Familia y escuela. Postmodernidad y ciudadanía europea. Una reflexión sobre conceptos entrelazados.

6 noviembre 2010

 

Concurso de Dibujo "Mi pueblo, Europa". CARM

El desarrollo de una “dimensión europea de la educación” es un proceso que no es ni mucho menos ajeno, en su motivación intrínseca, a un estilo de vida postmoderno caracterizado por la apatía política y la ausencia de compromiso cívico en la ciudadanía. Tampoco es extraño a las dinámicas de una sociedad global de la información que, en su perspectiva económica, tecnológica y cultural, tiende a configurar el universo mercantilizado e instrumental en el que se han convertido el saber, el conocimiento y la educación.

La educación en la era global postmoderna se configura como un reto directamente conectado a la ciudadanía y la identidad: conseguir una participación más activa, comprometida y responsable en la esfera pública, sostenida, a su vez, en lazos de afecto sólidos con la comunidad de pertenencia. Pero la educación aparece igualmente asociada al mercado: una instrucción orientada a mejorar la empleabilidad y la competitividad económica.

“Educación” e “instrucción” –si se prefiere, “enseñanza”- son dos conceptos ligados, por un lado, a la institución familiar –tradicional agente socializador en lo que se refiere a los afectos, valores y actitudes-, y por otro lado, a la institución escolar –encargada de formar en habilidades y destrezas instrumentales-. Familia y escuela. Ciudadanía y mercado. Son nociones que engrosan la problemática postmoderna, y también el propio paradigma de la construcción europea y la configuración de su política educativa.

La familia, cuyo papel socializador primario parece estar en declive como consecuencia de los cambios sociales y por su propia desestructuración interna, puede, paradójicamente, encontrar en el declarado interés político, destacado en el contexto europeo, por institucionalizar la educación para la ciudadanía, una innegable oportunidad para reivindicar su rol educativo en el ámbito cívico y democrático.

Será para ello necesario que acoja su responsabilidad compartida con la escuela, y en la escuela, en esta tarea; y que, al mismo tiempo, se fomenten y fortalezcan desde la Administración las oportunidades de aprendizaje informal –entre ellas las que se desarrollan en el ámbito familiar- en una educación ciudadana que sólo cabe dentro de un esfuerzo de aprendizaje a lo largo de toda la vida, desarrollado en múltiples contextos, y preciso de una dimensión afectiva. Debe ser éste el marco conceptual y el compromiso real para con el objetivo de construir una ciudadanía, en su dimensión local, europea y global, que responda a los déficits cívicos de la era actual.

Todo depende, en última instancia, de mantener equilibrada la balanza entre la necesidad de desarrollo económico y de un bienestar social –propiciadores, sin duda de una mayor cohesión en la sociedad-, y el imperativo democrático de una ciudadanía informada y preparada para ejercer como tal.

De conseguir este equilibrio, esta complementariedad entre ciudadanía y mercado, la Unión Europea será capaz, desde una educación así configurada en su dimensión transnacional, no sólo de convertirse en la economía del conocimiento más competitiva del mundo, sino también de construir un verdadero “capital ciudadano” desde el que avanzar, sobre la legitimidad democrática que otorga una voluntad popular, hacia una integración más profunda.


Educación para la ciudadanía y derechos humanos: un binomio inseparable

17 diciembre 2009

Por Encarna Hernández

Hablar de educación para la ciudadanía es hablar de educación para los derechos humanos. De hecho, la alusión a los derechos humanos es común en cualquier definición de educación para la ciudadanía. Está presente en la teoría y en la práctica. No puede ser de otra forma, cuando los derechos humanos se constituyen en el pilar de nuestra convivencia en sociedad.

Educación para la ciudadanía y derechos humanos son un binomio inseparable. Para comprobarlo, no tenemos más que echar un vistazo a los conceptos de educación cívica y democrática que aportan los principales organismos transnacionales. Para el Consejo de Europa, entre los objetivos prioritarios de la educación para la ciudadanía está la “promoción de una cultura democrática respetuosa con los derechos humanos”. Para la Comisión Europea, los contenidos de la educación para la ciudadanía incluyen el aprendizaje de los derechos y deberes de los ciudadanos, el respeto de los valores democráticos y de los derechos humanos.

Por su parte, los derechos humanos son uno de los objetivos y propósitos que figura en la Declaración Universal emanada de las Naciones Unidas, así como en los principales instrumentos internacionales de derechos humanos de la Organización. Esto a nivel internacional, mientras que en el ámbito europeo contamos con la protección ejercida por el Convenio Europeo y por la recientemente elaborada Carta de los Derechos Fundamentales de la UE.

¿Cómo definimos los derechos humanos? Para el Consejo de Europa, “los derechos humanos se refieren tanto a las condiciones que permiten a las personas desarrollar todo su potencial y relacionarse con los demás, como al establecimiento de las responsabilidades de los Estados nación hacia las personas.”

Se dividen, además, en varias categorías: civiles, políticos, sociales, económicos y culturales, categorías a menudo asociadas a su desarrollo o conquista en determinados periodos de tiempo. La tendencia académica se inclina, además, por identificar la universalidad o “cultura global” de los derechos humanos, frente a identificaciones con la cultura o civilización occidental.

Aunque la cuestión más importante que nos hacemos en torno a la educación no es otra que cómo enseñar los derechos humanos. En este sentido, un aspecto crucial es incidir tanto en la información sobre los derechos humanos como en la formación a través de distintas estrategias participativas. Ello significa que los derechos humanos no sólo deben transmitirse como un “concepto”, como una “idea abstracta”, sino igualmente como una “práctica” que conlleva adquirir otros conocimientos y habilidades. Como afirman autores como Philippe Augier “los derechos humanos sólo existen si se utilizan.”

El refuerzo de la “solidaridad” es otro de los objetivos principales de la educación para la ciudadanía, y así lo reconocen los distintos organismos transnacionales y la tradición teórica sobre el concepto. Para el Consejo de Europa esta enseñanza implica “un factor de cohesión social, de comprensión mutua, de diálogo intercultural e interreligioso, y de solidaridad.” Por su parte, la Comisión Europea destaca igualmente la importancia de la solidaridad, tolerancia y participación en una sociedad democrática, para que niños y jóvenes se conviertan en ciudadanos responsables y activos.

Como recuerda Karen O’Shea, del Consejo de Europa, la solidaridad se asocia de muchas formas “con la capacidad de las personas para salir de sí mismos y reconocer y actuar en aras de la promoción de los derechos de los demás”; es, por ello, uno de los fines esenciales de la formación cívica y democrática, facilitando a las personas el acceso a conocimientos y la adquisición de aptitudes y valores que les permitan vivir de una forma plena la “dimensión comunitaria de la vida.”

El valor fundamental de la solidaridad está, así, plenamente vinculado con la idea de tolerancia y de convivencia en sociedades multiculturales. Pero no vale para ello cualquier tipo de solidaridad, sino una de carácter “inclusivo” o, como la denomina Adela Cortina, una “solidaridad universal”.

La solidaridad se vincula a una actitud de tolerancia que nos enseña a convivir, aprender y respetar lo diferente; una tolerancia sincera, basada en la aceptación y la búsqueda de enriquecimiento cultural por ambas partes; es decir, lo que Amin Maalouf denomina “principio de reciprocidad”. Esta “tolerancia activa” se opone a la “tolerancia pasiva” (que se limita al ejercicio de la distancia, de la indiferencia y el repliegue), y consiste en saber admitir la igual dignidad de todos y la legitimidad de todas las opiniones, así como en adquirir nociones generales sobre el resto de culturas, religiones y pueblos para así aprender a respetarlos, porque el conocimiento del otro es el primer paso para avanzar en el comportamiento democrático.

Baste recordar, en este orden de cosas, la definición de “tolerancia” de las Naciones Unidas: ésta, “consiste en el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos”; y significa, también y ante todo, “una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás.”


Educar en la era de la globalización

8 noviembre 2009

Encarna Hernández

Dimensión global de la educación

El aprendizaje de la ciudadanía activa se ha convertido en un asunto clave en los ámbitos de la educación y la formación en Europa. Pero no cabe duda que la identidad europea, y el ejercicio de la ciudadanía en el ámbito transnacional, así como las actitudes y valores asociadas a ésta, se proyectan en un plano necesariamente internacional, dada la interconexión de las sociedades actuales y el carácter global de muchos asuntos y problemas que nos afectan a todos como “ciudadanos del mundo”.

La preocupación por la Educación para la Ciudadanía (EpC) ha adquirido en los últimos años un cariz auténticamente universal. Prueba de ello son las numerosas iniciativas que se han puesto en marcha en este ámbito por parte de organizaciones transnacionales como la UNESCO, el Consejo de Europa y la propia Unión Europea. Ahí tenemos, en igual medida, reformas curriculares nacionales como la británica (basada en el famoso Informe Crick), o la española (a través de la LOE de 2006).

Sin embargo, los objetivos y temas tradicionales de la Educación para la Ciudadanía, tales como la democracia o los derechos civiles, están cada vez en mayor medida siendo superados por aspectos de tipo sociocultural[1], así como por aproximaciones a problemáticas que tienen una incidencia local y regional, pero que son susceptibles de revestir una extrapolación global, caso, sin ir más lejos, de la cuestión medioambiental.

Todo esto nos acerca a la visión de autores como Adela Cortina (2003), que nos presenta un modelo de Educación para la Ciudadanía que desarrolla una serie de dimensiones que caracterizan la ciudadanía en el siglo XXI, a saber: la tradicional dimensión civil y política; la denominada ciudadanía social –en la línea de la tradición de Marshall-; su elemento económico –situado en una ética del consumo-; la dimensión de la participación civil; y, por último, dos dimensiones que definen ejemplarmente a la noción de ciudadanía en este siglo: la intercultural y la cosmopolita.

Como señala Marco Stieffel (2003), estos dos últimos elementos están especialmente influenciados por la incidencia de la globalización y la afluencia de los flujos migratorios, que han desplazado las aproximaciones tradicionales de la EpC, tales como la educación cívica y los derechos humanos, hacia las tendencias intercultural y global, que son ahora las principales.

La ciudadanía cosmopolita (Cortina, 1997), global (Bank, 1997; Steve Olu, 1997), mundial (Pasquino, 2001), o planetaria (Gutiérrez Pérez, 2003) implica superar las fronteras de la comunidad nacional e incluso transnacional, considerándonos “ciudadanos del mundo”, lo cual implica ciertos compromisos para con el respeto y la valoración de la diversidad cultural, con la igualdad y la equidad, por supuesto, con la sostenibilidad, y siempre sobre la base de los derechos humanos. Las dimensiones intercultural y ambiental de la ciudadanía están, pues, firmemente ligadas a la idea de ciudadano global.

La inmigración ha transformado profundamente la composición étnica, lingüística, cultural y religiosa de las sociedades europeas, y ello ha revelado como insostenible el modelo de “ciudadanía unitaria” por el que habían apostado tradicionalmente los Estados europeos (O’Cinneide, 2004). Este modelo se traduce en estrategias e imperativos asimilacionistas para con nuevos grupos sociales compuestos por inmigrantes que no pueden disfrutar de los mismos derechos que el resto de ciudadanos nacionales. Y esta situación se traslada también a las aulas, donde los hijos de inmigrantes se van incorporando cada vez en mayor número.

Los retos asociados a la escuela multicultural tienen que ver por apostar por nuevos contenidos y métodos didácticos enfocados a promover el diálogo intercultural, tanto dentro como fuera del currículo, implicando a profesores, padres, a la comunidad escolar en general y afectando incluso a la propia organización del centro educativo. En el horizonte, enseñar a los futuros ciudadanos a vivir en el multiculturalismo social, a través del fomento de una ciudadanía intercultural, y mediante una pedagogía inclusiva.

La dimensión ambiental de la EpC no es menos relevante que la intercultural, especialmente desde una perspectiva global, dada la naturaleza mundial de los problemas ligados a la protección del medio ambiente y a la consecuente necesidad de una acción global en el fomento del desarrollo sostenible.

La noción de “ciudadanía ecológica” se la debemos a B. van Steenbergen, que acuñó el término en 1994 para referirse a un “global ecological citizen”. Desde entonces, se han multiplicado los trabajos académicos que abordan la cuestión de la preocupación por el medio ambiente desde la perspectiva de la concienciación ciudadana y de la educación. Esta “ciudadanía ecológica” se revela como un concepto “desterritorializado”, y relacionado con derechos y responsabilidades para el ciudadano en un nivel internacional.

Por su parte, como bien nos recuerda Marco Stieffel (2003), la educación en la responsabilidad medioambiental tiene como epicentro la idea de la necesidad de concienciar sobre el uso y abuso de los recursos naturales mundiales, perfilándose como una nueva racionalidad.  La ciudadanía global se plantea, pues, como una respuesta a nuevos problemas globales que plantean, a su vez, nuevas responsabilidades éticas y nuevas formas de solidaridad en el nuevo entorno global (Gutiérrez Pérez, 2003).

La cuestión es: ¿qué rol puede llegar a desempeñar la educación en este contexto global? En este sentido, la Development Education Association (DEA), una red de organizaciones que promueve el aprendizaje global y que actúa principalmente en el ámbito del currículum británico, tiene claro en qué consiste la dimensión global de la educación: se trata, básicamente de que niños y jóvenes reconozcan sus responsabilidades como ciudadanos de la comunidad global, equipándoles con las habilidades necesarias para tomar decisiones informadas y llevar a cabo acciones responsables[2].

Para la DEA, la dimensión global de la educación facilita a los alumnos la conexión entre los asuntos locales y globales, comprendiendo el contexto global a través de sus vidas cotidianas; ello hace posible que desarrollen la capacidad crítica acerca de los valores y actitudes propios y ajenos, aprendiendo a valorar la diversidad y a luchar contra la discriminación y los prejuicios.

En el marco actual de la globalización y de la sociedad del conocimiento y de la información, parece claro que la educación debe intentar relacionar los conocimientos universales con los comunitarios; lo común y lo diverso en las distintas culturas. Ello implica replantear el currículo, repensar la cultura a través de la negociación entre lo universal, lo comunitario y lo local (Cabello Martínez, 2003); supone buscar nuevas temáticas que encontramos en los medios de comunicación y en las propias vivencias sociales; y requiere, desde le punto de vista metodológico, una mayor creatividad en la docencia (Gutiérrez Pérez, 2003).

De hecho, no sólo están cambiando los temas y los tópicos de la EpC, sino también la forma de enseñarla. En este sentido, en una investigación realizada en 33 países europeos sobre buenas prácticas en este ámbito de enseñanza (véase DGEAC, 2007), se concluye que la gran mayoría de métodos didácticos incorporan un componente de sensibilización, a menudo conectado con un elemento de fomento de la participación activa como, por ejemplo, el “learning by doing”, la discusión, el debate o el aprendizaje de nuevas habilidades. En lo que se refiere a los  resultados obtenidos, se refieren en su mayoría a un cambio en la actitud de los participantes, aunque también a la adquisición de nuevas habilidades y el desarrollo de productos o materiales educativos.

El camino hacia la educación globalizada es un recorrido que pasa desde los ámbitos locales de la vida comunitaria, el círculo más cercano de pertenencia, hasta los niveles transnacionales de una educación de dimensión europea, de una identificación con una comunidad más amplia y, de ahí, a una ciudadanía planetaria, a una educación que nos enseña a ser “ciudadanos del mundo”.

Como nos recuerda Edgar Morin (2000), no sólo estamos hablando de “ensanchar la noción de ciudadano” para dar cabida a múltiples pertenencias; de lo que hablamos, esencialmente, es de formar “buenos ciudadanos”, en lo más profundo de nuestra condición humana, educar hombres y enseñar a vivir.

Referencias:

Cabello Martínez, M. J. (2003). Imaginar e instituir la educación globalizada. En J. Martínez Bonafé (Coord.), Ciudadanía, poder y educación (pp. 35-55). Barcelona: Graó.

Cortina, A. (1997). Ciudadanos del mundo: hacia una teoría de la ciudadanía. Madrid: Alianza.

Cortina, A. (2003). Hacia un concepto de ciudadanía para el siglo XXI. Misión Joven, núm. 314, 17-24.

Crick, B. (1998). Education for Citizenship and the teaching of democracy in schools. Final report of the Advisory Group on Citizenship. London, UK: Qualifications and Curriculum Authority. Disponible on-line desde: www.qca.org.uk.

DGEAC. (2007). Study on Active Citizenship Education. Final Report Submitted by GHK, February. Disponible en: http://ec.europa.eu/education/doc/reports/doc/citizensedu.pdf.

Gutiérrez Pérez, F. (2003). Ciudadanía planetaria. En J. Martínez Bonafé (Coord.), Ciudadanía, poder y educación (pp. 133-155). Barcelona: Graó.

Marco Stiefel, B. (2003). Educación para la ciudadanía en el ámbito escolar. Revista de Educación, núm. extraordinario, pp. 339-358.

Morin, E. (2000). Identidad nacional y ciudadanía. En P. Gómez García (Coord.), Las ilusiones de la identidad. (pp. 17-28). Madrid: Cátedra.

O’Cinneide, C. (2004). Citizen and multiculturalism: equality, rights and diversity in contemporary Europe. En G. Titley (Ed.), Resituating culture (pp. 43-55). Strasbourg: Council of Europe.

Pasquino, G. (2001). Ciudadanía mundial. Psicología Política, noviembre (23), 59-75.

Van Steenbergen, B. (1994). Towards a Global Ecological Citizen. En B. van Steenbergen (Ed.), The Condition of Citizenship (pp. 141-152). London: Sage.


[1] Así lo atestigua una reciente investigación de la Comisión Europea (DGEAC, 2007), donde se realiza una búsqueda de buenas prácticas en EpC a través del análisis de 57 ejemplos de éstas y de 10 estudios de caso, todo ello en 33 países y abarcando varios tipos de educación.

[2] www.globaldimension.org.


Hacia una educación para la ciudadanía… europea

11 octubre 2009

ENCARNA HERNÁNDEZ

Hablar de educación es hablar del futuro de Europa. Hablar de una dimensión europea de la educación es hablar de la ciudadanía europea. Cuando Jean Monnet, uno de los padres de Europa, afirmó que “si pudiera empezar otra vez, empezaría por la educación” se estaba refiriendo a la educación como un instrumento esencial para motivar e informar la participación ciudadana, así como para conformar las identidades, los sentimientos de pertenencia, la solidaridad entre personas, pueblos y naciones.

Celebracion del Dia de Europa

Celebración del Día de Europa

Educar ciudadanos, dentro y fuera de los muros de la escuela, es sinónimo de sembrar afectos, de enriquecer conocimientos e instruir en capacidades cívicas, políticas y sociales; es decir, la base sobre la que levantar el inmenso edificio comunitario, y, en realidad, los cimientos sobre los que sustentar cualquier democracia que se precie de su salubridad. Pero, a la hora de hablar de una educación para la ciudadanía europea, es necesario en primer lugar definir una serie de bases conceptuales y dar cuenta de las realidades observables que explican el porqué la educación democrática se ha convertido en una preocupación no sólo restringida al ámbito nacional o europeo, sino verdaderamente planetaria.

Una ciudadanía virtuosa es sinónimo de una democracia sana y estable

El fomento del ejercicio activo y responsable de la ciudadanía se ha tornado en una de las tareas en las que las democracias occidentales han puesto un mayor empeño en las últimas décadas. En este renacido interés por la cuestión de la educación ciudadana se enmarcan las reformas educativas llevadas a cabo desde finales de los noventa en países como Estados Unidos, Canadá (Quebec), y en naciones de nuestro entorno como Gran Bretaña, y sin ir más lejos, España.

¿Las razones? El crecimiento de actitudes de apatía y desconfianza entre los ciudadanos hacia la política en general, especialmente entre los jóvenes, en los que se atisba un “pasotismo” político que se traduce en la vida pública en un marcado déficit en lo que respecta a su compromiso cívico y a su participación política. Los jóvenes son también los protagonistas del uso masivo de nuevas tecnologías en la sociedad de la información, a lo que hay que sumar el preocupante incremento de la violencia (el denominado “bullying”) y del racismo en las aulas.

Vivimos en una sociedad en la que las transformaciones operadas por la globalización (económica, política, cultural, tecnológica, etc.) han desfigurando los espacios tradicionales de la interacción humana, muy especialmente los que se refieren a la participación cívica y a la adhesión identitaria. Asistimos a un mundo repleto de oportunidades para estrechar lazos en mundos virtuales, para desarrollar identificaciones despojadas de tensiones contradictorias.

Asistimos, en esta época, al desarrollo de una cultura y de un pensamiento postmoderno que reacciona frente a los valores de la modernidad, para oponer el relativismo de los valores, la actitud de vivir en el presente por encima de todo (socavando la capacidad de adquirir compromisos de futuro y de responsabilizarnos de nuestras elecciones), y unos principios individualistas que repercuten en la búsqueda del bien común de nuestra sociedad. En este sentido, la ruptura del vínculo social es otra de las características de nuestro tiempo, muy relacionada con ese individualismo narcisista que caracteriza la postmodernidad y la sociedad postindustrial.

A estos retos imponentes se enfrenta la educación en la actualidad. Retos a los que, como recordó Jacques Delors en un famoso informe de la UNESCO sobre la educación para el siglo XXI, sólo podrá hacer frente si se dota a cada persona de las habilidades y capacidades necesarias para ejercer una participación activa durante toda la vida en un proyecto de sociedad. Estamos, precisamente, ante el objetivo fundamental de toda educación para la ciudadanía.

Pero los horizontes de la educación son también, esencialmente, desafíos para la propia supervivencia de unas democracias occidentales que arrastran una preocupante crisis de legitimidad. Lo suscriben importantes teóricos de la ciudadanía como Kymlicka y Marshall: la salud y estabilidad de nuestro sistema democrático depende en gran medida del grado de civilidad y de las cualidades y actitudes de sus ciudadanos.

Aprender y vivir la democracia dentro y fuera de la escuela

Como materia independiente o como contenido integrado en varias materias; como asignatura obligatoria u optativa; como tema central que recorre todo el currículo escolar o como principio que inspira el funcionamiento del centro educativo, incluso todo el sistema escolar. Sea cual sea el formato que adopte, la educación para la ciudadanía democrática está conformada por unos vectores esenciales que implican enseñar, comprender, interiorizar y experimentar una serie de conocimientos, valores, actitudes y capacidades en una dimensión cognitiva, afectiva y pragmática.

Se trata de un proceso de “aprendizaje permanente” que abarca, más allá del ámbito escolar, todas las etapas y esferas de la vida. El objetivo de esta enseñanza es lograr una participación activa y responsable en la vida social y política de las comunidades, lo que exige un buen conocimiento de nuestros derechos y deberes como ciudadanos, así como la sensibilización con una serie de valores en los que se inspira nuestra convivencia en sociedad: la democracia, la ley, la justicia social, los derechos humanos, la igualdad, la libertad, la solidaridad, la tolerancia y el respeto por la diversidad.

Se trata, en definitiva, de impulsar una participación activa en la vida pública alejada de la pasividad de una noción de ciudadanía entendida como mero estatus legal; un ejercicio de la ciudadanía inspirado por unos valores que nos alumbran como sociedad democrática, y que conlleva, a su vez, el desarrollo de vínculos de pertenencia que nos hacen sentirnos identificados con la unidad política y social en la que nos movemos.

Nadie puede dudar del papel de la escuela para desarrollar competencias sociales y ciudadanas. No olvidemos los lazos históricos entre educación y ciudadanía, que impulsaron la creación del sistema de escuela pública y la educación obligatoria. La institucionalización de la escuela contribuyó en buena medida al nacimiento de la ciudadanía moderna y a la consolidación del Estado-nación. El vínculo entre educación y ciudadanía ha sido una de las principales utopías de la modernidad, y lo sigue siendo en la postmodernidad. Si en su día ayudó de forma inestimable a la construcción de la identidad nacional, ¿por qué no apostar ahora por la educación para crear una identidad que supere las barreras de la nación y nos haga sentirnos partícipes y responsables en tanto que ciudadanos europeos y “ciudadanos del mundo”?

Pero la enseñanza de la democracia no empieza ni acaba en la escuela, y mucho menos puede limitarse a impartir unos contenidos dentro de un aula. Esto implica, en primer lugar, a la propia organización, estructura y funcionamiento interno de los centros educativos, en el sentido de que debe existir coherencia entre los principios democráticos que se transmiten a través del currículo y los cauces reales de participación que ofrece la estructura formal del centro a todos los actores implicados: docentes, alumnos, padres, comunidad local, etc. Los alumnos tienen que poder experimentar la democracia de forma significativa en su propio microcosmos escolar; si no se les ofrece esta posibilidad, cualquier lección cívica resultará frívola y superficial.

La democracia no sólo se enseña a través de una lección magistral en el aula, sino que se potencia y se vive también en las actividades extraescolares, en la vida en familia, con nuestras amistades, en nuestro barrio, en la comunidad local, y en las organizaciones de la sociedad civil. En cada ámbito de nuestra vida tenemos nuestra pequeña escala de valores, nuestra propia Constitución, nuestros derechos y responsabilidades que compartimos con los demás.

Educar ciudadanos europeos: conocer Europa, sentir Europa, participar en Europa

El impulso de una cooperación europea para desarrollar una Dimensión Europea de la Educación es un objetivo que ha estado desde sus inicios conectado con la visión de construir un sentimiento identidad europea y de dar sentido al ejercicio de una ciudadanía europea activa. Esta conexión queda definida ya desde la Resolución de 1988 del Consejo de Ministros de Educación sobre la DEE, que habla de la necesidad de “fortalecer en los jóvenes el sentido de identidad europea”, a través de actividades y contenidos que les aclaren los valores en los que se asienta la historia y el futuro de Europa.

Esta visión de la DEE sostenida en la formación en valores, el desarrollo de actitudes y la adquisición de competencias ligados a la ciudadanía europea, se refuerza tras la contribución del Libro Verde de la Comisión sobre la DEE, de 1993. En realidad, el Tratado de Maastricht no explicitaba tal conexión, y se ha tenido que esperar hasta la última reforma de los Tratados, la operada en Lisboa en 2007, y que aún no ha entrado en vigor, para asistir a una modificación del artículo 149 del TCE en la dirección de incluir entre los objetivos de la actividad comunitaria en educación el fomento de “la participación de los jóvenes en la vida democrática de Europa” (art. 165.2 TFUE).

Volviendo al documento de 1993, en éste se especifica que el “valor” añadido de la acción comunitaria en el ámbito de la educación descansa en la contribución a una ciudadanía europea basada en unos valores comunes de interdependencia, democracia, igualdad de oportunidades y respeto mutuo hacia las distintas identidades étnicas y culturales, y por ende, apoyada en una educación sostenida en estos parámetros. La dimensión europea de la educación para una ciudadanía activa está implicada, como no puede ser de otra forma, en las mismas dimensiones cognitiva, afectiva y pragmática que cualquier educación para la ciudadanía.

Portada del libro ¡Vamos a explorar Europa!

Portada del libro ¡Vamos a explorar Europa!

En otras palabras, no puede limitarse a enseñar nuestros derechos y responsabilidades en tanto que ciudadanos de la Unión, ni a enseñar la geografía, la historia europea, la historia de la integración, y el funcionamiento de las instituciones comunitarias. Necesitamos, en igual medida, reinteriorizar una serie de principios y valores para formar una actitud que sintonice con una comunidad plural y diversa, y facilitar la adquisición de las aptitudes que se precisan para participar en la comunidad transnacional. En resumidas cuentas: conocer Europa, sentir Europa y participar en Europa.

A la vista de los acontecimientos que vienen rodeando al proceso de la integración europea, tales como “noes” en referendos de ratificación de los Tratados y altos índices de abstención en las elecciones europeas, ha llegado el momento de apostar de una forma consensuada y sin fisuras por una dimensión europea de la educación dirigida a ofrecer soluciones a los profundos déficits de información, de conocimiento y de afectos que encontramos en gran parte de la ciudadanía europea. Para una unión de mercado no son necesarios esos elementos, bastaba con un acuerdo entre la elite política, pero la unión política y federal precisa de bases mas sólidas.

Europa no se construirá con o sin los ciudadanos. Europa sólo se construirá con los ciudadanos. Así que, recomencemos, esta vez desde la educación.


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