Estado del bienestar: un debate mal planteado

Hoy reproducimos en el blog un artículo publicado en América Economía que nos ha parecido realmente interesante sobre una cuestión que está situada en el centro del debate sobre las repercusiones de la crisis económica en Europa. ¿Es posible continuar con el modelo de Estado del bienestar que conocemos en el Continente hasta ahora? El autor de esta reflexión, Héctor Casanueva, director del Centro Latinoamericano para las Relaciones con Europa (Celare), advierte de las consecuencias sociales desastrosas de un “debate mal planteado” y toma el modelo Europeo como referencia para esta cuestión en América Latina.

Casanueva Estado Bienestar

 

El reciente discurso del rey de Holanda ante el Parlamento, en el que señala la insostenibilidad del “clásico Estado del bienestar” y su sustitución por una “sociedad participativa”, ha caído como agua de mayo a los euroescépticos y a la derecha del Estado minimalista en Europa y también por estos lados. Curioso, además, que lo plantee un monarca en un país gobernado por la socialdemocracia, que es el cuarto del mundo en el Índice de Desarrollo Humano, tiene un desempleo en torno al 7% y un per cápita de US$46.000. ¿Qué queda entonces para España o Grecia? ¿Y para nosotros?

Desde que la crisis de 2008 comenzó a poner en evidencia los problemas financieros de los países europeos, se volvió a instalar con mucha fuerza el debate iniciado hace tres décadas por el thatcherismo, acerca del modelo de protección social característico del viejo continente, llamado “Estado del bienestar”, y que es indisociable del proceso de integración de Europa, basado en solidaridad, paz y cooperación.

Si queremos despejar el tema central y de fondo, cual es el rol del Estado en la sociedad, creo del caso hacer algunas consideraciones para aportar al necesario análisis del tema, justamente cuando en Chile y otros países se avanza en sistemas de protección social que tienen como referente la experiencia europea, con la ventaja de que podemos observar sus fortalezas y debilidades en medio de una crisis que no estamos sufriendo.

Las dificultades para asegurar su financiamiento, con los consiguientes recortes presupuestarios en las prestaciones, así como los efectos del reto demográfico, entre otros factores, pero especialmente la crisis de empleo, especialmente juvenil, generan una distorsión en este debate. Por un lado se considera que la crisis es consecuencia del modelo, y por otra quienes la sufren exigen que el Estado no sólo mantenga, sino intensifique las políticas de protección social, pese al problema real de financiamiento público, producto a su vez, de una pérdida de competitividad de las economías europeas, incapaces de crecer y crear empleo.

La discusión sobre el modelo se ha trasladado con cada vez mayor intensidad a América latina, donde se han ido alineando tres posiciones: una de derechas, muy crítica del modelo europeo y que coincide en atribuir al mismo su crisis financiera, con la consiguiente advertencia de que no se nos ocurra adoptarlo, abogando por políticas asistenciales muy acotadas y una protección social centrada en la responsabilidad individual; otra, de izquierdas, que aboga por un Estado fuerte y protector, muy presente en los distintos frentes de la vida económica y social, con importantes dosis de populismo, y muy riesgoso en términos de estabilidad económica. Y una tercera que podríamos llamar de centroizquierda, cuyo planteamiento es de un Estado que asegure una protección social universal básica en educación, salud y pensiones, debidamente financiada a través del crecimiento económico y políticas fiscales responsables.

Si queremos despejar el tema central y de fondo, cual es el rol del Estado en la sociedad, creo del caso hacer algunas consideraciones para aportar al necesario análisis del tema, justamente cuando en Chile y otros países se avanza en sistemas de protección social que tienen como referente la experiencia europea, con la ventaja de que podemos observar sus fortalezas y debilidades en medio de una crisis que no estamos sufriendo.

Lo primero es distinguir entre “Estado del bienestar” y “Estado benefactor”, pues no significan lo mismo. El primero, implica una responsabilidad que debe asumir el Estado como garante del bien común, en una concepción solidaria de la organización social, para hacerse cargo como sociedad de garantizar estándares mínimos de calidad de vida a toda la población, dadas las inequidades que inevitablemente se generan en el cuerpo social por la sola aplicación de las leyes del mercado. Lo segundo, que es a lo que se dirige la crítica de la derecha más consciente, implica una deformación y extralimitación del concepto anterior, ya que traspasa solamente al Estado las responsabilidades de la propia vida, y ello evidentemente no solo implica una injusticia, sino un adormecimiento de las capacidades de emprendimiento, con las consecuencias de pérdida de productividad y competitividad general, además de ser insostenible financieramente.

A esto último es a lo que se refirió el rey de Holanda, y a lo que se refieren muchos partidos y líderes europeos, CDU incluida, que necesariamente debe ser reformado, avanzando hacia la necesaria “co-responsabilidad” en el bienestar, pero en ningún caso se debe interpretar como el llamado al abandono de una política social que está en la raíz y el fundamento mismo de este modelo.

Hace unos meses, la ministra de asuntos sociales de Francia, Mme. Marisol Touraine, en un interesante coloquio en la Universidad Central de Chile, nos afirmaba categóricamente que el Estado del bienestar no estaba en discusión, sino su financiamiento. Y así como el rey holandés plantea una “sociedad de la participación”, para connotar esa co-responsabilidad en el bienestar social, Felipe González y otros líderes plantean el concepto de una “sociedad del bienestar”, pero todos apuntando a lo mismo.

En América latina estamos entrando en un largo período electoral, empezando por Chile en noviembre, y seguido de varias elecciones presidenciales en otros países entre 2014 y 2015, que se dan en momentos en que la economía mundial, especialmente asiática, parece ralentizarse, parece muy oportuno que los programas de las candidaturas tomen en consideración este debate y la experiencia europea, y adopten las propuestas más adecuadas a cada realidad para asegurar políticas públicas apropiadas.

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Entrevista con los foreros de Territorio Magenta

Territorio Magenta es un foro no oficial de afiliados y simpatizantes de UPyD en el que se abordan distintos temas relacionados tanto con la situación política nacional como internacional. La UE, como no puede ser de otra forma por los difíciles momentos que está viviendo la zona Euro, viene siendo un tema recurrente dentro del foro, motivo por el cual se me ofreció responder a algunas preguntas realizadas por los participantes. Éste ha sido el resultado.

1) Si surgiese la posibilidad de que varios de los Estados que forman parte de la UE se fusionaran entre sí dando lugar a una federación* (más pequeña que la UE, pero realmente unida), ¿usted apoyaría que España formase parte de la fusión aunque pudiese suponer la salida de la UE? 

<<Si entiendo bien la pregunta, en los términos que se plantea, no lo veo una “solución” muy viable y menos al margen de la UE. Imaginad, sin ir muy lejos, una unión ibérica con España y Portugal y fuera de la UE ¿Dónde nos llevaría? Lo importante es avanzar hacia una Europa más fuerte y con más competencias, corregir los desequilibrios entre la integración económica y política y dotarnos de los mecanismos para reaccionar de forma colectiva y solidaria en momentos de crisis (sean del tipo que sean). Un primer paso es una fiscalidad común, imprescindible para hacer viable la unión monetaria, pero el horizonte, la finalidad última de la UE, solo puede ser “política” (vocación federal), de lo contrario estamos abocados al fracaso.
Añadiría que esta finalidad es no solo política, sino “socio-política” (aunque esté adelantando parte de otra respuesta), y no me refiero solo a la Europa social, que también, sino fundamentalmente a la necesidad de dotarse de legitimidad democrática y, a través o a partir de ella, construir una comunidad real de ciudadanos con capacidad, a través de sus representantes “elegidos”, de tomar decisiones.

Aunque volviendo a la pregunta (perdón por irme por las ramas), lo cierto es que me ha recordado una cuestión bastante interesante, no para descomponer la UE sino para ampliarla (a partir de la descomposición de otros Estados miembros): es lo que se ha venido a llamar “ampliación interna de la UE”. Es un viejo reclamo del nacionalismo español, especialmente del catalán: una Cataluña independiente pero que se integraría automáticamente en la UE sin necesidad de adhesión. El vacío legal sobre el tema crea controversia, pero lo cierto es que hay serias dudas de que sea posible. Escribí sobre ello hace algún tiempo en este post. ¿Qué pensáis?>>

2) ¿Apoyaría usted la eleccion directa, por el pueblo, del Presidente de la UE (que pasaria a ostentar ciertas competencias ejecutivas a nivel europeo) o preferiría un sistema parlamentario? 

<<Apostaría por un sistema parlamentario, reforzando el poder legislativo de la Eurocámara (se ha hecho en Lisboa, en parte), como única cámara legislativa y que controle al ejecutivo, la Comisión. De ese Parlamento, elegido por los ciudadanos europeos, debe salir el Gobierno de la UE.
Es verdad que en el Tratado de Lisboa se incrementaron los poderes legislativos (papel de “co-legislador”, junto con el Consejo de la UE) y de control político, democrático y presupuestario del Parlamento Europeo. Por ejemplo, la codecisión se estableció como “procedimiento legislativo ordinario” y se acordó una mayor intervención de la Eurocámara en el nombramiento de los miembros de la Comisión. En este sentido, una principal novedad que introdujo Lisboa fue establecer una relación directa entre el resultado de las elecciones europeas y la elección del candidato a la presidencia de la Comisión, algo que debía contribuir a dotar de legitimidad a esta figura al ser investido por la reelegida mayoría en la Cámara. Pero las cosas no son tan bonitas como las pintan, porque, sobre el terreno, el Parlamento no “elige” al presidente de la Comisión, sino que ratifica o no al candidato que proponen los Estados.
En definitiva, hablamos de dar un vuelco a la compleja dinámica que en la toma de decisiones se ha articulado en torno al tradicional “triángulo institucional” (PE, Comisión y Consejo) que dista mucho de la clásica división de poderes que conocemos en el marco del Estado nación, y que se ha caracterizado por el monopolio de iniciativa legislativa para la Comisión (institución tecnocrática e independiente, alejada del control de los ciudadanos) y el reparto de la autoridad legislativa y presupuestaria entre el Consejo y el Parlamento (este último marcado históricamente por una debilidad intrínseca que han ido corrigiendo sucesivos Tratados hasta convertirle en colegislador).
Hablamos de una dinámica de “equilibrio institucional” o “pesos y contrapesos” muy pero que muy compleja. Un ejemplo: en la función ejecutiva intervienen la Comisión, el Consejo y los Estados miembros (estos últimos en la ejecución de una buena parte de las políticas y normativas). Es decir, que hace trizas el cuadro típico de división de poderes estatal de Montesquieu.
En cualquier caso, ese “vuelco” hacia el régimen parlamentario tiene que venir de la mano de cuestiones como la celebración de unas verdaderas elecciones europeas (con listas transnacionales) y con partidos de dimensión transnacional que presenten programas auténticamente europeos. Por ahora, y lo vemos en España, lo que tenemos son unas europeas descafeinadas, sin dimensión europea, que son poco más que un examen a corto-medio plazo para las elecciones domésticas. No se hace mucha didáctica europea en las campañas (UPyD fue una honrosa excepción en 2009), el debate europeo escasea y, así, es difícil que los ciudadanos elijan en base a cuestiones de índole transnacional, en torno a problemas comunes o sobre la idea de Europa que quieren.
Entiendo que si los partidos europeístas no nos diferenciamos claramente en la campaña de las elecciones al Parlamento Europeo con un discurso claro y el clave europea ante la ciudadanía, los euroescépticos o antieuropeos lo harán por nosotros (como ya está ocurriendo, por otro lado, en otros lugares de Europa).
Perdón otra vez por la extensión en la respuesta.>>

3) ¿Dejaría usted la capacidad legislativa europea al europarlamento en exclusiva (eliminando las otras cámaras no electas que intervienen)?

<<Creo que ya he respondido esta cuestión en la pregunta anterior. La capacidad legislativa debe ser para el Parlamento Europeo, es la única forma de ganar en legitimidad democrática. Aunque el Consejo tiene una legitimidad indirecta (políticos elegidos en sus respectivos Estados), hay dudas sobre la capacidad de control que tienen los parlamentos nacionales para con lo que estos mismos políticos acuerdan “en Bruselas”.>>

4) ¿Ve usted posible que la actual UE acabe teniendo gobierno con algun poder, o es necesario que ciertos socios (Como el reino Unido probablemente) se den de baja primero? 

<<Es cierto que la Europa de las dos velocidades cobra ahora más fuerza que nunca. Es verdad que estamos ante una UE muy diversa en cuanto a la capacidad y compromiso real de cada miembro. Lo ideal es avanzar al mismo ritmo, pero las distintas velocidades no son ninguna catástrofe. Ya se han implantado, de hecho, con la culminación de la Unión Económica y Monetaria (el Euro) o con Tratados como el de Schengen. Hay que ser realistas: UK nunca aceptará formar parte de una Europa federal.>>

5) Hola. Soy de los que cree que UPyD debe entrar a formar parte de ELDR a nivel europeo. Entiendo que para ello probablemente se pida primero que no haya nacionalistas en dicho partido europeo. El único que hay es el CDC (nuestra querida convergencia de cataluña). Es una anomalía que debemos remediar. Además, el partido español más europeísta debe activamente participar en las políticas europeas, también en el parlamento europeo. ¿Estás a favor de que UPyD entre en ELDR? ¿Crees que el partido va a intentarlo ahora que somos 4ª fuerza política? 

<<Bien, ALDE es un grupo en el que perfectamente podría encajar UPyD y es cierto que la presencia de nacionalistas frustró que Sosa pudiera entrar a formar parte. Estoy de acuerdo contigo en que estar en NI es una anomalía, para empezar porque nuestra capacidad para hacer política se ve mermada, porque la propia Eurocámara sanciona de algún modo a los eurodiputados que no son capaces de incluirse en alguna formación. En este punto, siempre se me viene a la mente una palabra que es signo distintivo de UPyD y que es aplicable a este caso concreto: la transversalidad. ALDE es un partido europeísta que apuesta por una Europa federal y sí, UPyD podría encajarse perfectamente ahí.>>

6) ¿Cuál es la posición de UPyD sobre la situación de ciertos ciudadanos comunitarios que a la hora de trabajar en un país de la Unión se les niega el permiso de trabajo? 

<<Imagino que te refieres al caso de los ciudadanos rumanos. La posición de la UPyD es muy clara al respecto, y para ejemplificarla transcribo un párrafo de nuestro programa electoral de las europeas de 2009:

“Para implementar la noción de Ciudadanía de la UE, impulsaremos la prohibición de que los Estados miembros de la UE puedan suspender, o limitar en el tiempo, derechos fundamentales de los ciudadanos de la Unión, tales como la imposición de moratorias para la libre circulación y establecimiento de trabajadores dentro de la UE, que ha dado origen a la segregación entre ciudadanos de primera y de segunda en Europa, violando la Carta de Derechos Fundamentales de la UE”.

En este sentido, y por profundizar un poco más en este tema, me gustaría destacar que la propia configuración de la ciudadanía de la Unión creada en Maastricht (al sujetarla a la nacionalidad de un Estado miembro) ha creado ya tres categorías de individuos en la UE: los ciudadanos, los denominados “denizers” (residentes extranjeros pero con derechos similares a los nacionales) y extranjeros. Se trata de una situación que algunos autores han calificado incluso como “apartheid” europeo.

Por tanto, es inadmisible que haya ciudadanos UE (como los rumanos) a los que se les usurpan directamente sus derechos, pero es que, además, la ciudadanía de la UE, tal y como está configurada (sujeta a la nacionalidad) crea ya de por si varias categorías de ciudadanos. Y a ello le añadimos iniciativas como la Directiva de Retorno (que UPyD rechazó frontalmente), tenemos el cóctel completo para una regresión absoluta en los Derechos Fundamentales en la UE.>>

7) ¿Cree que la posibilidad de que el Reino Unido abandone la UE a corto o medio plazo es real? ¿Irá aumentando el antieuropeísmo en ese país y en otros? En España era casi inexistente y últimamente se está viendo mucho en ambientes como el del 15M…

<<Antes he comentado que el antieuropeísmo se está convirtiendo en protagonista de la escena política en muchos países. Partidos que, en concreto, se diferencian ideológicamente por este hecho. En España, los partidos tradicionales (especialmente PP y PSOE) han perdido mucho tiempo y muchas oportunidades de explicar Europa y su postura sobre la UE en las campañas. Ahora el peligro es que otros lo hagan por ellos, pero en clave euroescéptica (que es muy lícito), o lo que es peor, antieuropea.Sobre el Reino Unido, las presiones sobre Cameron de los euroescépticos son fuertes y se han incrementado en los últimos tiempos. Ahora también hay que tener en cuenta que su socio de Gobierno (Clegg) es una de las figuras más europeístas del país. No todo es antieuropeísmo en el Reino Unido, ahí tenemos, sin ir más lejos, a Andrew Duff. Mejor dicho no todo es Farage, al que considero más un “eurofriki”. No veo a un Reino Unido fuera de la UE.>>

También discrepo sobre el euroescepticismo del 15M. Por ejemplo, en las manifestaciones del 15 de octubre lo que se vio (al menos es mi parecer) fue la irrupción de un movimiento ciudadano global de carácter muy solidario, europeo, que no pedía que dejáramos caer, por ejemplo a Grecia, sino que propugnaba “todos somos Grecia”. Veo aquí (con las debidas cautelas) un movimiento ciudadano europeo lleno de espontaneidad y solidaridad, repleto de valores comunes. Siempre he pensado que el liderazgo europeo pertenece a la ciudadanía.

Las crisis también pueden ser épocas de oportunidades. Y en esta crisis, lo que podemos perder nos afecta a todos. Lo que nos jugamos es nuestro futuro común. Eso es importante para construir identidad europea.>>

8 ) ¿Cree que Turquía acabará entrando en la UE? ¿Y Rusia? ¿E Israel? 

<<Creo firmemente que sí ¿Por qué no, si se cumplen las condiciones? Para empezar, los criterios demográficos son difusos, tanto como las fronteras de Europa. Prueba de ello son sus límites orientales y occidentales, que han sufrido numerosos cambios a lo largo de la historia. Al Imperio Turco, sir ir más lejos, se le calificó en su día como “el enfermo de Europa”.Luego está el tema cultural: un país de mayoría islámica y gobernado por un partido islámico. Pero la Turquía moderna se fundó sobre la laicidad y no hay que olvidar que la mayoría de su población considera la religión un asunto que pertenece estrictamente al ámbito privado.Los recelos reales, a mi entender, han venido más bien por la cuestión de los derechos humanos y el peso poblacional turco, este último en dos vertientes: poder político que ostentaría por el sistema de voto de la “doble mayoría” y temor a los flujos migratorios.

En cualquier caso, Turquía debe seguir avanzando para cumplir determinados criterios políticos en materia de democracia y Estado de Derecho, así como lo que afecta a los derechos humanos y protección de las minorías.

Lo de Israel y Rusia lo veo más lejano, y no conozco profundamente cuáles serían las opciones. De momento, tendrán que conformarse con Eurovisión.>>

9) Últimamente, con la crisis, se está hablando de mucho de los funcionarios. La huelga del 2009 en la UE demostró que era muy difícil asumir el costo de un funcionariado que crece y no disminuye. En España la mayoría de los funcionarios son nuestros médicos, policías, militares, profesores… pero la UE no tiene ese tipo de funcionarios. En Suecia, los funcionarios públicos no gozan del privilegio de tener el empleo asegurado de por vida, como si ocurre en España. Allí tienen unos contratos renovables y no ha modificado su estado del bienestar. ¿Es posible que desde la unión Europea se pueda hacer algo por “armonizar” la función pública en toda la UE? ¿Conoces el sistema Sueco? ¿Sería posible aplicarlo a España? ¿Y en la UE?

<<No conozco profundamente el sistema sueco. Los funcionarios europeos vienen sufriendo recortes en los últimos tiempos, a la par de los que hemos visto, sin ir más lejos, en España. Pero, en este sentido, entiendo también que la austeridad en el gasto debe ir de la mano de la eliminación de duplicidades que se siguen manteniendo y que suponen un coste inasumible, como es el caso de las sedes del Parlamento Europeo.En cuanto a armonizar la función pública en toda la UE no podría hacer una valoración ahora mismo por mi escaso conocimiento de esta cuestión en concreto.Siento no poder ser más explícita.>>

10) ¿Está a favor de la emisión de eurobonos antes o después de conseguir una fiscalidad común? ¿Qué sistemas de control implantaría para evitar que se presenten informes falsos o se maquillen las cuentas de los países miembros como ocurrió con Grecia durante años? 

<<Muchos países lo han visto como la única solución para generar confianza, pero no creo que sean la solución definitiva. En cualquier caso, pueden ser el paso para una mayor unión fiscal, que al fin y al cabo es lo más deseable. Después de la cumbre europea lo que tenemos claro es que habrá techo de déficit, supervisión de los presupuestos, sanciones para incumplimientos y un refuerzo del control que tendrá la UE sobre los países rescatados. Todo esto va en la línea de evitar más casos como el de Grecia. Son pasos hacia la integración fiscal, pero queda mucho.
Ha sido un placer, muchas gracias.>>

Europa frente a Europa

Recientemente, he tenido la oportunidad de colaborar en la última edición de los libros editados anualmente por el Programa de Estudios Europeos de la Universidad de Concepción (Chile). Este Programa, creado en 2002, cuenta desde 2010 con el importante reconocimiento de la concesión del Módulo Jean Monnet de la Comisión Europea, una acción que tiene por objetivo impulsar los estudios y la investigación sobre los asuntos europeos en todo el mundo.

Europa frente a EuropaEl último ejemplar de las publicaciones del PEE de la UdeC lleva por título “Europa frente a Europa“, y aborda visiones variadas sobre los distintos desafíos a los que se enfrenta la UE: la adhesión de Turquía y las visiones sobre el mundo islámico; las relaciones transatlánticas; la protección de los derechos humanos; los recursos energéticos…

Aquí os dejo el resumen-abstract de mi contribución, centrada en las visiones del Islam político y el laicismo, así como en la cuestión turca.

Islam y laicismo: una mirada desde Europa (Islam and laicism: a look from Europe)

 

Resumen:

El binomio Europa-laicismo no ha dejado de generar variadas polémicas y en distintos grados de intensidad. Controvertido fue el debate sobre la inclusión o no de una referencia cristiana durante la elaboración de la Constitución Europea. No menos recelos provocó la presencia de elementos religiosos en la sesión plenaria en la que se nombró al nuevo presidente de la Eurocámara, el polaco Jerzy Buzek. Polémicas que en Europa, en una Europa multicultural que pretende ser intercultural, y con un gran número de residentes de religión musulmana, han estado y siguen estando también enfocadas hacia la presencia de símbolos religiosos en edificios públicos, tales como las escuelas, con los debates sobre los crucifijos o el velo islámico.

La Unión Europea mira hacia sí misma, pero también hacia afuera: las relaciones con el Sur del Mediterráneo, y, cómo no, la política de Ampliación, la controvertida candidatura turca, vista como una amenaza para el laicismo en Europa. Turquía es un caso paradigmático de ascenso del Islam político en convivencia dentro de un Estado laico. Lo es porque el binomio Islam-laicismo no casa precisamente bien. Son dos conceptos que en su significado profundo y esencial se contradicen mutuamente. ¿Por qué? Profundizar en las respuestas a esta pregunta es el objetivo de este artículo, que parte de esta contradicción intrínseca entre los significados de Islam y laicismo, para analizar después el paradigma laico turco en el contexto de su candidatura de adhesión a la Unión Europea.

Se denomina “islamismo” a las manifestaciones o utilizaciones políticas del Islam. Un fenómeno que entró en pugna ideológica en el mundo árabe musulmán al mismo tiempo que florecía el nacionalismo árabe laico, que buscaba la independencia de Occidente, allá por los años 50. El nacionalismo impulsado por Nasser en Egipto se colapsó con la derrota árabe en 1967 con Israel, entrando en claro declive, produciéndose una reislamización comandada por Irán desde finales de los setenta, y que también se ha vivido en países como Turquía, con el ascenso del Islam político desde los noventa.

Sin embargo, la idea central que pretende confrontar el artículo es la oposición entre laicismo (Estado secular) y Estado Islámico, por la sencilla razón de que lo “laico” no puede aplicarse al Islam, ni el Corán proporciona un modelo de Estado. Es por ello que se pretende presentar las profundas contradicciones de ciertas interpretaciones occidentales del mal llamado “laicismo musulmán”.

El caso turco es paradigmático en este sentido, y su correcta interpretación es fundamental para valorar en su justa medida y significado la posible adhesión turca a la Unión Europea, que despierta temor sobre la posible islamización de Europa. Hay que tener en cuenta que este factor, que está en el centro de los recelos y de la sensibilidad social, puede ser el último de los criterios en la balanza de la adhesión: por encima están los miedos políticos (al poder que podría ostentar Turquía en la toma de decisiones en la Unión con el sistema de la doble mayoría), demográficos, económicos, democráticos y de derechos humanos y libertades; incluso se pueden citar los demográficos, ciertamente aparejados a cierto sentimentalismo sobre la idea de Europa o la antigua y difusa cuestión de sus fronteras.

Pero se trata de valorar en su justo término la relación entre Islam, Estado y Sociedad, no sólo por la candidatura turca, sino por la transformación de Europa en un continente multicultural, y donde la compresión mutua facilitará los procesos interculturales en un continente en el que viven 17 millones de musulmanes, y en el que existen periódicamente debates relacionados con las referencias cristianas de Europa o los recelos hacia la islamización.

Palabras clave: Unión Europea; Turquía; islamismo; laico; multiculturalismo.

 …

Abstract:

The Europe-laicism binomial has not stopped creating polemic with different degrees of intensity. Debate on inclusion of a Christian reference during the European Constitution was controversial. And the presence of religious elements during the plenary session in which was carried out the appointment of the new European Parliament president, the Pole Jerzy Buzek, did not create less distrust. These polemics in Europe, a multicultural Europe that pretends to be intercultural and has a great number of Muslim residents, have been and keep on being also focus on the presence of religious symbols at state buildings, as school, with polemics about crucifix and veil.

European Union looks at oneself, but looks at outsider as well: relationships with Mediterranean South and, of course, the politic of Expansion or the controversial Turkish candidature, which is considered a threat  for laicism inEurope. Turkeyis a paradigmatic case of coexistence rising of political Islam into a secular state. And it is by this way because the laicism-Islam binomial does not fit correctly, since laicism and Islam are two concepts whose deep and essential significances contradict each other. Why? The aim of this article, which starts from this intrinsic contradiction between the Islam and laicism significances, is going into the answer to this question, in order to analyze later the Turkish secular paradigm within the context of the Turkish adhesion to European Union.

Manifestations or political uses of Islam are named “Islamism”. It is a phenomenon that had an ideological clash in the Muslim Arab world while the secular Arab nationalism was flourishing, which looked for the West independence, back in the fifties. The nationalism promoted by Nasser in Egypt gets collapsed due to the Arab defeat versus Israel in 1967, going into a clear decline and taking place a re-islamization led by Iran from the end of the seventies, what also happened in countries as Turkey, and that causes a political Islam rising from the nineties.

However, the central idea this article tries to compare is the opposition between laicism (secular state) and Islamic state since the secular can not be applied to the Islam and the Koran does not provides a model of state. This is why it is pretending to show the deep contradictions of certain West interpretations about the so-called “Muslim laicism”.

With this in mind, the Turkish case is paradigmatic, and the correct interpretation is fundamental in order to value correctly the possible Turkish adhesion to the European Union, which generates fear about a possible islamization of Europe. It is important to keep in mind that this factor, which is in the middle of distrusts and social sensitivities, could be the last of criterions in the balance of adhesion: above we can find political fear (fear to the power that Turkey could hold about decision making in the European Union with the double majority system), demographic fear, economic fear, democratic fear, and fears related to human rights and freedoms; even the demographic ones could be mentioned, which are united to a certain sentimentalism about the idea of Europe or the old and diffuse question of its frontiers.

The most important thing is to value, as it deserves to be, the relationship between Islam, State and Society, not only due to the Turkish candidacy, but because of the transformation of Europe in a multicultural continent, where the mutual understanding will facilitate the intercultural processes in a continent where seventeen millions of Muslims live, and where there are periodically debates related to the Christian references of Europe or the distrusts toward islamization.

Key words: European Union; Turkey; islamism; secularism; multiculturalism.

Símbolos cristianos para una Europa laica

En el año 2003, cuando se elaboraba la Constitución Europea, uno de los puntos más controvertidos del debate fue decidir sobre la necesidad o la inconveniencia de incluir una referencia al Cristianismo en el texto del Tratado. Los defensores de la referencia cristiana argumentaban, con buena parte de razón, que el Cristianismo era ese tercer pilar (junto a las tradiciones griega y romana) desde el que se había construido la civilización europea, para conformar una identidad europea compartida sobre la base de la filosofía griega, el derecho romano y la teología cristiana.

En realidad, nadie pone en duda que esta “herencia común” ha marcado el desarrollo político, moral y de pensamiento de nuestro Continente. En concreto, el Cristianismo ha sido definido por autores como Irigoyen [1] como “la gran unidad”, en el sentido de que existe una histórica autoconciencia de unos valores compartidos que encuentran su fuente en el Cristianismo [2]. Sin embargo, otros autores como Habermas [3] hablaban de un “patriotismo de la Constitución”, una identidad basada en principios éticos, cívicos y políticos, definida en la práctica de la ciudadanía activa, ejercida en un contexto democrático y en el haz de derechos otorgados por una Constitución, en este caso, la europea. Es decir, una fórmula aún más secularizada que la “religión civil” descrita por Rousseau en El contrato social: una especie de “religión del ciudadano” [4].

Y así fue como en el Preámbulo de la malograda Constitución Europea se excluyó la referencia cristiana sustituyéndola por una Unión Europea que se inspira en “(…) la herencia cultural, religiosa, y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho” [5].

Valores y principios universales para una identidad diversa, dinámica y en constante redefinición y que se construye en el marco de la práctica de la ciudadanía europea activa para una identidad y una unidad de valor democrático y constitucional.

En el texto de aquella Constitución fallida había también referencia a los símbolos de la integración europea (art. I-8): bandera, himno, lema, moneda, Día de Europa… Referencias que fueron eliminadas en la posterior reforma de Lisboa, en la que el Consejo intentó prescindir de todo aquello que “oliera” a Constitución. En realidad, tampoco son pocos los analistas [6] que han criticado esta fórmula de la UE de “europeizar” las identidades de sus ciudadanos, utilizando las mismas fórmulas que el Estado-nación: bandera, moneda, himno, matrículas…. Es decir, una fórmula calcada a la de la identidad nacional que puede no ser aplicable o acertada para caso de la capa identitaria post-nacional.

Todos conocemos la bandera de la UE, que representa un círculo de doce estrellas doradas sobre fondo azul. Aunque quizá algunos menos conozcan lo que significa. La explicación oficial, que encontramos en el Portal Europa, es que “el círculo de estrellas doradas representa la solidaridad y la armonía entre los pueblos de Europa”, mientras que las doce estrellas se explican por el hecho de que “el número doce es tradicionalmente el símbolo de la perfección, lo completo y la unidad”. En realidad, la bandera, que tiene su origen en 1955 en el marco del Consejo de Europa, fue adoptada por las Instituciones de la UE ya en 1985.

Aunque parece que el origen de este símbolo es bien distinto, mucho menos secular y laico, y mucho más cerca de ser una bandera “muy cristiana”. Esta mañana, Europa 451 ha twitteado un artículo de Fenando Navarro publicado originalmente en 2009 y en el que explica precisamente el origen cristiano de la bandera de la UE:

<<(…)el círculo mariano de estrellas que representa la corona sobre el cabello de la Virgen María, madre de Jesús, centro de las religiones cristianas. Y todo sobre fondo de color azul, la tonalidad que también simboliza toda la mitología que rodea la figura de la madre del mesías crucificado. Es más, la bandera la aprobó el Consejo de Europa el 8 de diciembre de 1955, día de la Inmaculada Concepción. Tres días más tarde, el Consejo de Europa inauguró un vitral de la catedral de Estraburgo en honor a la Virgen coronada con una aureola de doce estrellas. Su autor, el diseñador Arsène Heitz ha explicado varias veces la inspiración que tuvo al leer un pasaje del libro Apocalipsisis, del Antiguo Testamento y que se refiere al famoso dogma de la virgen María. Doce apóstoles, doce hijos de Jacob y doce estrellas en la bandera.>>

Si la bandera europea tiene este origen, ¿qué sentido tiene no explicitarlo claramente en la información que sobre este símbolo nos ofrecen las instituciones europeas? ¿Se ha reelaborado una explicación “a la carta” y más acorde con la Europa actual? En realidad, no nos vamos a asustar. El propio Buzek, en su primera intervención ante los eurodiputados tras su investidura en 2009 como presidente de un Parlamento Europeo de mayoría conservadora, no tuvo ningún reparo en exteriorizar de forma explícita símbolos religiosos, entregándole una estatuilla de Santa Bárbara a su predecesor, Hans Gert Pöttering.

Que los símbolos son necesarios y crean identidad no me cabe ninguna duda, que cada uno los puede interpretar a su manera, también. Personalmente, tengo claro lo que la bandera europea significa para mi: progreso, bienestar, igualdad, valores universales, derechos humanos, libertades fundamentales, democracia, diversidad, tolerancia, solidaridad… Estos son los ojos con los que miro Europa y lo que quiero que sea una Europa laica y tan dinámica que hasta sus símbolos evolucionan en su significado (aunque no podamos obviar su origen).

Referencias:

[1] Irigoyen, A. (2006). Europa en la Historia. En J. Jareño Alarcón, & M. A. García Olmo (Eds.), Miradas sobre Europa (pp. 87-111). Murcia: UCAM.

[2] Buttiglione, R. (2002). Esiste un Demos europeo? La Cittadinanza Europea, 2002(1), 25-28.

[3] Habermas, J. (2001). ¿Por qué Europa necesita una Constitución? New Left Review, edición española, noviembre/diciembre, núm. 11, 5-25.

[4] Beriain, J. (1996). La construcción de la identidad colectiva en las sociedades modernas. En J. Beriain & P. Lanceros (Comps.), Identidades culturales (pp. 13-43). Bilbao: Deusto.

[5] Tratado por el que se establece una Constitución para Europa, de 29.10.2004 (DOUE C 310/01, de 16.12.2004). Disponible en: http://eur-lex.europa.eu/JOHtml.do?uri=OJ:C:2004:310:SOM:ES:HTML.

[6] Nettesheim, M. (2004). La ciudadanía europea en el proyecto de Constitución Europea: ¿Constitución del ideal de una comunidad política de europeos? Revista de Estudios Políticos, julio/septiembre, núm. 125, 211-227.

Comunícate con Europa… o cómo Europa se comunica con nosotros

Esta mañana ha tenido lugar en el Edificio de La Bolsa de Valencia la continuación del ciclo de seminarios “Europa Tuya”, unas jornadas organizadas por la Generalitat Valenciana, el centro Europe Direct de la Comunitat y la Fundación Comunidad Valenciana Región Europea, y cuyo objetivo no es otro que el de acercar Europa a los ciudadanos, a través de la exposición y el debate sobre distintos temas de la actualidad comunitaria que interesan especialmente a los ciudadanos.

¿Qué otra cuestión puede despertar más interés, a priori, que las herramientas de participación puestas a disposición de los ciudadanos a través de las distintas políticas europeas? La voz de los ciudadanos cuenta cada vez más en la Unión Europea, es decir, en la configuración de sus políticas, en su implementación, en su ejecución y gestión. Por ello, que los ciudadanos sepan cómo comunicarse con Europa, que conozcan las herramientas que la UE pone a su alcance, es vital para impulsar y reforzar una participación ciudadana más activa en la esfera de los asuntos comunitarios.

Pero comunicarse con Europa, hacer que la voz de los ciudadanos cuente, es un esfuerzo que supone un viaje de ida y vuelta. Se trata de un esfuerzo paralelo y compartido: comunicarse con Europa y que Europa se comunique con los ciudadanos. En estas dos caras de una misma moneda se han movido las dos primeras ponencias de la jornada de hoy. Los actores no podían ser más idóneos para presentarnos  este doble objetivo que se mueve paralelamente: comunicar Europa, de esto algo debe saber D. Jaume Duch, director de medios de comunicación y portavoz del Parlamento Europeo; y comunicarnos y participar con y en Europa, de ello, precisamente, nos habló la Dra. Susana del Río, miembro del Comité de Expertos de la Comisión Europea en participación de la sociedad civil.

Jaume Duch recordó los retos a los que se enfrenta un Parlamento Europeo renovado y reforzado tras el Tratado de Lisboa. Clichés, estereotipos, desenfoques que persisten… ¿por qué sigue siendo una institución desconocida? Invertir esta situación es el principal desafío de la política de comunicación de la Eurocámara. Pero, para ello, debe superar algunas dificultades intrínsecas de la Institución a la hora de comunicar su labor a los ciudadanos: hablamos del reto (añadido) de comunicar sobre Europa, sobre una Cámara (sin gobierno) cuyo interés informativo debe reducirse a su ingente tarea legislativa; añadamos a esto la lejanía demográfica y la distancia conceptual (sólo encontramos en ella algunos rasgos equiparables a la clásica labor parlamentaria que encontramos en el cuadro nacional); sumemos que se trata de una Institución en constante cambio con las sucesivas reformas de los Tratados y con las ampliaciones; echemos algunas gotas (23 idiomas traducidos en total) de multilingüísmo; y adornamos con el desconocimiento generalizado de los actores (la polémica-interés asociada a ciertas figuras político-mediáticas nacionales se desvanece aquí). El resultado de este cóctel de dificultades es una política de comunicación tremendamente compleja, un desafío imponente.

Pero no imposible. Como relató Duch, se está poniendo toda la carne en el asador: existen muchas herramientas para ello. Ahí están las redes sociales, una apuesta decidida de la política de comunicación de la Eurocámara en los últimos tiempos: la web de europarl, la televisión del Parlamento Europeo, la presencia en redes sociales como facebook, you tube, twitter… Persisten algunos talones de Aquiles: la televisión y los medios de comunicación regionales y locales. Lo próximo, lo cercano, triunfa, la televisión también. Todo ello realizando un esfuerzo por ofrecer una información simplificada y, por supuesto, traducida. La formación de los periodistas desplazados en bruselas es vital: seminarios, canal por satélite, acceso a imágenes, y un servicio de prensa que funciona como un reloj.

No cabe duda que el Parlamento Europeo ha decidido coger el guante al reto de comunicar Europa. ¿Podremos hablar a corto plazo de una auténtica Opinión Pública Europea? Si lo prefieren, de la suma de muchas opiniones públicas europeas…

Pero los ciudadanos informados también tienen que conocer las herramientas que la UE pone a su disposición para participar en los procesos comunitarios. El espacio público es, ante todo, un espacio de comunicación y de participación. La construcción de una esfera pública europea va de la mano del crecimiento de una sociedad civil europea, cuya primera piedra se puso en Maastricht con la creación de una Ciudadanía de la Unión.

La inclusión de la sociedad civil europea en el proceso de toma de decisiones comunitario, tal y como nos recuerda la Dra. Susana del Río, se viene haciendo cada vez más patente (responde a una necesaria democratización de la toma de decisiones) desde la CIG que precedió al acuerdo de Amsterdam. La implicación de los actores de la sociedad civil es la consecuencia inevitable del desgaste de un método, el de la Conferencia Intergubernamental (el de los acuerdos por unanimidad y a puerta cerrada), que se opone al consenso y a la participación que posibilitaron escenarios recientes como los de la Convención que redactó la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE o aquella otra a la que se vino a llamar constitucional. De esta última nació la idea de una Iniciativa Legislativa Ciudadana europea (un millón de firmas): un hito para la participación de la ciudadanía europea plasmado definitivamente en el texto de Lisboa.

¿Cómo logramos una plena implicación informada y participativa de la ciudadanía? Para empezar, insiste Del Río, planteando debates, comunicando en “versión europea”. Algo que, sin embargo, no ocurre en las campañas electorales de las elecciones al PE, donde domina el discurso en clave nacional. También, prosigue, es preciso lograr una comunicación continua, no restringida a momentos puntuales como unas elecciones o un referéndum.

Existen espacios participativos especialmente relevantes: hablemos de solidaridad (2011 será el año del voluntariado europeo, y el actual concierne a la pobreza y la exclusión social); informemos sobre la capacidad de Europa (siempre en marcha y con un inmenso potencial integrador); aprovechemos el potencial que nos ofrecen las nuevas tecnologías; y nunca dejemos de insistir en ello.

Actos como el de hoy avanzan en este sentido, en esa necesaria correlación: comunícate con Europa… o cómo Europa se comunica con nosotros.

La segunda parte del debate giró en torno a la proyección de la imagen de Europa en el exterior. Un tema complejo, de estricta actualidad con el nuevo marco que nos ofrece Lisboa, y que se merece otro post aparte. Acabamos conociendo algo más sobre la relación de los valencianos con Europa. Por cierto, mañana, otra jornada del seminario: Derechos de los consumidores en las políticas europeas.

Estados Unidos y Europa ¿Sueños rotos?

Encarna Hernández

Si hay algo por lo que los europeos recordamos la presidencia de George W. Bush jr. al frente de la Casa Blanca fue por las horas bajas que vivió durante este periodo la relación transatlántica. Cuando muchos analistas políticos se preguntaban si seguía existiendo “Occidente” como tal (al menos esa visión que se tenía de Occidente en la Guerra Fría) o incluso si ya no habría otra generación de políticos norteamericanos impulsores de la cohesión de Occidente, en ese justo momento, fue cuando emergió la figura de Barack Hussein Obama.

Para los norteamericanos, hastiados de las aventuras militares en el extranjero y del fracaso económico y social de Bush, Obama representaba el deseo de cambio. Por su parte, los europeos atisbaban en este hombre y en su talante internacional el inicio de una nueva era en las relaciones internacionales y transatlánticas. ¿Había llegado ese líder capaz de unir otra vez los destinos de Occidente? Mientras los europeos reinterpretaban la relación transatlántica en clave de romanticismo, los americanos, fieles al realismo político, analizaban el mundo de la posguerra fría, el mundo de las nuevas amenazas y alianzas globales, en clave pragmática. Emergen otros centros de poder, y es posible que “Occidente” simplemente ya no exista como lo conocíamos, es decir, en su posición dominante.

A estas alturas, Europa, la Unión Europea, ahonda en su afán de ser un interlocutor válido y vital para Washington, el viejo aliado fiel, dependiente, y que se desdibuja en materia de defensa y política exterior. El último “desaire”: la ausencia del presidente norteamericano en la Cumbre con la UE. ¿A quién puede sorprender que Europa no esté en la agenda de la estrategia global de los Estados Unidos en un puesto alto del ranking?

Es cierto que hay una clave interna para interpretar la ausencia, por primera vez desde hace 17 años, de un presidente norteamericano en una cumbre EEUU-UE. Así lo recogía The Wall Street Journal, el primer medio en hacerse eco de la noticia: el presidente necesita focalizar sus esfuerzos en la política interna (la pérdida del escaño en Massachusetts, las próximas elecciones legislativas, con la mayoría de las dos cámaras en juego, el empleo, la reforma sanitaria…) y recortar su agenda de política exterior. Sin embargo, desde la Casa Blanca se reconoce abiertamente que viajar en primavera a Europa nunca estuvo en los planes de Washington.

El país anfitrión, con Zapatero como presidente de turno, o el propio Barroso, no podían ocultar su decepción. The New York Times hablaba de “egos europeos fuertemente heridos”; The Guardian dibuja una Europa “desairada” por el plantón de Obama. Era la señal definitiva de que la promesa de un enfoque más internacional de EEUU con Obama estaba definitivamente siendo relegada por los acuciantes problemas internos. No era la primea señal. Recientemente, en su discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente demócrata había dedicado un escueto apartado a la política exterior, dirigiéndolo esencialmente hacia el consumo interno. En realidad, no había ningún asunto en el orden del día de la Cumbre con la UE del que Obama pudiera sacar rédito a nivel doméstico.

Decíamos que no era el primer signo. Los europeos ya habían podido advertir que el despegue de la relación transatlántica y el nuevo talante del inquilino de la Casa Blanca no se ajustaban a la euforia inicial. Obama no estuvo en Berlín, en el 20th aniversario de la caída del Muro. Las negociaciones en la cumbre del Clima de Copenhague lo confirmaron. En el discurso sobre el Estado de la Unión llovía ya, de hecho, sobre mojado. Y la guinda del pastel sería su ausencia en la cumbre de la primavera.

Atrás quedó lo que en su día fue calificado como la “obamamanía europea”, justo después de la llegada de Obama a la presidencia. Se hablaba de oportunidad para abordar las relaciones transatlánticas desde una nueva óptica (el entonces presidente del Parlamento Europeo, Hans-Gert Pöttering); divisábamos una UE esperanzada ante la renovación de los lazos transatlánticos para afrontar retos unidos (presidente de la Comisión de asuntos Exteriores del PE, Jacek Saryusz-Wolski); incluso de la contribución de la figura de Obama para mejorar la percepción sobre EEUU en la  opinión pública europea (presidente de la delegación de la Eurocámara en EEUU, Jonathan Evans). Y todavía más allá, un entusiasmo que hacía abrigar sueños a Europa de encontrar su Madison, su Obama (eso sí, tendría que poder ser elegido por los ciudadanos).

Llaman ahora la atención unas declaraciones del eurodiputado de Los Verdes Daniel Cohn-Bendit: “la esperanza está ahí, pero hay que esperar a ver los resultados”. El tiempo le ha dado parte de razón. Pero tampoco Europa ha hecho mucho por quitársela. La ausencia de Obama alimenta los temores (fundados) de que EEUU ve a la UE como un socio irrelevante. ¿Quiere decir esto que la “culpa” es de Europa? En parte sí. El propio subsecretario de Estado norteamericano habló de un periodo de adaptación a la nueva estructura de la política exterior de la UE tras Lisboa. En este sentido, The Guardian interpreta que la Unión ha fallado su primer gran test de los nuevos acuerdos en política exterior introducidos en la última reforma de los Tratados.

Ya imaginarán a qué nos estamos refiriendo: a la llamada “cacofonía” europea en materia de política exterior, alimentada por las múltiples cabezas que cohabitan por obra y gracia de la reforma de Lisboa: Presidente permanente del Consejo; Alta Representante; presidente de la Comisión; y presidencia de turno. ¿Es la política exterior de la UE un auténtico proteo? Afirma Andreu Missé, para El País, que “Europa pierde peso en la escena mundial” porque no colma, en concreto, las expectativas de la Casa Blanca como interlocutor coherente, unido y colectivo (en resumen, una sola voz) cuando se trata de política exterior. Para LLuís Bassets, Obama no ha hecho otra cosa que dar una  “patada al hormiguero europeo”.

En el ojo del huracán de este “hormiguero” está precisamente la nueva Alta Representante para la política exterior de la UE. De Ashton se ha criticado su falta de experiencia en política foránea, su gestión poco visible de la intervención europea con motivo del terremoto en Haití, sus dudas a la hora de implantar el nuevo servicio europeo de acción exterior. Afirma Charlemagne en The Economist que Lady Ashton es un síntoma de la disminución de las ambiciones de Europa, no la causa. ¿Quién no podría darle parte de razón?

Quizá haya llegado la hora de que Europa se replantee el lugar y la posición que puede ocupar como actor global (de un modo realista), se afirma en The New York Times, haciéndose cargo de su seguridad y buscando un equilibrio entre el anhelo de protección transatlántico (dependencia) y su afán y posibilidades de ser un actor global por derecho propio. Estados Unidos ya lo ha hecho: hablamos de redefinir papeles en la era de la postguerra fría, pero también en la era de una “Europa post-americana”.

Jeremy Shapiro y Nick Witney, en un artículo publicado recientemente en Política Exterior, hablan de la relación transatlántica (o de sus desajustes) no tanto como una cuestión de estructura institucional de la UE sino como de “psicología”. Es decir: de la forma en la que los europeos consideran la relación con EEUU, un “fetichismo transatlántico” planteado de forma sentimental y no pragmática. Más allá de quien presida Estados Unidos, lo cierto es que la nueva redistribución del poder en la era global hace que americanos y europeos vean su relación bilateral de forma muy distinta.

¿Será que se han intercambiado los papeles, y los estadounidenses han hecho suyo el planteamiento bismarkiano de la política exterior, mientras que los europeos parecen los herederos del idealismo wilsoniano? No cabe duda que existen planteamientos bien diferentes en cuanto a las estrategias de seguridad: vean si no la última estocada de la cooperación en materia antiterrorista, el acuerdo conocido como Swift, de intercambio de datos bancarios, y que ha sido tumbado por el Parlamento Europeo. Definitivamente, en Europa se anteponen derechos fundamentales a seguridad. Al menos no a cualquier precio. Europa necesita sus pausas.

¿Es Turquía parte de Europa?

EFE
EFE

Encarna Hernández Rodríguez

Su condición de país candidato a engrosar la membresía de la Unión Europea ha levantado ampollas y despertado una polémica sin precedentes en la opinión pública y entre la clase política europea, especialmente en Francia. Para Turquía, miembro de la OTAN e importante aliado de Estados Unidos, además de relevante socio comercial de los europeos, la adhesión a la UE es una cuestión primordial: ya han avisado de que no aceptarán ninguna fórmula que no sea la adhesión.

Pero, ¿de qué depende que Turquía sea por fin aceptada en el club europeo? ¿Es la presencia de los islamistas en el Gobierno un hecho que aleja a Turquía de Europa? ¿Es tan vital la cuestión de la laicidad o la de la identidad cultural y geofísica turca en la construcción del nuevo marco Europeo?

¿Es Turquía parte de Europa? Ésta es la pregunta que planea sobre el centro del debate de la posible adhesión turca a la UE desde que en los años sesenta los Gobiernos europeos comenzaran a ofrecer a Ankara esta posibilidad. Son muchas las figuras de la política comunitaria que han lanzada proclamas “catastrofistas” sobre el ingreso de Turquía como miembro de pleno derecho de la UE, en el sentido de que este hecho acabaría con todas las esperanzas puestas en el proceso de unificación europea en el último medio siglo.

El propio ex presidente de la comisión europea y ex presidente de Francia, Valery Giscard d’Estaing, considera que su adhesión significaría “el fin de Europa”, y ello porque, en definitiva, “Turquía no es un país europeo”.

¿Tiene razón el francés? En parte sí y en parte no. Para empezar, hay que tener en cuenta que la identidad europea integra el componente geográfico y el componente cultural. Como concepto geográfico, Europa nunca ha tenido unas fronteras bien definidas, y prueba de ello son sus límites orientales y occidentales, que han sufrido numerosos cambios a lo largo de la historia.

No hay tampoco que olvidar que el imperio turco llegó hasta las puertas de Viena y que durante su decadencia en el siglo XIX y principios del XX se le consideró “el enfermo de Europa”. Aunque, bien es cierto que el recuerdo que Europa tiene del yugo turco es precisamente el de una histórica “gran potencia enemiga” que sometió de forma brutal los territorios europeos conquistados[1].

En cualquier caso, todavía aceptando que el 57 por ciento de la masa continental del país se encuentra en Asia, donde se concentra el 90 por ciento de su población, el argumento geográfico para descartar a Turquía quedó deslegitimado tras la adhesión de Chipre.

Nos queda entonces el argumento cultural, pero hay que tener en cuenta que la Turquía moderna se fundó sobre el concepto de laicidad y republicanismo francés. El nacionalismo turco y su concepción de la soberanía política “son inseparables de la matriz histórica del nacionalismo europeo”[2].

Para la Europa laica (y también para los defensores de una referencia cristiana en los Tratados comunitarios) la admisión de un país donde el 99 por ciento de la población es musulmana y que está gobernada ahora por un partido islámico supone una traba a tener muy en cuenta.

Sin embargo, hay que apuntar que los turcos viven la religión como un asunto que pertenece más al ámbito individual que comunitario, y mucho menos como una cuestión política. Los musulmanes turcos apoyan el laicismo donde se asienta la República y, hasta el momento, el AKP no ha dado muestras de que su intención sea, a la larga, la de instaurar un Estado fundamentalista. Turquía es un modelo de laicismo, progreso y civilidad para todo el mundo islámico, y ése es el espejo que Occidente desearía para todo el Islam, en concreto para vecinos como Iraq e Irán.

'Türkiye / Turkey' , by: Umit.
'Türkiye / Turkey' , by: Umit.

Europa, como recuerda Jochen Thies, debe dar una respuesta a una “versión turca del Islam” que demostrará, bajo su punto de vista, más que probablemente su viabilidad futura. Y la cuestión, añade el periodista berlinés, afectará también a la configuración de un nuevo contexto de las relaciones euro-mediterráneas, “desde Marruecos hasta Turquía”.

Todas estas cuestiones están en el centro de la controvertida candidatura turca. Aunque, evidentemente, no son las únicas. Habría que revisar criterios económicos, políticos y demográficos. Entre los criterios políticos están en lid la salud de la democracia turca, la libertad de expresión, los derechos de la población kurda y el control civil del Ejército. Sin olvidar el viejo contencioso con Chipre (aunque ya algo suavizado) y el siempre pendiente asunto de la negación del genocidio Armenio.

Los criterios demográficos (los cerca de ochenta millones de turcos) tienen una doble vertiente, o mejor dicho, son vistos como una doble amenaza: por un lado, el hipotético poder del que gozaría Ankara en la toma de decisiones de la UE con el sistema de voto de la mayoría doble; por otro lado, el temor a los flujos migratorios masivos.

En cualquier caso, la candidatura turca no deja indiferente a nadie. Cuestión compleja, como se comprueba, donde las haya. Demasiados puntos de fricción.


[1] THIES, Jochen, “¿En dónde se encuentra Turquía?”, Economía Exterior, n.º 32, Primavera 2005.

[2]CHISLETT, William, “La adhesión de Turquía a la Unión Europea: el momento de la verdad”, 13-12-2004, Documento de Trabajo del RIE n.º 14/2004.