60 Aniversario de la Declaración Schuman

Un 9 de mayo, hace ahora 60 años, los políticos franceses Jean Monnet y Robert Schuman, leían en el Salón del Reloj del edificio que alberga el Ministerio de Asuntos Exteriores galo una declaración de intenciones que cambiaría para siempre el destino del Continente europeo. La Declaración Schuman fue el pistoletazo de salida a la andadura de la Europa de los Seis, la “pequeña Europa”, de carácter supranacional, en la que por primera vez los Estados soberanos cedían competencias a un órgano de nuevo cuño: la primigenia Comisión Europea.

El próximo domingo se celebra el 60 aniversario del aquel hecho histórico. La maquinaria de la integración no ha parado desde entonces: 27 Estados miembros que han cedido cada vez más soberanía, 500 millones de habitantes, un Parlamento con amplios poderes legislativos, elegido democráticamente en la mayor elección transnacional conocida, y unos valores que persisten en el tiempo: la paz, la prosperidad, la democracia, los derechos humanos…

El plan de Monnet y Schuman trazaba las líneas maestras de la reconciliación y de la prosperidad europea: avanzar en la cooperación a través de pequeños pasos, en áreas concretas, a través de una integración pausada, inteligente y con un horizonte común: la Europa federal. Ambos se ganaron a pulso ser considerados los “Padres de Europa” y, la conmemoración de aquella fecha, 9 de mayo, jornada de celebración para todos los europeos.

Como la ocasión bien lo merece, antes de dejaros algunos vídeos conmemorativos al final del post, reproduzco aquí un pequeño texto sobre la Declaración Schuman, en clave de análisis histórico y político, que escribí hace algún tiempo. Los hechos que precedieron a la declaración Schuman y los intríngulis de dicho texto son de sobra conocidos por muchos ciudadanos, pero nunca está demás recordarlos, pues la esencia de dicha declaración alumbra todavía el devenir y los objetivos de la construcción europea.

La Declaración Schuman: el giro definitivo hacia la “vía comunitaria”

Los primeros intentos de construir Europa según el modelo federal –en torno a la vieja idea de los “Estados Unidos de Europa”- resultan infructuosos[1]. También la espectacular Conferencia de la Haya, celebrada entre el 7 y el 10 de mayo de 1948, y conocida como el “Congreso de Europa”, está especialmente marcada por el desacuerdo entre la apuesta por una “Unión” o por una “Federación”. A pesar de que en los trabajos preparatorios del Congreso aparece por primera el concepto de “supranacionalidad” para referirse a la transferencia de derechos soberanos[2], el impulso del los movimientos federalistas[3] queda desvirtuado por la creación, el 5 de mayo de 1949, del Consejo de Europa. Tal organización, a la que si bien se le atribuye un papel importante en el marco de la acción europeísta, especialmente como “instrumento eficaz de la  promoción de un verdadero derecho común europeo”[4] (Truyol y Serra, 1999: 41), representa, sin embargo, un ejemplo de simple órgano de cooperación entre Estados, privado de poderes y perspectivas futuras reales (Isaac, 1983/1991: 15).

Como señala Truyol y Serra, el insatisfactorio resultado del Consejo de Europa y la resistencia británica –de verdadero “retroceso”- lleva a los europeístas más decididos a acotar al ámbito del proceso de integración europea: la “Europa Unida” tendrá que ser la “pequeña Europa”, de carácter “supranacional”, construida a través de un método de integración “funcional” e integrada por instituciones “especializadas” (Truyol y Serra, 1999: 41). El Plan Schuman supone así la definitiva renovación en la forma en como se aborda hasta entonces la cuestión de la construcción europea, iniciando de forma definitiva la denominada “vía comunitaria” (Isaac, 1983/1991: 15).

Tal “giro” decisivo tiene lugar el 9 de mayo de 1950: en un verdadero ambiente de prestigio, el Salón del Reloj del edificio Quai d’Orsay, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores francés,  Robert Schuman[5] -que pone la voz a una declaración que pasará a la historia con su nombre- y Jean Monnet[6] -auténtico inspirador de aquel plan- comparecen ante más de 200 periodistas para hacer pública una declaración de intenciones que cambiará la historia del Continente europeo. Tras recordar, en primer lugar, que la paz mundial sólo podrá salvaguardarse con una Europa unida, Schuman dibuja la puesta en marcha de la maquinaria de la construcción europea, sobre la base del establecimiento de una solidaridad de hecho entre Francia y Alemania en el sector concreto del carbón y del acero:

El gobierno francés propone que se someta el conjunto de la producción franco-alemana de carbón y de acero a una Alta Autoridad común, en una organización abierta a los demás países de Europa. (…). La solidaridad de producción que así se cree pondrá de manifiesto que cualquier guerra en Francia y Alemania no sólo resulta impensable, sino materialmente imposible.” (Declaración Schuman, 1950).

La elección de un método “funcionalista” como mecanismo de integración responde a un “pragmatismo prudente” (Isaac, 1983/1991: 15-16) frente a la imposibilidad de concretar una unión política bajo la forma federal ante la resistencia de las soberanías nacionales: “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho.” (Declaración Schuman, 1950).

La Declaración descarta una construcción global en pos de una integración por sectores, a la par que la integración política en pos de la integración económica, sentando primero unas bases comunes de desarrollo económico. Como recuerda Isaac, la unificación política se hará de forma implícita: “se desprendería de la solidaridad de hecho, de la fusión de intereses”. Así, el proceso de unificación económica arrastrará a las naciones dentro de un “sistema de engranaje” que camina hacia la Europa política (Isaac, 1983/1991: 16). Schuman y Monnet proponen de este modo “la creación de una comunidad económica” que “introducirá el fermento de una comunidad más amplia y más profunda”, estableciendo las “primeras bases concretas de una federación europea indispensable para la preservación de la paz.” (Declaración Schuman, 1950).

El “funcionalismo”, como técnica normativa antes que como teoría de la integración (Mattli, 1999: 23), responde así claramente a la lógica de “peace by pieces” (Schuman, 1954: 314): la cooperación funcional no comienza en el área política, sino desde lo que se denomina el área de “low-politics” en el terreno económico y social. La prosperidad alcanzada a través de la integración económica es la garantía de un sistema internacional estable y pacífico, en un proceso que conducirá en última instancia hacia la unificación política (Mattli, 1999: 22-23).

La proposición francesa es aceptada por cinco Estados[7] (Alemania, Italia y los tres del Benelux: Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo), que comienzan a negociar un Tratado que se firma finalmente en París, el 18 de abril de 1951. El Tratado constitutivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA)[8] pone en marcha la creación de un “mercado común” para el carbón, el mineral de hierro, la chatarra y el acero, dentro de un marco de libre circulación y libre competencia.

Comienza así la andadura de la Europa de los Seis, la “pequeña Europa”, de carácter “supranacional”, en la que por primera vez un grupo de Estados, en el contexto de sus relaciones exteriores, ceden ciertas competencias soberanas a un órgano de nuevo cuño: la Alta Autoridad de la CECA, germen de la actual Comisión Europea.

Documentos

Algunos vídeos sobre el aniversario…


[1] Recuérdese el famoso discurso de Aristide Briand ante la Sociedad de Naciones sobre un proyecto de Federación europea, el 5 de septiembre de 1929, y el posterior “Memorándum Briand” sobre la organización de una federación europea, de mayo de 1930.

[2] « Il s’agit d’une idée dans laquelle nous n’avons pas de confiance pour les mêmes raisons qui empêchèrent M. Churchill d’avoir confiance dans la S.d.N dès sa constitution et qui nous empêchent de considérer sérieusement des propositions pour l’unification des marchés, pour la limitation des armements, pour la création de tribunaux et d’une police internationale, lorsqu’elles ne sont pas en corrélation à des précises limitations de souverainetés nationales, par le transfert des pouvoirs correspondants à un organisme supranational ». (Mémorandum sur la préparation du Congrès de La Haye, 22 janvier 1948).

[3] Entre las Resoluciones emanadas de la Conferencia de la Haya véase especialmente el “Mensajes a los europeos”, preparado por el federalista suizo D. de Rougemont (Congress of Europe, 1948a), y la “Resolución de la Comisión Política” (Congress of Europe, 1948b), en las que se insta a los Estados europeos a transferir parte de sus derechos soberanos de cara a asegurar una acción económica y política común; igualmente se reclama la creación  de una Asamblea europea; la adopción de una Carta de Derechos Humanos, y el establecimiento de una Corte de Justicia que garantice la implementación de la Carta con las adecuadas sanciones.

[4] Sirvan como buenos ejemplos el Convenio europeo para la protección de los derechos humanos y las libertades fundamentales, firmado en Roma el 4 de noviembre de 1950, sus Protocolos adicionales, o la Carta social europea, acordada en Turín el 18 de octubre de 1961.

[5] Ministro francés de Asuntos Exteriores.

[6] Encargado del Comisionado General de Planificación.

[7] Gran Bretaña, por el contrario, desestima el ofrecimiento.

[8] El Tratado de la CECA entra en vigor el 24 de julio de 1952, por un periodo de 50 años, que expira el 23 julio de 2002.

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Francisco Sosa Wagner y el futuro de Europa. Entrevista con el eurodiputado español de UPyD

Por Encarna Hernández

Francisco Sosa Wagner
Francisco Sosa Wagner

Firme defensor de la fórmula federal que impulsaron los “padres fundadores” de la unidad europea, el eurodiputado Francisco Sosa Wagner (Grupo de los No Inscritos) considera que ha llegado la hora de superar el concepto de Nación en las relaciones internacionales. Ésta es la visión esencial que sobre el futuro de la UE tiene este jurista que desde las pasadas elecciones europeas de junio se ha convertido en el primer representante de Unión, Progreso y Democracia en la Eurocámara. Pero en sus palabras encontramos también al hombre que reconoce emocionarse con la música de Beethoven y los versos de Schiller, figuras que encarnan, al mismo tiempo, un auténtico germen cultural europeo. A nosotros, los ciudadanos europeos de a pie que creemos también en la “finalidad” política y federal de la Unión, no nos quedó otro remedio que emocionarnos igualmente con su último discurso en la sesión plenaria del Parlamento Europeo el pasado 7 de octubre, a propósito del “sí” irlandés a Lisboa. Aquel día, con su intervención, Sosa Wagner, el eurodiputado, el jurista, el ciudadano europeo, nos presentó su visión sin fisuras de la Europa que se construye desde el hemiciclo que se alza como el pilar fundamental de la democracia comunitaria: el Parlamento Europeo, “el palacio de la Quimera”, “el palacio de los sueños”.

Hoy tenemos la suerte de tenerle como protagonista en este blog. Gracias, profesor Sosa Wagner, por atender tan amablemente a nuestro cuestionario. Aquí os dejo el resultado.

P. Tuvimos la ocasión de constatar su defensa del horizonte federal de la Unión Europea en un artículo publicado el El Mundo (29/09/2009), en el que, además, afirma con rotundidad que Europa no es una nación, “ni falta que le hace”. Afirma que es precisamente desde este “déficit”, desde esa diversidad fecundadora, desde donde la Unión debe tomar impulso. En este sentido, nos gustaría saber si considera errónea la tendencia en el intento de europeizar las identidades de los ciudadanos de la Unión utilizando para ello las mismas fórmulas que el Estado-nación, es decir: himno, bandera, matrículas, moneda, etc.

R. En efecto, defiendo una concepción federal de la Unión europea porque me parece que es la fórmula que emplearon los padres fundadores y para comprobarlo no hay más que leer las Memorias de Jean Monnet donde aparece muy claro su ideario federal. Pero no es el único y parecidas posiciones encontramos en los escritos de Robert Schuman, de Adenauer y del propio De Gasperi. Creo además que esta concepción federal es la que mejor cuadra para fortalecer Europa, toda vez que la creación de grandes conjuntos geográficos de carácter político y económico es una exigencia insoslayable del siglo XXI.

Respecto al concepto de nación, he defendido en mi libro “El Estado fragmentado” el declive jurídico político de este término, falto ya en estos momentos de la ambición conformadora con que nació a finales del siglo XVIII y se mantuvo durante buena parte del XIX. De la nación nacerá el nacionalismo que es la peor enfermedad del siglo XX. Sin embargo esto no quiere decir que todo aquello que el concepto de “nación” llevaba en su panza haya de ser tirado por la borda. La nación ha servido para integrar colectividades humanas y ésta es una dimensión que puede servir, no para crear una nación europea, sino para conformar y dar realce a una cultura europea que asuma todo lo bueno y lo malo del legado histórico del que los europeos somos depositarios. Respecto de determinados símbolos, yo confieso que me emociono al oír la música de Beethoven y los versos de Schiller.

Intervención en el Pleno del 7/10/09
Intervención en el Pleno del 7/10/09

P. Volviendo a ese horizonte de la construcción federal de la que hablábamos al principio, el propio derecho comunitario viene siendo interpretado por juristas y teóricos constitucionales como una auténtica constitución material. ¿Está de acuerdo con esta visión de autores como Weiler o Díez Picazo en el sentido de que existe un proceso de “constitucionalización” en la construcción legal de la Unión? Aún más, a propósito de la malograda Constitución europea, ¿Se puede hablar de texto de naturaleza constitucional y no hablar de federación?

R. La magia de las palabras es mucha pero no quisiera enredarme en esta idea de algunos de mis colegas relacionada con la Constitución, tanto en sentido material como formal. Creo que el Tratado de Lisboa es un buen mecanismo para seguir avanzando y en ese sentido lo defiendo, consciente como soy de que el edificio europeo hay que ir construyéndolo paletada a paletada, como por cierto nos enseñó también Monnet.

P. Los últimos acontecimientos electorales en Europa han revelado el declive del socialismo en nuestro Continente. En el caso concreto de la Eurocámara, hemos visto que el PSE ha pasado de ser el grupo mayoritario a verse en la necesidad de buscar la alianza con un sector de los demócratas. Para empezar, se ha comenzado legislatura con el voto de confianza a J. M. Durao Barroso de parte de un sector del socialismo europeo. Partiendo de este hecho, pero poniendo la vista más a largo plazo, ¿qué consecuencias considera que puede tener para el futuro de la integración europea este declive del socialismo?

R. En efecto el declive del socialismo en nuestro continente es palmario. Creo que esto viene de no haber sabido asimilar la lección que al mundo dio la caída del muro de Berlín y a la falta de cabezas creadoras e imaginativas. Diría que hay mucho burócrata en el socialismo europeo pero poca reflexión arriesgada y de altos vuelos. El hecho de que en la última elección del Presidente de la Comisión, el grupo socialista no haya sido capaz de presentar a un candidato, avala concluyentemente esta impresión. Y subrayo la importancia de la presentación del candidato porque a mi me hubiera gustado oírle exponer su visión de Europa y contrastar si es muy diferente de la que sostiene un hombre tan conservador como Barroso.

P. Se cumplen ahora diez años de la Asociación Estratégica ALC-UE. Precisamente, en 2010 se celebrará en nuestro país la VI de estas Cumbres, que además coincidirá con la presidencia española del Consejo de la UE. ¿Cree que esta presidencia puede contribuir decisivamente a reactivar el diálogo bilateral entre la UE y América Latina? ¿Considera que este diálogo se ha estancado en los últimos años?

R. Sobre este asunto de las relaciones entre la Unión Europea y América Latina todavía no he tomado contacto con él, a finales de este mes de octubre haré mi primer viaje a ese continente y allí me empezaré a formar una idea propia.

P. Por último: hace unas semanas tuvimos conocimiento del proyecto de crear un grupo parlamentario bajo las señas de “Más Europa, Más ciudadanía”. ¿Nos podría contar, en líneas básicas, qué modelo institucional y qué modelo de integración defendería este nuevo grupo en el Parlamento Europeo?

R. En efecto tratamos de crear un grupo parlamentario propio en el Parlamento Europeo que asuma las líneas programáticas de Unión Progreso y Democracia pero soy consciente de las dificultades que tengo. De todas maneras esfuerzos no regatearé porque, como decían los latinos, “per aspera” se llega “ad astra”, es decir, por las dificultades se llega a las estrellas, esas que justamente conforman la bandera europea.

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Francisco Sosa Wagner es catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de León. Además de jurista y escritor (su último libro, publicado en 2009, Juristas en la Segunda República, de la editorial Marcial Pons), es experto en política autonómica, contribuyendo en su momento al diseño del modelo autonómico español. En los comicios de junio de 2009 fue elegido eurodiputado como cabeza de lista de Unión, Progreso y Democracia. En el Parlamento Europeo, trabaja como miembro de la Comisión de Industria, Investigación y Energía, así como de las Delegaciones en la Comisión Parlamentaria Mixta UE-Chile y en la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana.

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Nota de la autora: Esta entrevista ha sido incorporada a la página en Wikipedia de Francisco Sosa Wagner.