Crisis del euro: ¿una oportunidad para la identidad europea?

Uno de los aspectos que más ha puesto en duda el desarrollo de una identidad europea compartida es el carácter “instrumental” del apoyo que los ciudadanos europeos otorgan al proceso de la integración europea. Un apoyo basado en los beneficios que las ciudadanías nacionales perciben de la pertenencia de su país a la UE, o al euro, impulsado en buena medida por épocas pasadas de bonanza económica, pero, en definitiva, un apoyo totalmente ausente de un componente identitario de carácter colectivo, denso” y fuertemente cohesionado.

Todo ello no es sino la consecuencia más inmediata de un proyecto comunitario incompleto bajo el punto de vista social y político, y que ha primado una integración económica también incompleta, y cuyas deficiencias han aflorado con la crisis de la eurozona. Esta crisis ha supuesto una prueba de fuego para los mecanismos de respuesta creados en torno a la unión económica y monetaria, pero, sobre todo, han puesto de manifiesto la necesidad de estrechar la cooperación, avanzar hacia un Gobierno económico común, de impulsar el liderazgo político europeo, y, en el plano identitario, de preguntarnos si hemos llegado a un punto de inflexión en el desarrollo de las lealtades y la solidaridad europea: ¿Vamos o no vamos a tirar juntos del carro? ¿Vamos o no vamos a ser capaces de salir juntos de esta? ¿Estamos dispuestos o no los europeos a hacer sacrificios por nuestros vecinos?

Hace ya algunos años, concretamente en 2003, en el contexto de las manifestaciones que tuvieron lugar en toda Europa con motivo de la Guerra de Irak, el diario El País publicaba un artículo de Habermas y Derrida en el que reclamaban una política exterior común para la UE. Para que esta “voz única” de cara al exterior fuera posible, para que los europeos estuviésemos dispuestos a sacrificar ciertos intereses en pos de la “mayoría”, afirmaban los autores, era necesario que existiera un sentimiento previo de identidad europea. Y para que esta identidad cuajara, añadían, se precisaba que los europeos hubiesen compartido “experiencias, tradiciones y logros históricos que motiven una conciencia del destino político sufrido en común y que debe ser diseñado en común”.  Y lo más importante: “Esto sólo podrá resultar de la necesidad creada por una situación en la que los europeos nos vemos dependiendo de nosotros mismos”.

Es decir, un elemento catalizador para relanzar la cooperación europea que haga posible tomar decisiones en común que supondrán ciertos sacrificios, y todo ello gracias a un apoyo ciudadano basado en una densa identidad colectiva. Unos años después del citado escrito, nos encontramos ese elemento catalizador: la crisis del euro. Habermas nos lo volvía a recordar en 2010, pero en esta ocasión refiriéndose explícitamente a la crisis económica y financiera: “Con un poco de nervio político, la crisis de la moneda común puede acabar produciendo aquello que algunos esperaron en tiempos de la política exterior común europea: la conciencia, por encima de las fronteras nacionales, de compartir un destino europeo común”.

Por su parte, los ciudadanos tienen claro que es en la idea de Más Europa donde está la solución al problema, y no en renunciar a los logros conseguidos en sesenta años de integración. Basta echar un vistazo al último Eurobarómetro de otoño 2010 para comprobar que los ciudadanos reclaman un mayor rol de la UE en la gestión de la crisis, más cooperación entre los Estados y una Europa que juegue, como tal, un papel importante, decisivo, en la reforma del sistema financiero global. Los ciudadanos europeos confían en la capacidad de la UE más que en la acción de cualquier otro actor nacional o internacional para dar respuesta a los desafíos económicos que han aflorado en nuestro Continente en 2010.

Esa confianza puede un ser un signo inequívoco de la voluntad de los europeos de hacer un esfuerzo común y de compartir los logros que están por llegar. Los ciudadanos, lejos de pedir repliegues soberanistas, piden a la UE que actúe, y que lo haga unida. ¿Estarán los líderes europeos a la altura de la que puede ser la gran oportunidad para la identidad europea?

Tal y como afirma Paul Krugman en un excelente artículo publicado en The New York Times (y que os invito a leer), si la UE tiene que renunciar al euro, será un golpe irreversible para las esperanzas de una auténtica Europa Federal: “So will Europe’s strong nations let that happen? Or will they accept the responsibility, and possibly the cost, of being their neighbors’ keepers? The whole world is waiting for the answer”.

 

*Fotografía: Servicio Audiovisual CE (2004)

*Agradecimientos a la profesora Paulina Astroza por la recomendación del artículo de Krugman.

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Europa 2011: ¿Ser o no ser?

Hace poco más de un año que la Puerta del Sol de Madrid, justo después de las campanadas de fin de año, daba la bienvenida al 2010 y a la Presidencia española de la Unión Europea con un espectáculo de luz y sonido. Con el sabor del cava y de los polvorones aún en nuestros paladares, Europa se colaba en miles de hogares españoles con cierto aire festivo y una buena dosis ilusión de aquello que está por venir. Si bien es cierto que el turno español pasó con más pena que gloria por entre las presidencias rotatorias, no deja de ser cierto también que las circunstancias no acompañaban mucho: estrenábamos Tratado en una Europa que, con Lisboa, debía enfrentarse a muchos nuevos retos en su forma de funcionar: la presidencia de turno debía entonces aprender a cohabitar con los dos nuevos Altos Cargos de la Unión (Presidente y Ministra de Asuntos Exteriores), además de tener que ensayar el nuevo invento de las presidencias “trío”.

Pero en medio de estas cacofonías evidentes (muchas, si sumamos clásico “gallinero” de los 27), de esta arquitectura institucional sin precedentes, fue la sombra del terremoto económico lo que acabó sacudiendo Europa en 2010. Ya en el mes de febrero, la Unión preparaba el rescate de Grecia, y poco después, en mayo, se acordaba la creación de un fondo de 750.000 millones para proteger la divisa comunitaria de los ataques especulativos. Enfrascados en la mayor crisis que nuestra moneda única haya sufrido jamás, los líderes de la zona euro debían dar un paso al frente hacia un auténtico gobierno económico común: hacia un verdadero liderazgo europeo.

2010 ha sido el año de la crisis del euro, de los rescates y de las especulaciones sobre posibles rescates, con España siempre en el ojo del huracán.  La crisis de la zona euro ha puesto a Europa frente a sus propias contradicciones, cara a cara con su dilema esencial: ¿La solución es una Europa de varias velocidades? ¿Es posible seguir sosteniendo el proyecto europeo sin un gobierno económico común? ¿Sin más integración política? ¿Ser o no ser? ¿Europa de máximos o Europa de mínimos? ¿Más Europa o adiós Europa?

2010 ha sido un año sobre todo para aprender. Para entender que hemos llegado a un punto de inflexión. Así lo ha valorado el presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek, en su último discurso del año: “2010 will be remembered as the year when the EU had to come to terms with the consequences of the financial crisis on its most ambitious project: the euro. Deeper integration was not only desirable for the EU: it was necessary”. Es el momento de relanzar, de forma más ambiciosa, el proyecto europeo.

2010, Lisboa y la crisis económica nos han dejado también una negociación presupuestaria de las más complicadas que se recuerdan. El Parlamento Europeo, en su nuevo papel de auténtico colegislador en materia presupuestaria ha tenido que lidiar con las resistencias de un grupo de Estados a aumentar el presupuesto para 2011, dejando aún sobre la mesa la vieja cuestión de los “recursos propios” (la Comisión debe presentar una propuesta en junio de 2011) y el papel que jugará la Eurocámara a la hora de negocias las próximas perspectivas financieras plurianuales.  Finalmente se llegó a un acuerdo en la última sesión plenaria de diciembre.

Decíamos que había sido el año de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, con la configuración de dos de sus  hitos: la puesta en marcha del servicio europeo de acción exterior y la aprobación de la Iniciativa Ciudadana Europea, un nuevo instrumento de participación ciudadana que permitirá, con un millón de firmas, proponer la adopción de nueva legislación a la Comisión Europea. Eso sí, no estará en funcionamiento hasta principios de 2012.

El año de la puesta en marcha del Tratado de Lisboa y, a su vez, el año de su primera reforma, acordada por los Jefes de Estado y de Gobierno en el Consejo Europeo de diciembre: un mecanismo permanente para salvaguardar la zona euro, y que fue anunciado en exclusiva, y para sorpresa de todos, por el propio Van Rompuy en su cuenta de twitter: “The member states whose currency is the euro may establish a stability mechanism to be activated if indispensable to safeguard the stability of the euro area as a whole. The granting of any required financial assistance under the mechanism will be made subject to strict conditionality”.

La política exterior de la UE también ha dado mucho que hablar este año. No sólo por el nuevo servicio de acción exterior, sino más por las dudas que genera la jefa de la diplomacia europea, la británica Catherine Ashton, o aún más por la polémica generada en torno a la posibilidad de que la UE cambie su posición común hacia el régimen de Cuba. El plante de Obama durante la presidencia española  hizo correr también ríos de tinta.

La Europa de los nuevos Altos Cargos de Lisboa ha dejado en líneas generales, bastante que desear en cuanto a liderazgo se refiere. Ni Ashton ni Van Rompuy han sido las “caras visibles” que se esperaba de ellos… Porque, en realidad, tampoco se esperaba mucho de ellos y fueron elegidos precisamente por ello: por su “perfil bajo”. El trabajo del presidente del Consejo ha sido la labor seria, pausada y responsable del burócrata. ¿Necesitaba Europa otra cosa?

2010 ha sido también el año de Barroso, que se ha catapultado como lo más parecido a un líder que tiene Europa. El presidente de la Comisión fue el protagonista del primer discurso sobre el estado de la Unión, en el que habló de actuar con “mentalidad europea”, señalando claramente el camino del esfuerzo y el compromiso común. El portugués, que acaba de renovar su mandato al frente del órgano supranacional de la UE, tendrá algunos años por delante para demostrar que, lejos de ser un tecnócrata, puede convertirse en ese líder reconocido y reconocible para los europeos.

De todo esto se ha hablado, y mucho, en la Europa de 2010. Seguro que me dejo muchas cosas importantes en el tintero, pero la intención era transmitir una idea fundamental: es el momento de la verdad para la Unión Europea y los líderes europeos tienen en su mano la posibilidad de salvar un proyecto más que necesario, inigualable, para los europeos y para el mundo entero. Europa es también, y sobre todo, la Europa de los derechos, de las libertades, de la igualdad, de los valores, de la paz, de la solidaridad, de la sostenibilidad, de la ayuda al desarrollo… El precio de un mundo sin Europa sería demasiado alto. El de una Europa sin unidad también.

Éste es mi deseo “europeo” para el año 2011: que Europa decida ser lo que se merece ser, lo que los ciudadanos europeos merecemos y esperamos.