Ashton: un error ¿de género?

Fotografía: Peter Schrank/The Economist

Allá por el otoño de 2010, el inminente nombramiento de la nueva Comisión Barroso generó varios movimientos sociales y políticos que reclamaban más equilibrio de género en el ejecutivo europeo (véase crónica en este mismo blog). En este contexto, se decidía también quiénes iban a ocupar los dos nuevos altos cargos de la Unión que preveía el Tratado de Lisboa, presidente permanente del Consejo y Alta Representante de Política Exterior, y existía cierta presión por asegurar la paridad y que, al  menos, uno de estos dos altos cargos fuera ocupado por una mujer, toda vez que la Comisión y la Eurocámara tenían también una cabeza masculina. A la presión de “género” se sumó la del Reino Unido, que quería a un británico como Ministro europeo del Exterior, llegando a sonar con fuerza el nombre de Tony Blair.

Finalmente, sería un belga, Herman Van Rompuy, quien ocuparía el cargo de presidente de la UE, por lo que para el puesto de Alto Representante se iban limitando las opciones para lograr encajar el “juego de equilibrios”. El nombramiento de la británica Catherine Ashton cumplía, por tanto, dos condiciones esenciales: era británica y era mujer. Como se afirmó en El País: “Ashton cuadraba idealmente con los equilibrios políticos, geográficos, ideológicos y de género”.

Sin embargo, que la elegida fuera precisamente Ashton fue una sorpresa en toda regla: en primer lugar, por su poca experiencia en política exterior; en segundo lugar, por representar como nadie aquello que llaman “dedocracia” (nunca ha sido elegida sino designada para todos los cargos que ha ocupado); pero principalmente por su “perfil bajo” o eso que se denomina “carisma”, una cualidad al parecer estrechamente relacionada con el aspecto físico, con tener algún rasgo peculiar, apreciado especialmente si se trata de un varón. Al menos eso nos contaba en su crónica María Ramírez, la corresponsal en Bruselas de El Mundo. El texto con el que desayunamos aquel día 20 de noviembre, en el que se narraba la perplejidad que reinaba en la capital de Europa ante el nombramiento de la “Ministra fea” (cogido literalmente del titular), contenía argumentos como los siguientes:

“Pero, además de su currículo, uno de los comentarios en los pasillos, en las salas de prensa y en las de reuniones, era el aspecto de Lady Ashton, que se sale de los cánones actuales de belleza.”

“Los líderes de la UE repetían ayer que Ashton y Herman Van Rompuy con aire de Capitán Spock, pero con una rareza y una mirada intensa que pueden resultar interesantes y, sobre todo, un humor y una rapidez que ya compensa algo. Son, la cara de Europa, si su función es representarla, algo tendrá que ver el aspecto. La ausencia de belleza exterior no es excluyente para llegar a la cumbre, pero sí requiere unas cuantas dosis más de belleza o fuerza interior que la compense”.

Parece ser que Ashton era demasiado “fea” y anodina para ser la “cara” de la UE, y es curioso que se destaque precisamente esto como agravante de su supuesta escasa competencia y méritos políticos. En realidad, el aspecto físico pocas veces se mira con lupa entre los políticos varones; incluso rasgos físicos que pueden ser catalogados como poco agraciados se convierten el rasgos distintivos de carisma: la ceja de Zapatero, el aire de Capitán Spock de Van Rompuy, el bigote de Aznar… Pero como a una política además de ser mujer, se le ocurra ser fea, vestirse bien, lucir palmito o maquillarse mucho, apaga y vámonos, y, si no, que se lo pregunten a la ex vicepresidenta De la Vega, a la ministra Chacón o a Soraya Saenz de Santamaría, por poner algunos ejemplos en la política española.

Al shock inicial por su nombramiento, a Ashton le han llovido no pocas críticas por su gestión: empezó con mal pie en Haití, y sus notables “ausencias” en actos, cumbres o reuniones donde se la esperaba, especialmente en el ámbito de la Seguridad y la Defensa (¿se añora la masculina sonrisa de Solana?), han conseguido que se ganara el apelativo de “la mujer invisible“. La impresión generalizada es que el cargo le quedaba grande y que la política exterior de la UE era una maleta demasiado pesada para alguien con su poca experiencia diplomática. Pero, sin dejar de ser ciertos muchos de los argumentos que se utilizan para calificar su nombramiento como un gran error y se intenta alejar el agravante sexista en estas críticas, lo cierto es que lo que incluso se ha calificado ya como “la trama contra Lady Ashton tiene un componente de género importante.

¿Era la política exterior de la UE una carga muy pesada para una mujer que además quería seguir conciliando su profesión con su vida familiar? En un excelente artículo publicado por Charlemagne en The Economist, y bajo el sugerente titular Shrinking the job to fit the woman?, el blogger británico explica cómo Ashton ha recibido críticas, que sin duda huelen a sexismo, por el hecho de que viaje los fines de semana a Londres para estar con su hijo y con su marido. Ante esto, la británica responde que “trabaja duro” y lanza un mensaje a las mujeres: “Podéis ser parte importante de este mundo y aún así tener una familia y una vida”.

El componente de género se atisba también si revisamos algunos de los titulares o menciones dedicados a Ashton en la prensa, y que en muchas ocasiones hacen mención a su género: “una mujer británica en Bruselas“, “Una ministra fea“, “La mujer invisible”, “La trama contra Lady Ashton”… No quiero con esto decir que toda crítica se base en su condición femenina, qué duda cabe, pero el recelo existe entre muchos compañeros europeos masculinos que se sienten más capacitados para el puesto que ella ocupa y las críticas vertidas en los medios y el tratamiento mediático de su gestión no ha carecido de este componente.

Europa no podía precisamente presumir de su política exterior antes de que Ashton desembarcara como Alta Representante. En realidad, seguimos como siempre: mal, con cacofonías, y con la clásica desunión en el gallinero. Claro, que algunos y algunas hubieran preferido un gallo para poner orden, o al menos, para aparentarlo. Alguien como Tony Blair, con más experiencia en la labor de “fregarle los platos” a otra gran potencia después de hacerse la foto en las Azores. Al fin y al cabo, ahí teníamos también a Barroso y a otro gran líder con un bigote con mucho carisma.

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Europa 2011: ¿Ser o no ser?

Hace poco más de un año que la Puerta del Sol de Madrid, justo después de las campanadas de fin de año, daba la bienvenida al 2010 y a la Presidencia española de la Unión Europea con un espectáculo de luz y sonido. Con el sabor del cava y de los polvorones aún en nuestros paladares, Europa se colaba en miles de hogares españoles con cierto aire festivo y una buena dosis ilusión de aquello que está por venir. Si bien es cierto que el turno español pasó con más pena que gloria por entre las presidencias rotatorias, no deja de ser cierto también que las circunstancias no acompañaban mucho: estrenábamos Tratado en una Europa que, con Lisboa, debía enfrentarse a muchos nuevos retos en su forma de funcionar: la presidencia de turno debía entonces aprender a cohabitar con los dos nuevos Altos Cargos de la Unión (Presidente y Ministra de Asuntos Exteriores), además de tener que ensayar el nuevo invento de las presidencias “trío”.

Pero en medio de estas cacofonías evidentes (muchas, si sumamos clásico “gallinero” de los 27), de esta arquitectura institucional sin precedentes, fue la sombra del terremoto económico lo que acabó sacudiendo Europa en 2010. Ya en el mes de febrero, la Unión preparaba el rescate de Grecia, y poco después, en mayo, se acordaba la creación de un fondo de 750.000 millones para proteger la divisa comunitaria de los ataques especulativos. Enfrascados en la mayor crisis que nuestra moneda única haya sufrido jamás, los líderes de la zona euro debían dar un paso al frente hacia un auténtico gobierno económico común: hacia un verdadero liderazgo europeo.

2010 ha sido el año de la crisis del euro, de los rescates y de las especulaciones sobre posibles rescates, con España siempre en el ojo del huracán.  La crisis de la zona euro ha puesto a Europa frente a sus propias contradicciones, cara a cara con su dilema esencial: ¿La solución es una Europa de varias velocidades? ¿Es posible seguir sosteniendo el proyecto europeo sin un gobierno económico común? ¿Sin más integración política? ¿Ser o no ser? ¿Europa de máximos o Europa de mínimos? ¿Más Europa o adiós Europa?

2010 ha sido un año sobre todo para aprender. Para entender que hemos llegado a un punto de inflexión. Así lo ha valorado el presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek, en su último discurso del año: “2010 will be remembered as the year when the EU had to come to terms with the consequences of the financial crisis on its most ambitious project: the euro. Deeper integration was not only desirable for the EU: it was necessary”. Es el momento de relanzar, de forma más ambiciosa, el proyecto europeo.

2010, Lisboa y la crisis económica nos han dejado también una negociación presupuestaria de las más complicadas que se recuerdan. El Parlamento Europeo, en su nuevo papel de auténtico colegislador en materia presupuestaria ha tenido que lidiar con las resistencias de un grupo de Estados a aumentar el presupuesto para 2011, dejando aún sobre la mesa la vieja cuestión de los “recursos propios” (la Comisión debe presentar una propuesta en junio de 2011) y el papel que jugará la Eurocámara a la hora de negocias las próximas perspectivas financieras plurianuales.  Finalmente se llegó a un acuerdo en la última sesión plenaria de diciembre.

Decíamos que había sido el año de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, con la configuración de dos de sus  hitos: la puesta en marcha del servicio europeo de acción exterior y la aprobación de la Iniciativa Ciudadana Europea, un nuevo instrumento de participación ciudadana que permitirá, con un millón de firmas, proponer la adopción de nueva legislación a la Comisión Europea. Eso sí, no estará en funcionamiento hasta principios de 2012.

El año de la puesta en marcha del Tratado de Lisboa y, a su vez, el año de su primera reforma, acordada por los Jefes de Estado y de Gobierno en el Consejo Europeo de diciembre: un mecanismo permanente para salvaguardar la zona euro, y que fue anunciado en exclusiva, y para sorpresa de todos, por el propio Van Rompuy en su cuenta de twitter: “The member states whose currency is the euro may establish a stability mechanism to be activated if indispensable to safeguard the stability of the euro area as a whole. The granting of any required financial assistance under the mechanism will be made subject to strict conditionality”.

La política exterior de la UE también ha dado mucho que hablar este año. No sólo por el nuevo servicio de acción exterior, sino más por las dudas que genera la jefa de la diplomacia europea, la británica Catherine Ashton, o aún más por la polémica generada en torno a la posibilidad de que la UE cambie su posición común hacia el régimen de Cuba. El plante de Obama durante la presidencia española  hizo correr también ríos de tinta.

La Europa de los nuevos Altos Cargos de Lisboa ha dejado en líneas generales, bastante que desear en cuanto a liderazgo se refiere. Ni Ashton ni Van Rompuy han sido las “caras visibles” que se esperaba de ellos… Porque, en realidad, tampoco se esperaba mucho de ellos y fueron elegidos precisamente por ello: por su “perfil bajo”. El trabajo del presidente del Consejo ha sido la labor seria, pausada y responsable del burócrata. ¿Necesitaba Europa otra cosa?

2010 ha sido también el año de Barroso, que se ha catapultado como lo más parecido a un líder que tiene Europa. El presidente de la Comisión fue el protagonista del primer discurso sobre el estado de la Unión, en el que habló de actuar con “mentalidad europea”, señalando claramente el camino del esfuerzo y el compromiso común. El portugués, que acaba de renovar su mandato al frente del órgano supranacional de la UE, tendrá algunos años por delante para demostrar que, lejos de ser un tecnócrata, puede convertirse en ese líder reconocido y reconocible para los europeos.

De todo esto se ha hablado, y mucho, en la Europa de 2010. Seguro que me dejo muchas cosas importantes en el tintero, pero la intención era transmitir una idea fundamental: es el momento de la verdad para la Unión Europea y los líderes europeos tienen en su mano la posibilidad de salvar un proyecto más que necesario, inigualable, para los europeos y para el mundo entero. Europa es también, y sobre todo, la Europa de los derechos, de las libertades, de la igualdad, de los valores, de la paz, de la solidaridad, de la sostenibilidad, de la ayuda al desarrollo… El precio de un mundo sin Europa sería demasiado alto. El de una Europa sin unidad también.

Éste es mi deseo “europeo” para el año 2011: que Europa decida ser lo que se merece ser, lo que los ciudadanos europeos merecemos y esperamos.

La Unión Europea ante Cuba: libertad y derechos humanos por encima de todo

Parece lógico pensar que la relación que establezca la Unión Europea ante cualquier otro tercer país esté supeditada al grado de democratización de este país y de sus instituciones, al nivel de libertad del que gozan sus ciudadanos, y a la protección y salvaguarda de los derechos humanos que ejercen estas mismas instituciones democráticas. Parece también lógico pensar que, en caso de que las relaciones UE-País Tercero estén en punto muerto al no darse las citadas condiciones, tenga que producirse  un cambio de envergadura para que la Unión se replantee la “posición común” que tiene hacia dicho país, e inicie contactos diplomáticos para estudiar la normalización de las relaciones bilaterales después de supervisar que los avances son significativos y sólidos. Ninguna de estas condiciones se da en el caso de Cuba.

 

¿Hacia una posible relación bilateral con Cuba?

Trinidad Jiménez

La pasada semana, los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión, ante la insistencia de España, que estrenaba nueva ministra (Trinidad Jiménez) pero seguía con sus viejos hábitos (los antes explorados sin mucho éxito por Miguel Ángel Moratinos), solicitaron a la Alta Representante  de la Unión Europea para la Política Exterior, la británica Catherine Ashton, que explorara vías de acercamiento a Cuba e iniciara una serie de contactos con el régimen cubano para testear la posible normalización de las relaciones y un futuro acuerdo bilateral.

La propia Ashton reconocía poco después que estábamos ante un “periodo de reflexión” en cuanto a las relaciones UE-Cuba, y que diciembre sería el momento de concretar si se podría o no cambiar la llamada “posición común” europea hacia cuba. El anuncio europeo, por cierto, fue recibido con desprecio y frialdad por las autoridades cubanas.

Por su parte, la intervención de Jiménez ante sus colegas en Consejo, descrita por los presentes como “apasionada”,  se centró en la necesidad de que la UE enviara a Cuba una “señal”, en respuesta a un supuesto proceso reformista iniciado por el régimen cubano y cuyo máximo exponente sería la liberación de presos políticos (no lo olvidemos, con su posterior exilio obligado) que se venía produciendo en los últimos meses.

¿Qué dice exactamente la posición común de la UE sobre Cuba?

La actual posición de la UE hacia Cuba se instauró en 1996 bajo el auspicio del recién elegido presidente español José María Aznar. Esta postura, que sólo puede ser modificada por unanimidad dentro del Consejo de la UE, puede ser revisada cada año, aunque desde el 96 ha permanecido el enfoque de exigir avances en los derechos humanos en la Isla para suavizarla. Es decir, que, básicamente, tal y como se afirma en el documento, “la Unión Europea considera que una plena cooperación con Cuba dependerá de las mejoras en el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales”.

Así mismo, detalla que “el objetivo de la Unión Europea en sus relaciones con Cuba es favorecer un proceso de transición hacia una democracia pluralista y el respeto de los derechos humanos y libertades fundamentales, así como una recuperación y mejora sostenibles del nivel de vida del pueblo cubano”.

La pregunta es: ¿el anuncio de liberación de unas decenas de presos políticos es motivo suficiente para cambiar esta  “posición común” e intensificar el diálogo y la cooperación con las autoridades cubanas?

El Parlamento Europeo y los derechos humanos en Cuba

En 1998, el Parlamento Europeo puso en marcha un mecanismo de reconocimiento y homenaje a todas aquellas personas u organizaciones que trabajan en defensa de los derechos humanos, y muy particularmente por la libertad de expresión, dentro y fuera de las fronteras de la UE, en todos aquellos lugares en el mundo donde estos principios inalienables al ser humano estás amenazados o siendo sistemáticamente ultrajados.

Guillermo Fariñas en su casa de Santa Clara, durante una huelga de hambre. Foto: Parlamento Europeo

El Premio Sájarov a la libertad de conciencia ha reconocido en tres ocasiones la lucha de la disidencia cubana por los derechos y libertades fundamentales en la Isla. El disidente político cubano Guillermo Fariñas se ha convertido, tras Oswaldo Payá (2002) y las Damas de Blanco (2005) (estas últimas no pudieron recoger el premio al no darle permiso las autoridades) en el tercer Sájarov que va a parar a la lucha por las libertades en Cuba. Psicólogo y Periodista, Fariñas, de 48 años, ha pasado once años y medio en la cárcel, donde ha llevado a cabo decenas de huelgas de hambre para protestar y concienciar a la opinión pública internacional del despotismo del régimen castrista.

Y todo ello ocurría en medio de la polémica sobre el posible cambio de la “posición común” de la UE hacia Cuba pretendido por el gobierno socialista de España, apoyado en el compromiso cubano de liberar a 52 presos políticos pertenecientes al grupo de los 75 detenidos en la Primavera Negra de 2003. Según las Damas de Blanco, hay todavía 113 presos políticos en Cuba, cuya liberación es la primera condición para suavizar la presión internacional sobre la Isla, pero no la única: hablamos de una serie de derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales que no están asegurados y salvaguardados en Cuba, un lugar donde se viola sistemáticamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Para empezar, se desconoce si las autoridades cubanas darán el permiso a Fariñas para poder abandonar la Isla y recoger el premio en la ceremonia que tendrá lugar en diciembre en Estrasburgo.

En realidad, la disidencia entiende que la liberación de los presos no puede ser la única condición, hay otras muchas cuestiones que afectan a los ciudadanos que viven “en libertad” dentro de una Isla que está cerrada a cal y canto y donde disfrutas de una serie de derechos siempre y cuando seas extranjero: alojarte en un hotel o tener un teléfono móvil, sin ir más lejos. La apertura económica deber ser otro vector fundamental del “cambio” cubano.

Buzek recibe a un grupo de ex cuatro presos políticos cubanos. Foto: Parlamento Europeo

Tal y como afirmó recientemente el presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek: “no existe la libertad a medias, no se puede repartir la libertad en pequeñas raciones”. ¿Qué sentido tiene, como reiteró Buzek, que la posición de la UE ante Cuba está sólo supeditada a pequeños gestos como la liberación de algunos presos políticos? ¿Qué sentido tiene que estos ciudadanos cubanos sólo puedan disfrutar de los derechos humanos y libertades en el exilio y no en su propio país?

En definitiva, la UE sólo puede plantearse cambiar o suavizar su postura ante Cuba ante un cambio de envergadura que garantice las libertades y derechos fundamentales dentro de la isla y para todos sus ciudadanos. Sólo ésta puede ser la premisa: libertad y derechos humanos por encima de todo.

La Unión Europea y las Naciones Unidas ¿almas gemelas?

Se trata de dos organizaciones que comparten los mismos valores, objetivos y compromisos: la paz y la seguridad, la democracia, la sostenibilidad, la diversidad cultural, el desarrollo, el Estado de Derecho… Objetivos que en el fundamento de ambas organizaciones sólo pueden lograse a través de un principio clave de la política exterior: la cooperación multilateral. La Unión Europea y las Naciones Unidas, ambas nacidas como dos lecciones ante el desastre de la II Guerra Mundial, han crecido de forma paralela y a la vez en estrecha cooperación. Son algo así como dos “almas gemelas”, pero que siguen teniendo cuentas pendientes. Esta “historia de éxito” tiene, como siempre, sus matices, estrechamente relacionados con las propias contradicciones de la unidad europea: el lento desarrollo de su política exterior, las desavenencias entre los Estados miembros en temas clave de la gobernanza mundial, las resistencias soberanistas, y las dudas sobre una cuestión esencial para que la UE se integre como miembro de pleno derecho dentro del sistema de Naciones Unidas: ¿Cuándo lograremos una voz común?

Una sociedad estrecha

El compromiso de la Unión Europea con los objetivos de la ONU se traduce en una importante contribución humana y económica en todas sus actividades. La UE de los 27 es el principal contribuyente al presupuesto de la organización, aportando el 40 % de éste a través de las cuotas de sus Estados miembros. A su vez, la UE colabora activamente en la ingente labor de la ONU en el mundo, con sus múltiples actividades en distintos ámbitos: política de desarrollo, lucha contra la pobreza, asistencia humanitaria, medio ambiente, derechos humanos, cultura, pacificación de zonas en conflicto y un largo etcétera. Sin ir más lejos, un dato que, aunque bien conocido, no está de más recordar: la UE es el mayor proveedor mundial de asistencia al desarrollo.

La cuestión del estatus de la UE en el sistema de Naciones Unidas

Sin embargo, como decíamos al principio de la narración de esta “historia de éxito”, existen algunas cuestiones aún sin resolver en lo que se refiere al status que ostenta la UE dentro del sistema de Naciones Unidas. En concreto, dos, una más lejana, otra más factible: la más difícil, como no podía ser de otra forma, es la posibilidad de que la UE esté representada en el Consejo de Seguridad de la organización; la que podría hacerse realidad, por el contrario, es que la UE tenga derecho a voto en la Asamblea General, y deje de ser un simple observador permanente. Este papel, según se apunta, podría estar reservado para la nueva Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores: Catherine Ashton.

Hasta ahora, la UE viene estando integrada en las Naciones Unidas en distintas fórmulas: a través de la presidencia de turno del Consejo, así como de los países europeos que son permanente o eventualmente miembros del Consejo de Seguridad. En la Asamblea General, la CE tiene la categoría de “observador” desde 1974. Está representada por la Comisión, a través de delegaciones en distintos órganos especializados (casos de la FAO, la UNESCO o ACNUR). La UE ha participado, además, en multitud de convenios y acuerdos de la ONU, y se le ha reconocido el estatus de “participante de pleno derecho” en varias conferencias. Desde 1991, es miembro de pleno derecho de la FAO.

UN Photo/Paulo Filgueiras

Todo esto no ha colmado, como es lógico, las aspiraciones europeas de conseguir una voz única en dos instituciones fundamentales: la Asamblea y el Consejo de Seguridad. Este último, se compone de cinco miembros permanentes (EEUU, China, Rusia, Reino Unido y Francia) y otros diez no permanentes, por un mandato de dos años. Y, desde luego, la presencia de miembros de la UE como Francia y Reino Unido, a la que se suma el habitual estado europeo no permanente, así como el hecho de que todos los países de la UE estén en la Asamblea como miembros de pleno derecho, no satisface la aspiración de lograr un posicionamiento común en temas clave para la paz y la seguridad internacional.

De hecho, con la creación de la PESC en el Tratado de la Unión Europea, se puso de relieve la necesidad de que los Estados miembros de la UE, el Consejo y la Comisión coordinasen en mayor medida sus posicionamientos dentro de las organizaciones internacionales, lo que incluye, por descontado, a las Naciones Unidas. En concreto, el Tratado exige que se defiendan posiciones comunes para que la voz de la UE tenga más peso en el escena internacional.

«Los Estados miembros que también son miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se concertarán entre sí y tendrán cabalmente informados a los demás Estados miembros. Los Estados miembros que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad asegurarán, en el desempeño de sus funciones, la defensa de las posiciones e intereses de la Unión, sin perjuicio de las responsabilidades que les incumban en virtud de las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas». (art. 19 TUE).

En lo que respecta a la votación conjunta en la Asamblea General, el objetivo es que se alcance el consenso a la hora de votar las resoluciones, algo que según las estadísticas la UE ocurre en cuatro de cada cinco ocasiones. Sin embargo, estos datos no eliminan del todo la sensación de que estamos aún lejos del objetivo de una “voz única”, alimentada, periódicamente, por noticias que sacan a la luz pública que ni la unanimidad ni el consenso son tales.

¿Una oportunidad tras el Tratado de Lisboa?

Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, la UE sustituye a la CE como observador en la Asamblea General y como miembro en aquellos órganos en los que tiene este estatus (caso de la FAO). Por su parte, la Delegación de la Comisión ante las Naciones Unidas pasa ahora a estar bajo la autoridad de la nueva representante de la diplomacia europea, la también vicepresidenta de la Comisión, Catherine Ashton.

Foto: Unión Europea

Ashton o, mejor, dicho, lo que representa su nuevo cargo, puede ser una figura central en esta historia: la oportunidad de que la posición común de la UE en las relaciones exteriores tenga una cara visible, reconocible y de pleno derecho en las Naciones Unidas. Sin embargo, las “cacofonías” que ha traído también consigo el nuevo Tratado pueden reproducirse igualmente en el seno de la ONU, en concreto en su Asamblea General. Es algo que ya estamos viendo y que está dando que hablar con cada presidencia rotatoria tras la entrada en vigor de Lisboa: la dualidad entre presidencia permanente del Consejo (Herman Van Rompuy) y la presidencia de turno.

Una UE en plena transformación institucional y que quiere que su voz tenga más peso en la política mundial se enfrenta, como vemos, al reto de reforzar su papel como bloque en el seno de otra organización, las Naciones Unidas, cuya reforma (y su debate) está también en marcha. De hecho, ha sido el Parlamento Europeo, a través del conocido como Informe Lambsdoff, la institución que ha reconocido abiertamente la necesidad de reformar el Consejo de Seguridad de la ONU para adaptarlo a las relaciones internacionales del siglo XXI.

La Eurocámara señala precisamente a Ashton como la pieza clave en todo este puzle que debe conducir hacia una postura común de los 27 en la ONU, en torno a su reforma, y finalmente, en la consecución de un asiento para la UE en el Consejo de Seguridad.

Encarna Hernández Rodríguez

Más informacion

European Union @ United Nations

Unión Europea  y Naciones Unidas: la opción del multilateralismo

Informe Lambsdorff

La presidencia española de la UE calienta motores en una arquitectura institucional sin precedentes

Por Encarna Hernández

La presidencia de la UE ¿Un puzle con demasiadas piezas?

Dudas, muchas dudas, a la par que expectativas, es lo que genera el inminente comienzo de la presidencia española de la Unión Europea. Y la incertidumbre deriva (más allá de la mayor o menor confianza que se pueda tener en la capacidad de buen hacer del actual Ejecutivo español) de una cuestión de engranaje institucional, pues la presidencia española se moverá en un marco sin precedentes en toda la historia de la UE: deberá cohabitar con los dos nuevos Altos Cargos de la Unión (Presidente y Ministra de Asuntos Exteriores), además de tener que demostrar la eficiencia e idoneidad del invento de la presidencia “trío”, junto con Bélgica y Hungría. ¿Es esta nueva UE, tras Lisboa, un “monstruo” con demasiadas cabezas?

España asumirá, por cuarta vez, la presidencia del Consejo de la UE el próximo 1 de enero, tomando el revelo a la actual presidencia sueca. Hasta aquí, nada fuera de lo común, ya que se continúa con el tradicional baile de presidencias rotatorias, cada una de ellas con una duración de seis meses. Pero ya desde la presentación del logo de la presidencia hispana, allá por finales del mes de octubre, pudimos advertir que ésta no iba a ser una presidencia como las demás.

Para empezar, se presentó un logotipo común que reflejaba la presidencia “a trío” entre España, Bélgica y Hungría, una innovación que viene a consecuencia de la entonces inminente entrada en vigor del Tratado de Lisboa, y que se supone debe fortalecer y dar más agilidad, coordinación y, por tanto, eficacia, a las distintas y sucesivas presidencias del Consejo. Sin embargo, no podemos abstenernos de comenzar a vislumbrar aquí, en la presidencia ” a trío”, a una UE con demasiadas cabezas, o un corral con demasiados gallos, por continuar con las analogías.

La cosa no acaba aquí, porque, como por todos es conocido, habrá, además de la presidencia “trío”, un presidente de facto del Consejo de la Unión, el recién nombrado Van Rompuy, que tendrá que cohabitar con Zapatero. Y no, las dualidades que se suman a las presidencia “trío” tampoco se terminan aquí, pues ahí tenemos al responsable de Exteriores de nuestra presidencia, el ministro Moratinos, cuya labor tendrá que acoplarse con la de la nueva Alta Representante de la Política Exterior de la Unión, Catherine Ashton. Aunque tal vez los Estados ya se han asegurado, avalando los nuevos nombramientos de “perfil bajo”, de que sólo haya un gallo en el corral, entiéndase, el Estado de turno.

Vayamos ahora a las prioridades de la presidencia española de la UE, presentadas por el presidente Rodríguez Zapatero en el Congreso de los Diputados a mediados de este mes de diciembre. Destacan aquí cuatro grandes temas, a saber: impulsar la recuperación económica; desarrollar una Europa social y de los ciudadanos; fortalecer la posición de la UE como actor global; y dar plena aplicación al nuevo Tratado de Lisboa.

Para salir de la crisis económica se apuesta por la coordinación interna, la contribución a la gobernanza financiera y su supervisión, un mercado único de servicios financieros, la creación de empleo de calidad, la educación y el medio ambiente, todo ello en el marco de la nueva Estrategia Europea de crecimiento sostenible para el horizonte de 2020.

Otra prioridad fundamental es apostar por la Europa social y de los ciudadanos, a través de una nueva agenda social europea, el impulso de la igualdad de género, la lucha contra la pobreza y la exclusión social, y la puesta en marcha del recientemente aprobado Programa de Estocolmo. El objetivo, a su vez, es situar a los ciudadanos europeos en el centro de las políticas de la UE, una loable declaración de intenciones que no es precisamente nueva , pero que aún se reviste de cierta carga utópica, cuando se supone que ya deberíamos haber alcanzado, en este siglo XXI, la archi-nombrada y anhelada “Europa de los ciudadanos”.

Reforzar la posición de la UE como actor en la escena internacional es otro de esos objetivos inalcanzados y que se arrastran en la lista de buenos deseos desde la famosa Declaración de Laeken, o cabría decir desde siempre. Episodios como la guerra de Iraq pusieron al descubierto, una vez más, de desunión e inoperancia europea en materia de política exterior, un talón de aquiles que aún no se ha superado. La diplomacia europea queda en evidencia a la menor oportunidad: la guerra de los Balcanes, en los noventa; el conflicto del Cáucaso, en el verano de 2008; la crisis del gas, en el invierno de 2009; o el reciente contencioso con Marruecos por la situación de la activista saharaui Aminetu Haidar.

No es de extrañar que muchos de estos temas sigan encima de la mesa, o repasados con fluorescente en la libreta de cada presidencia rotatoria. España, como no podía ser de otra forma, se propone dotar de mayor visibilidad a la acción exterior de la UE, y lo debe hacer afrontando cuestiones como las relaciones transatlánticas, el diálogo con Rusia, America Latina y Caribe, la política de vecindad con el Magreb, o el proceso de paz en Oriente Medio. Mucha tela que cortar ¿verdad? Especialmente para cuestiones espinosas y enquistadas, y algunas de las citadas lo son.

No esperemos grandes logros, pues tampoco las esperanzas son demasiado grandes en materia de política exterior, a excepción de la ineludible reactivación de las relaciones con Latinoamérica, toda vez que España ha sido tradicionalmente una bisagra esencial entre ambos continentes, y teniendo en cuenta, además, que España organizará en 2010 una nueva edición de la Cumbre ALC-UE.

Queda la plena entrada en vigor del Tratado de Lisboa y el desarrollo legislativo y aplicación de algunos de sus preceptos. Muy especialmente la cuestión de poner en marcha la red diplomática del nuevo servicio europeo de acción exterior, facilitar que se desarrolle y se concrete el nuevo mecanismo de participación ciudadana a través de la iniciativa legislativa popular (un millón de firmas), y, del mismo modo, la adhesión al Convenio Europeo de Derechos Humanos, y garantizar los consensos necesarios para asegurar la denominada Cláusula de solidaridad europea.

Muchos retos por delante. Muchas expectativas. A la par que muchas incertidumbres. Demos un margen de confianza, sin por ello dejar de ser estrictos, cuando llegue el momento, a la hora de hacer balance del trabajo realizado, allá por el mes de junio.