es el mayor proveedor mundial de asistencia al desarrollo.

La cuestión del estatus de la UE en el sistema de Naciones Unidas

Sin embargo, como decíamos al principio de la narración de esta “historia de éxito”, existen algunas cuestiones aún sin resolver en lo que se refiere al status que ostenta la UE dentro del sistema de Naciones Unidas. En concreto, dos, una más lejana, otra más factible: la más difícil, como no podía ser de otra forma, es la posibilidad de que la UE esté representada en el Consejo de Seguridad de la organización; la que podría hacerse realidad, por el contrario, es que la UE tenga derecho a voto en la Asamblea General, y deje de ser un simple observador permanente. Este papel, según se apunta, podría estar reservado para la nueva Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores: Catherine Ashton.

Hasta ahora, la UE viene estando integrada en las Naciones Unidas en distintas fórmulas: a través de la presidencia de turno del Consejo, así como de los países europeos que son permanente o eventualmente miembros del Consejo de Seguridad. En la Asamblea General, la CE tiene la categoría de “observador” desde 1974. Está representada por la Comisión, a través de delegaciones en distintos órganos especializados (casos de la FAO, la UNESCO o ACNUR). La UE ha participado, además, en multitud de convenios y acuerdos de la ONU, y se le ha reconocido el estatus de “participante de pleno derecho” en varias conferencias. Desde 1991, es miembro de pleno derecho de la FAO.

UN Photo/Paulo Filgueiras

Todo esto no ha colmado, como es lógico, las aspiraciones europeas de conseguir una voz única en dos instituciones fundamentales: la Asamblea y el Consejo de Seguridad. Este último, se compone de cinco miembros permanentes (EEUU, China, Rusia, Reino Unido y Francia) y otros diez no permanentes, por un mandato de dos años. Y, desde luego, la presencia de miembros de la UE como Francia y Reino Unido, a la que se suma el habitual estado europeo no permanente, así como el hecho de que todos los países de la UE estén en la Asamblea como miembros de pleno derecho, no satisface la aspiración de lograr un posicionamiento común en temas clave para la paz y la seguridad internacional.

De hecho, con la creación de la PESC en el Tratado de la Unión Europea, se puso de relieve la necesidad de que los Estados miembros de la UE, el Consejo y la Comisión coordinasen en mayor medida sus posicionamientos dentro de las organizaciones internacionales, lo que incluye, por descontado, a las Naciones Unidas. En concreto, el Tratado exige que se defiendan posiciones comunes para que la voz de la UE tenga más peso en el escena internacional.

«Los Estados miembros que también son miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se concertarán entre sí y tendrán cabalmente informados a los demás Estados miembros. Los Estados miembros que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad asegurarán, en el desempeño de sus funciones, la defensa de las posiciones e intereses de la Unión, sin perjuicio de las responsabilidades que les incumban en virtud de las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas». (art. 19 TUE).

En lo que respecta a la votación conjunta en la Asamblea General, el objetivo es que se alcance el consenso a la hora de votar las resoluciones, algo que según las estadísticas la UE ocurre en cuatro de cada cinco ocasiones. Sin embargo, estos datos no eliminan del todo la sensación de que estamos aún lejos del objetivo de una “voz única”, alimentada, periódicamente, por noticias que sacan a la luz pública que ni la unanimidad ni el consenso son tales.

¿Una oportunidad tras el Tratado de Lisboa?

Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, la UE sustituye a la CE como observador en la Asamblea General y como miembro en aquellos órganos en los que tiene este estatus (caso de la FAO). Por su parte, la Delegación de la Comisión ante las Naciones Unidas pasa ahora a estar bajo la autoridad de la nueva representante de la diplomacia europea, la también vicepresidenta de la Comisión, Catherine Ashton.

Foto: Unión Europea

Ashton o, mejor, dicho, lo que representa su nuevo cargo, puede ser una figura central en esta historia: la oportunidad de que la posición común de la UE en las relaciones exteriores tenga una cara visible, reconocible y de pleno derecho en las Naciones Unidas. Sin embargo, las “cacofonías” que ha traído también consigo el nuevo Tratado pueden reproducirse igualmente en el seno de la ONU, en concreto en su Asamblea General. Es algo que ya estamos viendo y que está dando que hablar con cada presidencia rotatoria tras la entrada en vigor de Lisboa: la dualidad entre presidencia permanente del Consejo (Herman Van Rompuy) y la presidencia de turno.

Una UE en plena transformación institucional y que quiere que su voz tenga más peso en la política mundial se enfrenta, como vemos, al reto de reforzar su papel como bloque en el seno de otra organización, las Naciones Unidas, cuya reforma (y su debate) está también en marcha. De hecho, ha sido el Parlamento Europeo, a través del conocido como Informe Lambsdoff, la institución que ha reconocido abiertamente la necesidad de reformar el Consejo de Seguridad de la ONU para adaptarlo a las relaciones internacionales del siglo XXI.

La Eurocámara señala precisamente a Ashton como la pieza clave en todo este puzle que debe conducir hacia una postura común de los 27 en la ONU, en torno a su reforma, y finalmente, en la consecución de un asiento para la UE en el Consejo de Seguridad.

Encarna Hernández Rodríguez

Más informacion

European Union @ United Nations

Unión Europea  y Naciones Unidas: la opción del multilateralismo

Informe Lambsdorff

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Educación para la ciudadanía y derechos humanos: un binomio inseparable

Por Encarna Hernández

Hablar de educación para la ciudadanía es hablar de educación para los derechos humanos. De hecho, la alusión a los derechos humanos es común en cualquier definición de educación para la ciudadanía. Está presente en la teoría y en la práctica. No puede ser de otra forma, cuando los derechos humanos se constituyen en el pilar de nuestra convivencia en sociedad.

Educación para la ciudadanía y derechos humanos son un binomio inseparable. Para comprobarlo, no tenemos más que echar un vistazo a los conceptos de educación cívica y democrática que aportan los principales organismos transnacionales. Para el Consejo de Europa, entre los objetivos prioritarios de la educación para la ciudadanía está la “promoción de una cultura democrática respetuosa con los derechos humanos”. Para la Comisión Europea, los contenidos de la educación para la ciudadanía incluyen el aprendizaje de los derechos y deberes de los ciudadanos, el respeto de los valores democráticos y de los derechos humanos.

Por su parte, los derechos humanos son uno de los objetivos y propósitos que figura en la Declaración Universal emanada de las Naciones Unidas, así como en los principales instrumentos internacionales de derechos humanos de la Organización. Esto a nivel internacional, mientras que en el ámbito europeo contamos con la protección ejercida por el Convenio Europeo y por la recientemente elaborada Carta de los Derechos Fundamentales de la UE.

¿Cómo definimos los derechos humanos? Para el Consejo de Europa, “los derechos humanos se refieren tanto a las condiciones que permiten a las personas desarrollar todo su potencial y relacionarse con los demás, como al establecimiento de las responsabilidades de los Estados nación hacia las personas.”

Se dividen, además, en varias categorías: civiles, políticos, sociales, económicos y culturales, categorías a menudo asociadas a su desarrollo o conquista en determinados periodos de tiempo. La tendencia académica se inclina, además, por identificar la universalidad o “cultura global” de los derechos humanos, frente a identificaciones con la cultura o civilización occidental.

Aunque la cuestión más importante que nos hacemos en torno a la educación no es otra que cómo enseñar los derechos humanos. En este sentido, un aspecto crucial es incidir tanto en la información sobre los derechos humanos como en la formación a través de distintas estrategias participativas. Ello significa que los derechos humanos no sólo deben transmitirse como un “concepto”, como una “idea abstracta”, sino igualmente como una “práctica” que conlleva adquirir otros conocimientos y habilidades. Como afirman autores como Philippe Augier “los derechos humanos sólo existen si se utilizan.”

El refuerzo de la “solidaridad” es otro de los objetivos principales de la educación para la ciudadanía, y así lo reconocen los distintos organismos transnacionales y la tradición teórica sobre el concepto. Para el Consejo de Europa esta enseñanza implica “un factor de cohesión social, de comprensión mutua, de diálogo intercultural e interreligioso, y de solidaridad.” Por su parte, la Comisión Europea destaca igualmente la importancia de la solidaridad, tolerancia y participación en una sociedad democrática, para que niños y jóvenes se conviertan en ciudadanos responsables y activos.

Como recuerda Karen O’Shea, del Consejo de Europa, la solidaridad se asocia de muchas formas “con la capacidad de las personas para salir de sí mismos y reconocer y actuar en aras de la promoción de los derechos de los demás”; es, por ello, uno de los fines esenciales de la formación cívica y democrática, facilitando a las personas el acceso a conocimientos y la adquisición de aptitudes y valores que les permitan vivir de una forma plena la “dimensión comunitaria de la vida.”

El valor fundamental de la solidaridad está, así, plenamente vinculado con la idea de tolerancia y de convivencia en sociedades multiculturales. Pero no vale para ello cualquier tipo de solidaridad, sino una de carácter “inclusivo” o, como la denomina Adela Cortina, una “solidaridad universal”.

La solidaridad se vincula a una actitud de tolerancia que nos enseña a convivir, aprender y respetar lo diferente; una tolerancia sincera, basada en la aceptación y la búsqueda de enriquecimiento cultural por ambas partes; es decir, lo que Amin Maalouf denomina “principio de reciprocidad”. Esta “tolerancia activa” se opone a la “tolerancia pasiva” (que se limita al ejercicio de la distancia, de la indiferencia y el repliegue), y consiste en saber admitir la igual dignidad de todos y la legitimidad de todas las opiniones, así como en adquirir nociones generales sobre el resto de culturas, religiones y pueblos para así aprender a respetarlos, porque el conocimiento del otro es el primer paso para avanzar en el comportamiento democrático.

Baste recordar, en este orden de cosas, la definición de “tolerancia” de las Naciones Unidas: ésta, “consiste en el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos”; y significa, también y ante todo, “una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás.”