2014 ¿Las primeras elecciones “europeas”?

Este martes, la Comisión Europea nos sorprendía con el anuncio de una recomendación dirigida a los partidos políticos europeos en la que les pedía que designaran a su candidato a presidente de la Comisión en las próximas elecciones al Parlamento Europeo, que tendrán lugar en mayo de 2014. Barroso, actual jefe del Ejecutivo comunitario, hacía de este modo una interpretación amplía del art. 17.7 del Tratado de la Unión Europea, enmendado en la reforma de Lisboa, que establece una relación directa entre el resultado de las elecciones europeas y la elección del candidato a la presidencia de la Comisión.

European Commission President Barroso holds a news conference on the financial crisis in Brussels

Lo cierto es que ese artículo lo que aportaba, en principio, era una mayor intervención de la Eurocámara en el nombramiento del presidente de la Comisión, que no es “elegido” en sentido estricto por la Cámara, ya que es propuesto por los Estados miembros en el Consejo Europeo, teniendo que pasar el trámite del visto bueno de los eurodiputados. Pero, de algún, modo, este mecanismo reforzaba la legitimidad de su designación, al ser investido por la reelegida mayoría del Parlamento Europeo.

Con este anuncio, se da un paso más hacia el objetivo, siempre presente, de que sean los ciudadanos quienes elijan directamente al presidente del “Gobierno” de la UE. Con ello, se pretende, esencialmente, aumentar el atractivo y participación de los ciudadanos en una elección mermada por el escaso interés que despierta entre la ciudadanía. Todo ello en unos momentos especialmente difíciles como los que se viven en la UE, cuyas decisiones precisan más que nunca de la legitimidad que debe otorgarles la voluntad popular.

Unas elecciones de “segundo orden” 

La baja participación testada en sucesivas elecciones al Parlamento Europeo ha sido interpretada en relación a la propia naturaleza y características de estos comicios. La literatura sobre el tema es extensa (Weiler, Haltern & Mayer, 1995; Reif y Schmitt, 1980; Reif, 1985) y nos habla de una elección determinada tradicionalmente por la agenda política nacional; una suerte de examen a medio plazo para el partido nacional de turno que está en el poder. Es por ello que se las conoce como unas elecciones de “segundo orden”, es decir, de importancia menor a ojos de los partidos (que prefieren centrar la campaña en discursos más nacionales que de nivel europeo), de los medios de comunicación y del electorado, en comparación con las de “primer orden”, las elecciones nacionales.

La alta abstención que se registra en las elecciones europeas viene determinada, principalmente, porque sus resultados han tenido escasas consecuencias en el proceso político europeo, ya que no suponen un reparto de poder, es decir, la expectativa imprescindible de cambiar un Gobierno por otro o, como lo expresan Weiler y sus colegas: “to throw the scoundrels out”. La idea de alternancia es esencial en el juego democrático. Ello no ha existido en la UE. ¿Hasta ahora?

¿Las primeras elecciones “europeas” ?

No le falta a razón al Ejecutivo comunitario, cuando destaca que las elecciones al Parlamento Europeo de 2014 “serán especialmente importantes para la UE”, porque la crisis económica y financiera precisa de una respuesta europea, así como avanzar para solventar los desajustes entre la política monetaria común y las políticas fiscales, avanzando hacia una Gobernanza Económica común. Pero, por fin los líderes europeos son conscientes de que todo avance hacia una mayor integración requerirá el apoyo y la participación de los ciudadanos. Los números rojos de la legitimidad democrática de la UE, antaño sorteados con acuerdos entre élites políticas ante el consenso pasivo de la ciudadanía, son ya insalvables en la situación actual.

Resulta curioso, en este punto, indagar en algunos estudios de opinión de citas electorales pasadas para darnos cuenta de en qué medida ha cambiado la situación en la UE en todo lo que concierne a las preocupaciones de los ciudadanos y su relación con los asuntos que se manejan desde Bruselas. Un Eurobarómetro pre-electoral del verano de 2004 nos mostraba que los ciudadanos europeos percibían un escaso impacto de las actividades de la UE en sus vidas, algo que, sin duda, restaba trascendencia a estos comicios, influyendo en la decisión de ir o no a votar. De dicho estudio se desprendía que la actividad y políticas de las instituciones nacionales, en primer lugar, seguidas de las regionales y locales, tenían un mayor impacto en la vida de los ciudadanos visiblemente por encima de la UE en su conjunto. Está claro que la crisis económica y la respuesta de la UE a esta crisis ha fulminado tales percepciones.

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Otro factor a tener en cuenta es que estamos ante los primeros comicios tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que incorporó reformas institucionales reseñables en lo que respecta a la democratización del proceso de toma de decisiones, con un Parlamento Europeo erigido por fin como poder legislativo a la altura del Consejo, con la extensión de la codecisión como “procedimiento legislativo ordinario”. Aunque lo cierto es que la experiencia nos ha enseñado que las consecuencias de estas reformas tienen sus “límites” si las analizamos desde la óptica de la percepción ciudadana.

A mayores poderes del Parlamento Europeo, mayor abstención 

Históricamente, la legitimidad que un Parlamento electo y reforzado en sus poderes en las sucesivas modificaciones de los Tratados ha  aportado al conjunto del sistema institucional comunitario está sin duda mermada por la baja participación en sucesivas citas electorales, un hecho ligado al escaso conocimiento que la ciudadanía en general ha tenido, y tiene, de tales avances “democráticos”. Lo cierto es que desde 1979 (fecha en que se elige por primera vez por sufragio universal la Eurocámara) hasta la fecha, las elecciones al Parlamento Europeo no hacen sino confirmar la negativa correlación entre el aumento de facultades del Parlamento y la progresiva baja participación en los comicios.

Paradójicamente, lejos de aquella idea que colocaba al Parlamento Europeo y su “empoderamiento” como el factor clave para aumentar la legitimidad de la UE, las elecciones europeas no han hecho sino aumentar la visibilidad del déficit democrático.

En 1979, cuando el Parlamento Europeo está dotado apenas con poderes de supervisión sobre la Alta Autoridad de la CECA y el derecho a enmendar una mínima parte del gasto comunitario, la participación llega al 63%. En el 89, después de que el Acta Única Europea introdujera los procedimientos de cooperación y de dictamen conforme y favorece el rol consultivo de la Cámara, la participación desciende dos puntos y medio respecto a las del 84, situándose en el 58,5%.

Las primeras elecciones tras el Tratado de Maastricht, celebradas en 1994, confirman la tendencia a la baja (56,8%), a pesar de ser la primera reforma de los Tratados en la que se decide equiparar la autoridad legislativa del Parlamento con la del Consejo en las quince materias a las que se aplica la codecisión. Aquí hay un elemento fundamental a tener en cuenta, que se explicita muy bien en los estudios europeos de opinión pública. En un Eurobarómetro posterior a la cita electoral, se recoge que solo el 37 % de los encuestados  conoce que el citado Tratado ha aumentado los poderes del Parlamento Europeo.

Las jornadas electorales de 1999, 2004 y 2009 ratifican la desconexión con la ciudadanía: la participación cae ya por debajo del umbral del 50 %.

¿Podemos esperar, entonces, que la reforma de Lisboa influya en alguna medida para aumentar la participación? Difícil poder afirmarlo, teniendo en cuenta, además, que el último Eurobarómetro confirma el desconocimiento persistente de los ciudadanos europeos, sin ir más lejos, sobre sus propios derechos de participación política, o de otro tipo, ligados al estatus de la Ciudadanía de la Unión.

Por lo tanto, cabe esperar que, a la hora de aumentar el interés por las elecciones europeas sea más importante pensar que estas elecciones pueden ser trascendentes para elegir al presidente de la Comisión Europea, y, por descontado, para decidir el modelo europeo de respuesta a la crisis económica, que, por primera vez, estará en la agenda de los partidos en la campaña, por encima de las clásicas disputas y circunstancias meramente nacionales.

Hablando de partidos políticos…

El “déficit” de partidos políticos europeos 

El desarrollo de partidos políticos verdaderamente transnacionales ha sido difícil dadas las circunstancias en las que se ha movido el proceso de integración y de toma de decisiones en la UE, donde ha primado el modelo intergubernamental, ya sea a través de las CIG o dentro del Consejo de Ministros. Ello ha tenido como resultado el refuerzo del papel de los Ejecutivos nacionales a costa del poder de influencia y de control de los parlamentos y de los partidos políticos. Ha faltado en este punto que los partidos ejerzan como vehículo para impulsar una genuina elección “europea” (véase en este mismo blog “Partidos políticos europeos, democracia y participación).

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El estatuto de los partidos políticos europeos está regulado por una norma de 2004, cuya renovación se viene impulsando desde el Parlamento Europeo con el objetivo de reforzar su marco legal en la legislación comunitaria, para dar mayor autenticidad a la condición transnacional de estos partidos, e impulsar un debate político verdaderamente europeo.

Precisamente en el día de ayer, la Comisión de Asuntos Constitucionales del Parlamento Europeo debatía un informe sobre este asunto, con las elecciones de 2014 en el punto de mira. El objetivo es que los partidos de la Eurocámara dejen de ser meros “paraguas” de sus matrices nacionales, dotándolos de personalidad jurídica en base al Derecho comunitario, con financiación más flexible y transparente, y un campo de actuación mayor, pudiendo participar en campañas de referendum sobre cuestiones que atañen a la UE.

¿Serán suficientes todos estos “impulsos” para que en 2014 podamos hablar, por primera vez, de elecciones “europeas”? 

Tendrán que confluir varios factores:

-La expectativa de alternancia política, con una verdadera correlación entre la voluntad popular expresada en las urnas y el presidente de la Comisión que junto a su equipo salga refrendado de la mayoría electa del Parlamento Europeo.

-El desarrollo de una campaña de dimensión europea centrada en cuestiones comunes que nos atañen a todos los europeos. Debate europeo frente a las clásicas riñas “domésticas”. En España, por ejemplo, lo comicios no deberían ser un examen para el Gobierno de Rajoy, sino para la visión de ajustes, recortes y contención del gasto impuesta desde Bruselas. Votamos por un modelo europeo para salir de la crisis, que debe ser el eje esencial del discurso de los partidos en la campaña. Los partidos políticos europeos deben pasar, por ello, el examen de su discurso y alcance transnacional.

-Por último, que, si se dan estos factores, los europeos seamos capaces de ver la trascendencia de nuestro voto para el desarrollo de nuestras vidas, eligiendo un modelo de Europa que se reflejará en las políticas que implementarán nuestros Gobiernos.

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Europa 2011: ¿Ser o no ser?

Hace poco más de un año que la Puerta del Sol de Madrid, justo después de las campanadas de fin de año, daba la bienvenida al 2010 y a la Presidencia española de la Unión Europea con un espectáculo de luz y sonido. Con el sabor del cava y de los polvorones aún en nuestros paladares, Europa se colaba en miles de hogares españoles con cierto aire festivo y una buena dosis ilusión de aquello que está por venir. Si bien es cierto que el turno español pasó con más pena que gloria por entre las presidencias rotatorias, no deja de ser cierto también que las circunstancias no acompañaban mucho: estrenábamos Tratado en una Europa que, con Lisboa, debía enfrentarse a muchos nuevos retos en su forma de funcionar: la presidencia de turno debía entonces aprender a cohabitar con los dos nuevos Altos Cargos de la Unión (Presidente y Ministra de Asuntos Exteriores), además de tener que ensayar el nuevo invento de las presidencias “trío”.

Pero en medio de estas cacofonías evidentes (muchas, si sumamos clásico “gallinero” de los 27), de esta arquitectura institucional sin precedentes, fue la sombra del terremoto económico lo que acabó sacudiendo Europa en 2010. Ya en el mes de febrero, la Unión preparaba el rescate de Grecia, y poco después, en mayo, se acordaba la creación de un fondo de 750.000 millones para proteger la divisa comunitaria de los ataques especulativos. Enfrascados en la mayor crisis que nuestra moneda única haya sufrido jamás, los líderes de la zona euro debían dar un paso al frente hacia un auténtico gobierno económico común: hacia un verdadero liderazgo europeo.

2010 ha sido el año de la crisis del euro, de los rescates y de las especulaciones sobre posibles rescates, con España siempre en el ojo del huracán.  La crisis de la zona euro ha puesto a Europa frente a sus propias contradicciones, cara a cara con su dilema esencial: ¿La solución es una Europa de varias velocidades? ¿Es posible seguir sosteniendo el proyecto europeo sin un gobierno económico común? ¿Sin más integración política? ¿Ser o no ser? ¿Europa de máximos o Europa de mínimos? ¿Más Europa o adiós Europa?

2010 ha sido un año sobre todo para aprender. Para entender que hemos llegado a un punto de inflexión. Así lo ha valorado el presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek, en su último discurso del año: “2010 will be remembered as the year when the EU had to come to terms with the consequences of the financial crisis on its most ambitious project: the euro. Deeper integration was not only desirable for the EU: it was necessary”. Es el momento de relanzar, de forma más ambiciosa, el proyecto europeo.

2010, Lisboa y la crisis económica nos han dejado también una negociación presupuestaria de las más complicadas que se recuerdan. El Parlamento Europeo, en su nuevo papel de auténtico colegislador en materia presupuestaria ha tenido que lidiar con las resistencias de un grupo de Estados a aumentar el presupuesto para 2011, dejando aún sobre la mesa la vieja cuestión de los “recursos propios” (la Comisión debe presentar una propuesta en junio de 2011) y el papel que jugará la Eurocámara a la hora de negocias las próximas perspectivas financieras plurianuales.  Finalmente se llegó a un acuerdo en la última sesión plenaria de diciembre.

Decíamos que había sido el año de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, con la configuración de dos de sus  hitos: la puesta en marcha del servicio europeo de acción exterior y la aprobación de la Iniciativa Ciudadana Europea, un nuevo instrumento de participación ciudadana que permitirá, con un millón de firmas, proponer la adopción de nueva legislación a la Comisión Europea. Eso sí, no estará en funcionamiento hasta principios de 2012.

El año de la puesta en marcha del Tratado de Lisboa y, a su vez, el año de su primera reforma, acordada por los Jefes de Estado y de Gobierno en el Consejo Europeo de diciembre: un mecanismo permanente para salvaguardar la zona euro, y que fue anunciado en exclusiva, y para sorpresa de todos, por el propio Van Rompuy en su cuenta de twitter: “The member states whose currency is the euro may establish a stability mechanism to be activated if indispensable to safeguard the stability of the euro area as a whole. The granting of any required financial assistance under the mechanism will be made subject to strict conditionality”.

La política exterior de la UE también ha dado mucho que hablar este año. No sólo por el nuevo servicio de acción exterior, sino más por las dudas que genera la jefa de la diplomacia europea, la británica Catherine Ashton, o aún más por la polémica generada en torno a la posibilidad de que la UE cambie su posición común hacia el régimen de Cuba. El plante de Obama durante la presidencia española  hizo correr también ríos de tinta.

La Europa de los nuevos Altos Cargos de Lisboa ha dejado en líneas generales, bastante que desear en cuanto a liderazgo se refiere. Ni Ashton ni Van Rompuy han sido las “caras visibles” que se esperaba de ellos… Porque, en realidad, tampoco se esperaba mucho de ellos y fueron elegidos precisamente por ello: por su “perfil bajo”. El trabajo del presidente del Consejo ha sido la labor seria, pausada y responsable del burócrata. ¿Necesitaba Europa otra cosa?

2010 ha sido también el año de Barroso, que se ha catapultado como lo más parecido a un líder que tiene Europa. El presidente de la Comisión fue el protagonista del primer discurso sobre el estado de la Unión, en el que habló de actuar con “mentalidad europea”, señalando claramente el camino del esfuerzo y el compromiso común. El portugués, que acaba de renovar su mandato al frente del órgano supranacional de la UE, tendrá algunos años por delante para demostrar que, lejos de ser un tecnócrata, puede convertirse en ese líder reconocido y reconocible para los europeos.

De todo esto se ha hablado, y mucho, en la Europa de 2010. Seguro que me dejo muchas cosas importantes en el tintero, pero la intención era transmitir una idea fundamental: es el momento de la verdad para la Unión Europea y los líderes europeos tienen en su mano la posibilidad de salvar un proyecto más que necesario, inigualable, para los europeos y para el mundo entero. Europa es también, y sobre todo, la Europa de los derechos, de las libertades, de la igualdad, de los valores, de la paz, de la solidaridad, de la sostenibilidad, de la ayuda al desarrollo… El precio de un mundo sin Europa sería demasiado alto. El de una Europa sin unidad también.

Éste es mi deseo “europeo” para el año 2011: que Europa decida ser lo que se merece ser, lo que los ciudadanos europeos merecemos y esperamos.

¿Habemus líder?

Encarna Hernández

Primera sesión plenaria del nuevo curso legislativo en el Parlamento Europeo y plato fuerte para empezar: el estreno de una nueva fórmula de debate y control político en la Eurocámara, al más puro estilo norteamericano. En el centro del hemiciclo (primera novedad), José Manuel Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, decidido a relanzar su liderazgo al frente de la Unión, se dispone a pronunciar ante aproximadamente 600 eurodiputados (record de asistencia, con amenaza de multas incluida) el primer discurso sobre el estado de la Unión. Dos horas y media después, la prensa internacional sigue dividida sobre el resultado: Barroso, ¿líder político o simple tecnócrata? ¿un presidente para los europeos o al servicio de las presiones del eje París-Berlín?

©European Parliament

¿Un nuevo Barroso?

Barroso centró su intervención en cinco cuestiones candentes, que respondió entre el marcado optimismo para unas (caso de la crisis económica y financiera, el empleo o la política exterior de la Unión) y la tibieza y falta de concreción para otras (las expulsiones de gitanos en Francia y el impuesto europeo). Sobre todo, recalcó que la clave está en el esfuerzo y el compromiso común, hablando siempre de trabajar en interés de todos, lo que él llamó actuar con “mentalidad europea”. ¿Estábamos ante un nuevo Barroso, decidido a ocupar un liderazgo europeo, con mentalidad europea, hasta ahora vacío? ¿Es el portugués ese líder reconocido y reconocible para los europeos? ¿puede serlo? ¿o nos agarramos a un clavo ardiendo?

Algunos medios europeos han incidido en que se trataba de mera “palabrería”, carente de auténtica ambición política para dar un verdadero impulso, ninguna propuesta realmente ambiciosa, ninguna gran promesa. El Barroso de siempre, se afirma: “habla mucho y dice poco”. Aunque decir dijo, y mucho.

Optimismo en lo económico

Lo que destacaron la mayoría de medios de comunicación fue el “tono optimista ” de Barroso en torno al primer punto de su intervención: la crisis económica y financiera. Así fue. El presidente de la Comisión subrayó que Europa había superado la prueba del rescate griego y de la crisis del euro y que se habían establecido las bases para la modernización de las economías europeas y para un gobierno económico común. Sostiene Barroso que “la perspectiva económica de la UE es hoy mejor que hace un año”, en gran parte porque se ha actuado con determinación.

Europa apuesta, afirma Barroso, por unas finanzas estatales saneadas, por la supervisión financiera y por la transparencia bancaria. La solución, en todo caso, debe ser europea: “Europa debe demostrar que es algo más que 27 soluciones nacionales diferentes. O nadamos juntos, o nos ahogamos por separado”.

En materia de empleo, Barroso fue claro con el papel de la UE, toda vez que las competencias en este ámbito pertenecen a los Estados. Habló de reforzar el mercado único para crear empleo, de la formación permanente, de un pasaporte europeo de cualificaciones e incluso de un futuro “sistema europeo de seguimiento de la oferta de empleo”, para facilitar el acceso a la oferta de empleo de toda la UE. Tampoco se olvidó de las pequeñas y medianas empresas (las que más empleo crean) y de la necesidad de mejorar su competitividad, a través de la innovación y de la relajación de los trámites burocráticos.

Tibia condena de las expulsiones de gitanos en Francia

Daniel Cohn Bendit

Se esperaba más de Barroso en este asunto y le han llovido, justamente, las críticas. Barroso se limitó a reivindicar el compromiso europeo para con los derechos humanos y con las minorías. Todos sabíamos de qué estaba hablando, pero eludió, incomprensiblemente, citar a Francia. En su lugar, recordó que “el racismo y la xenofobia no tienen cabida en Europa” e hizo un “llamamiento a que nadie despierte a los fantasmas del pasado de Europa”. Ese “nadie” es Francia. Pero Barroso lo omitió.

La respuesta de algunos eurodiputados fue rotunda. Verhofstadt: “Los gitanos son ciudadanos europeos. ciudadanos por completo”. Cohn-Bendit: “Esta Comisión es campeona de Europa de las declaraciones genéricas, pero no es capaz de señalar con el dedo situaciones particulares en ciertos Estados miembros”.  Martin Schulz: recrimina a Barroso por no decir claramente que lo que pasa en Francia es una “caza de brujas” y su mención a Francia hubiese demostrado al país miembro que la Comisión está dispuesta a “dar batalla” en este asunto.

En su editorial del día posterior al debate, titulado Europa ante Francia ,el diario El País señalaba la falta de firmeza de Barroso, acusándole de “vivir en la inopia”. El periódico lamentaba que esto estuviese ocurriendo precisamente justo cuando la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE había cobrado plena vigencia con su reconocimiento en el Tratado de Lisboa. La Comisión, afirma el editorial, es un “vulgar cómplice” de Francia, y le recuerda que no actúa sólo en nombre de los franceses, sino de todos los europeos, “en nuestro nombre”.

Presupuesto: la cuestión de los recursos propios

Durao Barroso reconoció que la cuestión de los recursos propios de la UE debe acometerse de forma ineludible, dadas las limitaciones del sistema actual, que considera agotado. La creación de un impuesto europeo, que iría directamente a las arcas del presupuesto de Bruselas ha sido una cuestión candente ester verano, y lo seguirá siendo, pues la Comisión debe concretar su propuesta este mes de septiembre. En todo caso, Barroso destacó que este presupuesto no es para la Comisión, es para los ciudadanos, para que la UE tenga libertad de movimiento y pueda implementar sus políticas y proyectos en beneficio de los ciudadanos.

Joseph Daul - ©European Parliament/Pietro Naj-Oleari

Los dos grandes grupos, por su parte, mostraron tanto su apoyo como sus dudas ante la idea de un impuesto paneuropeo: Joseph Daul (PPE), recalcó que había que romper el “tabú” en este sentido, pues el impuesto contribuiría a una mejor financiación de las políticas comunitarias, sin incrementar al tiempo la carga impositiva. El socialista Martin Schulz, por su parte, reconoció como muy complicado el hecho de alcanzar la unanimidad entre todos los Estados en el Consejo en este asunto.

La política exterior: eterno asunto pendiente

Barroso destacó el papel decisivo que van a jugar las nuevas instituciones creadas en Lisboa para relanzar la política exterior de la Unión y su papel de liderazgo en el mundo. Al Servicio Europeo de Acción Exterior, comandado por la jefa de la diplomacia europea, Catherine Ashton, se le augura el papel de exprimir el potencial de Europa en la escena política internacional. Afirma Barroso, que sus socios esperan que Europa actúe unida y que, de no ser así, lo países miembros, por separado, también sufrirán las consecuencias en cuanto a pérdida de influencia.

El presidente la Comisión destacó la cumbre del clima celebrada en Copenhague como un claro ejemplo de lo que no puede volver a ocurrir: “nos hicimos un flaco favor al no hablar con una sola voz”. “O actuamos juntos o ellos se moverán sin nosotros”, sentenció Barroso, aunque, como le recordó después Joseph Daul, el mundo ya avanza, de hecho sin la UE, en referencia a la ausencia de ésta en las negociaciones de Oriente Próximo, pese a ser el mayor donante en la zona (unos 1.000 millones de euros anuales).

Barroso ¿un líder para Europa?

Acercar a Barroso a los ciudadanos. Ese es el objetivo de la nueva estrategia de comunicación de la Comisión Europea, comandada por una de las mujeres de confianza del presidente: la comisaria Viviane Reding. Hace unos días saltaba a los periódicos la noticia de esta nueva estrategia, que pretende relanzar el protagonismo de Barroso ante la opinión pública: fotografos 24 horas, productores de televisión, todo para hacer del jefe del ejecutivo europeo una auténtica estrella mediática y, por tanto, una cara visible y reconocible para los ciudadanos europeos.

El debate sobre el estado de la Unión celebrado esta semana es un ejemplo más de esta estrategia, y se podría afirmar que ha sido todo un éxito. Para bien o para mal, con críticas más o menos duras, Barroso ha sido protagonista en todas las grandes cabeceras del Continente, también en las más pequeñas, en la prensa regional, en las principales cadenas de televisión… El mensaje de Barroso llegó a la ciudadanía. Otra cosa es que la ciudadanía sepa descifrarlo.

Se dice de Barroso que no deja de ser un tecnócrata, y que, por ende, su discurso es blando y tecnocrático” o, lo que es lo mismo, incomprensible para la ciudadanía de a pie. ¿Sabe Barroso llegar a la gente? Si algo tenemos más o menos claro a estas alturas, es que es mejor comunicador y más mediático que figuras como Buzek, Van Rompuy o Ashton. Y lo demostró en su discurso ante la Eurocámara.

Se le acusa también de obviar en su discurso la desafección de la ciudadanía hacia la UE, patente en las últimas encuestas del eurobarómetro y, en su lugar, como buen tecnócrata, hablar de lo que se va a hacer, de su programa de trabajo. Pero lo cierto es que Barroso si mandó un mensaje a la ciudadanía: “Lo que realmente importa es lo que las Instituciones aportan a los ciudadanos. Lo que importa es el cambio que Europa aporta a sus vidas diarias”, afirmó.

¿Qué más pruebas quieren? Europa no va a avanzar sólo con palabras bonitas o con políticos que, por así decirlo, “caigan bien a la ciudadanía”. Europa va a avanzar con tres cosas: con trabajo, con compromiso y con sacrificio. Añadan a las tres la palabra común después. Todo ello vino a proponer Barroso. ¿Habemus líder? Sí, Habemos líder, Habemus Más presidente.


Estados Unidos y Europa ¿Sueños rotos?

Encarna Hernández

Si hay algo por lo que los europeos recordamos la presidencia de George W. Bush jr. al frente de la Casa Blanca fue por las horas bajas que vivió durante este periodo la relación transatlántica. Cuando muchos analistas políticos se preguntaban si seguía existiendo “Occidente” como tal (al menos esa visión que se tenía de Occidente en la Guerra Fría) o incluso si ya no habría otra generación de políticos norteamericanos impulsores de la cohesión de Occidente, en ese justo momento, fue cuando emergió la figura de Barack Hussein Obama.

Para los norteamericanos, hastiados de las aventuras militares en el extranjero y del fracaso económico y social de Bush, Obama representaba el deseo de cambio. Por su parte, los europeos atisbaban en este hombre y en su talante internacional el inicio de una nueva era en las relaciones internacionales y transatlánticas. ¿Había llegado ese líder capaz de unir otra vez los destinos de Occidente? Mientras los europeos reinterpretaban la relación transatlántica en clave de romanticismo, los americanos, fieles al realismo político, analizaban el mundo de la posguerra fría, el mundo de las nuevas amenazas y alianzas globales, en clave pragmática. Emergen otros centros de poder, y es posible que “Occidente” simplemente ya no exista como lo conocíamos, es decir, en su posición dominante.

A estas alturas, Europa, la Unión Europea, ahonda en su afán de ser un interlocutor válido y vital para Washington, el viejo aliado fiel, dependiente, y que se desdibuja en materia de defensa y política exterior. El último “desaire”: la ausencia del presidente norteamericano en la Cumbre con la UE. ¿A quién puede sorprender que Europa no esté en la agenda de la estrategia global de los Estados Unidos en un puesto alto del ranking?

Es cierto que hay una clave interna para interpretar la ausencia, por primera vez desde hace 17 años, de un presidente norteamericano en una cumbre EEUU-UE. Así lo recogía The Wall Street Journal, el primer medio en hacerse eco de la noticia: el presidente necesita focalizar sus esfuerzos en la política interna (la pérdida del escaño en Massachusetts, las próximas elecciones legislativas, con la mayoría de las dos cámaras en juego, el empleo, la reforma sanitaria…) y recortar su agenda de política exterior. Sin embargo, desde la Casa Blanca se reconoce abiertamente que viajar en primavera a Europa nunca estuvo en los planes de Washington.

El país anfitrión, con Zapatero como presidente de turno, o el propio Barroso, no podían ocultar su decepción. The New York Times hablaba de “egos europeos fuertemente heridos”; The Guardian dibuja una Europa “desairada” por el plantón de Obama. Era la señal definitiva de que la promesa de un enfoque más internacional de EEUU con Obama estaba definitivamente siendo relegada por los acuciantes problemas internos. No era la primea señal. Recientemente, en su discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente demócrata había dedicado un escueto apartado a la política exterior, dirigiéndolo esencialmente hacia el consumo interno. En realidad, no había ningún asunto en el orden del día de la Cumbre con la UE del que Obama pudiera sacar rédito a nivel doméstico.

Decíamos que no era el primer signo. Los europeos ya habían podido advertir que el despegue de la relación transatlántica y el nuevo talante del inquilino de la Casa Blanca no se ajustaban a la euforia inicial. Obama no estuvo en Berlín, en el 20th aniversario de la caída del Muro. Las negociaciones en la cumbre del Clima de Copenhague lo confirmaron. En el discurso sobre el Estado de la Unión llovía ya, de hecho, sobre mojado. Y la guinda del pastel sería su ausencia en la cumbre de la primavera.

Atrás quedó lo que en su día fue calificado como la “obamamanía europea”, justo después de la llegada de Obama a la presidencia. Se hablaba de oportunidad para abordar las relaciones transatlánticas desde una nueva óptica (el entonces presidente del Parlamento Europeo, Hans-Gert Pöttering); divisábamos una UE esperanzada ante la renovación de los lazos transatlánticos para afrontar retos unidos (presidente de la Comisión de asuntos Exteriores del PE, Jacek Saryusz-Wolski); incluso de la contribución de la figura de Obama para mejorar la percepción sobre EEUU en la  opinión pública europea (presidente de la delegación de la Eurocámara en EEUU, Jonathan Evans). Y todavía más allá, un entusiasmo que hacía abrigar sueños a Europa de encontrar su Madison, su Obama (eso sí, tendría que poder ser elegido por los ciudadanos).

Llaman ahora la atención unas declaraciones del eurodiputado de Los Verdes Daniel Cohn-Bendit: “la esperanza está ahí, pero hay que esperar a ver los resultados”. El tiempo le ha dado parte de razón. Pero tampoco Europa ha hecho mucho por quitársela. La ausencia de Obama alimenta los temores (fundados) de que EEUU ve a la UE como un socio irrelevante. ¿Quiere decir esto que la “culpa” es de Europa? En parte sí. El propio subsecretario de Estado norteamericano habló de un periodo de adaptación a la nueva estructura de la política exterior de la UE tras Lisboa. En este sentido, The Guardian interpreta que la Unión ha fallado su primer gran test de los nuevos acuerdos en política exterior introducidos en la última reforma de los Tratados.

Ya imaginarán a qué nos estamos refiriendo: a la llamada “cacofonía” europea en materia de política exterior, alimentada por las múltiples cabezas que cohabitan por obra y gracia de la reforma de Lisboa: Presidente permanente del Consejo; Alta Representante; presidente de la Comisión; y presidencia de turno. ¿Es la política exterior de la UE un auténtico proteo? Afirma Andreu Missé, para El País, que “Europa pierde peso en la escena mundial” porque no colma, en concreto, las expectativas de la Casa Blanca como interlocutor coherente, unido y colectivo (en resumen, una sola voz) cuando se trata de política exterior. Para LLuís Bassets, Obama no ha hecho otra cosa que dar una  “patada al hormiguero europeo”.

En el ojo del huracán de este “hormiguero” está precisamente la nueva Alta Representante para la política exterior de la UE. De Ashton se ha criticado su falta de experiencia en política foránea, su gestión poco visible de la intervención europea con motivo del terremoto en Haití, sus dudas a la hora de implantar el nuevo servicio europeo de acción exterior. Afirma Charlemagne en The Economist que Lady Ashton es un síntoma de la disminución de las ambiciones de Europa, no la causa. ¿Quién no podría darle parte de razón?

Quizá haya llegado la hora de que Europa se replantee el lugar y la posición que puede ocupar como actor global (de un modo realista), se afirma en The New York Times, haciéndose cargo de su seguridad y buscando un equilibrio entre el anhelo de protección transatlántico (dependencia) y su afán y posibilidades de ser un actor global por derecho propio. Estados Unidos ya lo ha hecho: hablamos de redefinir papeles en la era de la postguerra fría, pero también en la era de una “Europa post-americana”.

Jeremy Shapiro y Nick Witney, en un artículo publicado recientemente en Política Exterior, hablan de la relación transatlántica (o de sus desajustes) no tanto como una cuestión de estructura institucional de la UE sino como de “psicología”. Es decir: de la forma en la que los europeos consideran la relación con EEUU, un “fetichismo transatlántico” planteado de forma sentimental y no pragmática. Más allá de quien presida Estados Unidos, lo cierto es que la nueva redistribución del poder en la era global hace que americanos y europeos vean su relación bilateral de forma muy distinta.

¿Será que se han intercambiado los papeles, y los estadounidenses han hecho suyo el planteamiento bismarkiano de la política exterior, mientras que los europeos parecen los herederos del idealismo wilsoniano? No cabe duda que existen planteamientos bien diferentes en cuanto a las estrategias de seguridad: vean si no la última estocada de la cooperación en materia antiterrorista, el acuerdo conocido como Swift, de intercambio de datos bancarios, y que ha sido tumbado por el Parlamento Europeo. Definitivamente, en Europa se anteponen derechos fundamentales a seguridad. Al menos no a cualquier precio. Europa necesita sus pausas.

Gender “unbalanced” Commission

Por Encarna Hernández

Rompecabezas femenino para la nueva Comisión

Se había orquestado una presión mediática, social y política sin precedentes. Pero no pudo ser. Finalmente, la composición de la nueva Comisión Europea para los próximos cinco años se recordará como un episodio más de los desequilibrios de género en el terreno de la representación política.

Ya es un hecho, confirmado por el propio presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso: nueve de los 27 comisarios designados por los Estados miembros son mujeres. Es decir, habrá una mujer más que en la anterior Comisión, y se alcanza el porcentaje mínimo exigido por la Eurocámara para otorgar el voto de confianza al Ejecutivo entrante.

Pero no deja de ser una decepción para todos aquellos que creíamos posible un “fifty-fifty”: algo tan simple como que cada Estado miembro hubiera propuesto un hombre y una mujer igualmente cualificados. Al señor Barroso le hubiera tocado entonces decidir, le hubiese tocado asegurar la paridad, de la que hace gala, cuando se queja de los pocos nombres de “candidatas” que ha recibido desde los Estados miembros, lanzandoles a estos la “patata caliente”. Pero ya sabemos que en esto de la política de igualdad nada es lo que parece. Enseguida les explico por qué.

Antes me gustaría dedicar unas líneas a la auténtica impulsora del “fifty-fifty”, a una comisaria europea, representante, de verdad, de esa democracia moderna europea que debe recoger la igualdad de género; una mujer con poder político y que lo utiliza sin complejos: la vicepresidenta saliente de la Comisión Europea, Margot Wallström.

En los días previos a la elección de los altos cargos de la UE (presidente del Consejo y ministro de Asuntos Exteriores), la sueca intentó remover conciencias y generar opinión pública cada vez que se le presentaba la oportunidad, de forma incansable, a través de su blog, de facebook, a través de los medios, en entrevistas improvisadas concedidas a los bloggers por los pasillos del Parlamento Europeo, apoyando la campaña del 50/50 impulsada por un lobby de mujeres europeas. Lo hizo también en FT, con un artículo titulado de la forma más sugerente posible: “The right man in the right job is often a woman.”

El mensaje de Wallström es claro y lo lanza a sus compañeros y a los ciudadanos sin tapujos: es necesario cambiar la “foto de familia” política de una UE en la que las mujeres representan algo más de la mitad del electorado, consiguiendo que las representantes femeninas alcancen ese mismo porcentaje. Para la comisaria sueca no deja de ser una cuestión de “lógica” matemática, de sentido común, pero, en mayor medida, un asunto de representatividad democrática; de lo contrario, ¿qué clase de democracia representativa moderna europea es ésta que no contempla la igualdad de género? Desde luego no puede ser una democracia cercana a los ciudadanos si las mujeres no son elegibles y toman decisiones en la misma medida que son electoras y receptoras de decisiones.

Margot Wallström

Wallström ha afirmado claramente estar a favor del sistema de cuotas femeninas como un instrumento eficaz ¿tal vez el único? para conseguir reequilibrar la actual representación injusta de los sexos en la política europea. Los datos de representación femenina le dan la razón, pues hasta ahora no se ha impuesto ni la lógica ni el sentido común. Pongamos como ejemplo de este extremo la representación femenina en el Parlamento Europeo, que tras los últimos comicios de junio de este año apenas ha aumentado tímidamente un cinco por ciento respecto a la anterior legislatura: tan sólo el 35 por ciento de los asientos los ocupan mujeres. Se trata de un porcentaje austero tanto si hablamos de paridad como de equilibrio.

La presencia femenina en la Eurocámara ha sido, precisamente, una de las principales tomas de acción del European Women’s Lobby (EWL), un grupo de presión asentado en Bruselas y que acoge una larga lista de organizaciones de mujeres de toda la UE. Con motivo de las últimas elecciones europeas, EWL publicó un informe sobre igualdad de género en el que se incluían tanto los programas electorales como la composición de las listas de los principales partidos políticos europeos. La conclusión a la que se llegó fue que la mayoría de los partidos no consideraban la igualdad de género como una prioridad clave, por cierto, con el Partido Popular Europeo a la cola. Les animo a echarle un vistazo al documento.

EWL ha sido también el impulsor de la campaña de igualdad de género “50/50 por la Democracia”, bajo el lema “No modern democracy without gender equality”.  Con motivo del proceso de designación de la nueva Comisión Europea, la actividad de presión ha estado dirigida hacia el objetivo de que cada Estado miembro proponga al presidente de la Comisión, al menos, un hombre y una mujer igualmente cualificados.

La lista de apoyos a esta campaña está engrosada por una larga lista de políticos europeos, liderada por Margot Wallstrom. También encontramos a Barroso o al presidente del Parlamento Europeo, pero, curiosamente, su foto, como la del resto de “supporters”, no va acompañada de un texto de apoyo a la causa.

Encontramos también en la lista a Bibiana Aído, la ministra española de igualdad, pero, para nuestra sorpresa, nuestro Gobierno, que se vende como adalid de la igualdad en Europa, ha propuesto tan sólo a un hombre para ocupar un puesto en la Comisión. Joaquín Almunia apunta a la cartera de Competencia, una cartera de peso, pues como reconoció el mismo Zapatero “Barroso nos debe algún favor… le apoyamos para su reelección”.

He aquí una de las muchas contradicciones de nuestro Gobierno: apoya como presidente de la Comisión Europea a un político conservador, que puso el rostro de la UE en la famosa foto de la Azores, junto a Aznar, Bush y Blair, y que, para más señas, se queja del escaso número de féminas propuestas por los Estados miembros para componer la Comisión, pero que cuando presidía Portugal arrastraba un “balance” de carteras de ministros-ministras nada menos que de 18-2. Ahora el Gobierno español espera que Barroso les devuelva el “favor”, para colocar un candidato español, por supuesto, masculino, en una cartera importante del nuevo Ejecutivo europeo. Pura demagogia, señores y señoras.

Y en estas andamos. De poco han servido las protestas de las eurodiputadas, que un buen día se plantaron a las puertas del Consejo de la UE (justo antes de que se decidieran los nuevos altos cargos) con la corbata anudada al cuello y currículum en mano, para exigir más mujeres en los puestos de decisión en la UE. Ya habían avisado de que vetarían una Comisión en la que no hubiera, al menos, más mujeres que en la actual. La pregunta es: ¿una comisaria más les parece suficiente?

Protestas de las eurodiputadas

Pues serán nueve exactamente. Nueve nominadas por Holanda, Dinamarca, Suecia, Bulgaria, Chipre, Irlanda, Grecia, Reino Unido y Luxemburgo. Falta ahora saber el reparto de carteras, que Barroso anunciará de forma inminente. Pero, qué quieren que les diga, partimos ya del “desequilibrio” puro y duro.

Parafraseando y adaptando a la realidad el eslogan de una campaña apoyada por bloggers y twitterers que propugnaba el balance de género en la nueva Comisión: seguimos teniendo, por desgracia, una “gender unbalanced Commission”.

Energía y clima en la Europa del siglo XXI

Encarna Hernández

"Energía sostenible" Fotografía: Servicio Audiovisual de la Comisión Europea

En 2007 se cumplieron cincuenta años de la firma de los Tratados de Roma. Este dato, traducido al lenguaje de la cooperación en materia de energía en el seno de la Unión, significa que llevamos otros tantos cincuenta años sin una política energética común. La ausencia de una comunidad europea de la energía ha significado para Europa, cada vez en mayor medida, una problemática dependencia energética del exterior. Es hoy cuando la cuestión del suministro de energía no puede acometerse ya sin las necesarias sinergias con el imperativo de la sostenibilidad. En el actual estado de las cosas, energía y lucha contra el cambio climático se configuran como dos ámbitos de actuación comunitaria que requieren esfuerzos más que paralelos, inseparables.

Cuando, poco antes de ser reelegido como presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso afirmaba que la energía y el clima eran equiparables hoy en relevancia a lo que el carbón y el acero significaron en los primeros pasos de la integración europea, estaba poniendo el acento en la ausencia histórica e inexplicable de una política energética común.

La resistencia de este núcleo rígido de la soberanía estatal que tiene que ver con la seguridad del suministro energético ha impedido que en las últimas décadas el proceso de la integración europea haya avanzado de forma efectiva hacia el establecimiento de una auténtica solidaridad de hecho en materia energética, como se hizo en su día con el carbón y el acero. Lejos de una política de la energía comunitaria, lo que se ha percibido son las contradicciones de tantas políticas energéticas como países miembros se han ido integrando en la Unión.

¿Cómo es posible que no se haya impulsado ya de forma definitiva una comunidad europea de la energía, dada la excesiva dependencia energética exterior de la UE? ¿Cómo es posible que la Unión no haya sido capaz de hablar con una sola voz para negociar con terceros países su suministro energético? ¿Acaso la dependencia energética de la UE no le hace perder peso en la diplomacia exterior, en la presión, sin ir más lejos, hacia su principal proveedor, Rusia, como pudimos comprobar en el crisis del Cáucaso del pasado verano de 2008? ¿Para cuando, entonces, una voz común?

Las relaciones bilaterales UE-Rusia son un ejemplo esclarecedor para todas estas cuestiones. La crisis del gas entre Ucrania y Rusia puso en peligro el suministro energético a los países de la UE a principios de 2009, en pleno invierno, poniendo de manifiesto la dependencia energética europea. No era la primera vez que ocurría algo así, razón de más para que Europa busque definitivamente aunar esfuerzos para garantizar una mayor seguridad en el suministro, diversificar las fuentes y negociar de forma común el suministro del exterior.

Pero, en el actual estado de las cosas, todo ello debe hacerse desde el enfoque de la sostenibilidad, impulsando la independencia energética a través del desarrollo de energías limpias. El esfuerzo es doble y a través de dos vías inseparables: energía y lucha contra el cambio climático.

Que la energía y el clima son actualmente los dos principales pilares en la cooperación europea, así como los problemas más candentes de entre los actuales desafíos globales (junto con el terrorismo internacional), lo dejó bien claro el nuevo presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek, en su primer discurso ante la Eurocámara, cuando hizo referencia a la necesidad de crear una comunidad europea de la energía. Su gesto, precisamente en su primer discurso como presidente, demuestra la importancia que estos ámbitos de actuación tienen ya en el discurso comunitario.

No por casualidad en la última reforma de Lisboa se produce un giro radical en la tradicional visión intergubernamentalista en las negociaciones relacionadas con el suministro energético, así como en lo que respecta a la imposición del voto por unanimidad en el seno del Consejo a la hora de tomar decisiones en las que el Parlamento Europeo ha jugado en este ámbito un papel absolutamente marginal.

Las virtudes del nuevo Tratado en este sentido tienen que ver con varios aspectos. Para empezar, se conecta la política energética con la necesaria sostenibilidad medioambiental, aludiendo, además, a “un espíritu de solidaridad entre los Estados miembros” (art. 194.1 TFUE). Hablamos de crear una nueva solidaridad de hecho, en esta ocasión en los sectores de la energía y del medio ambiente.

En Lisboa se establecen nuevas bases jurídicas para una política energética común y en la lucha contra el cambio climático. Se dispone, de forma revelante, que la adopción de la legislación que debe garantizar la consecución de los objetivos relacionados con la energía (funcionamiento del mercado, seguridad en el abastecimiento, eficiencia y ahorro, desarrollo de energías limpias, e interconexión de las redes energéticas) compete tanto al Parlamento Europeo como al Consejo, y con arreglo al procedimiento legislativo ordinario, es decir, mediante codecisión.

Ello no quita que los Estados se sigan guardando un as en la manga en cuestiones energéticas, pues seguidamente se especifica que el Consejo podrá, mediante un procedimiento legislativo especial y por unanimidad, y simplemente consultando de forma previa al Parlamento, establecer las medidas oportunas cuando sean esencialmente de carácter fiscal (art. 194.3 TFUE).

A pesar de todo, no cabe duda que Lisboa constituye un paso importante hacia una comunidad europea de la energía, con todo lo que esto conlleva en materia de cooperación y en la necesidad de solidaridad interestatal. Del mismo modo, es el reflejo de una preocupación que ha ido en aumento en la escala de prioridades de los legisladores comunitarios.

En este sentido, la aprobación del paquete legislativo “Energía-Cambio climático” ha sido uno de los grandes hitos en la historia reciente de la UE en lo que concierne a estos ámbitos de actuación. El paquete, centrado en la reducción de las emisiones de CO2, en el uso de energías renovables y en la eficiencia energética, recibió por fin el visto bueno de las tres Instituciones comunitarias en diciembre de 2008, coincidiendo con el final de la Presidencia francesa del Consejo, y tras una larga y compleja negociación interinstitucional. El proceso legislativo concluyó en abril de 2009 en el seno del Consejo, con la adopción de seis actos legislativos , y previo visto bueno (incluidas enmiendas) del Parlamento Europeo.

El paquete “Energía-clima” incluye distintos textos relativos a: el fomento del uso de energía procedente de fuentes renovables; el perfeccionamiento y ampliación del comercio de derechos de gases de efecto invernadero; la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero; el almacenamiento geológico de dióxido de carbono; el control y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de la utilización de combustibles en el transporte por carretera y en la navegación interior; así como normas de comportamiento en materia de emisiones de CO2 de turismos nuevos.

Entre los informes que se debatieron en la primavera de 2008 en el seno del Parlamento Europeo encontramos distintas medidas dirigidas hacia una mayor eficiencia en la gestión y en el consumo de energía: hablamos de aspectos como el etiquetado del consumo energético de los neumáticos, la eficiencia energética de los edificios, o un nuevo etiquetado energético para determinados aparatos.

El etiquetado del consumo energético de los neumáticos, según la Eurocámara, equivaldría a retirar entre 0,5 y 1,3 millones de turismos de las carreteras europeas, toda vez que los neumáticos constituyen un factor clave en el consumo de combustible de los coches, y teniendo en cuenta que el transporte por carretera es el responsable de cerca de la cuarta parte de las emisiones de dióxido de carbono que se producen en la UE.

Conseguir que los edificios produzcan su propia energía a partir de 2019 es otro de los aspectos fundamentales en la lucha comunitaria contra el cambio climático, así como en el objetivo de una mayor independencia energética europea: se reduciría la importación de gas del exterior de la UE (actualmente, la mitad de gas que se consume es importado) y se eliminaría uno de los principales focos de contaminación y de gasto energético (los hogares europeos suponen el 40 por ciento del consumo primario en la Unión). El objetivo no es otro que conseguir que los edificios que se construyan a partir del 1 de enero de 2019 sean capaces de producir el cien por cien de la energía que precisen.

El Parlamento Europeo dio, además, un nuevo paso hacia un renovado etiquetado energético. La revisión de la Directiva reguladora de este etiquetado lo aplicará ahora también a productos que consumen energía utilizados en los sectores industrial y comercial, además de a aparatos que no utilizan energía directamente, pero sí tienen un impacto en su consumo.

Todas estas medidas vienen a redundar en la necesidad de reducir las emisiones de CO2 para conseguir su reducción en un 20 por ciento de aquí a 2020. Este esfuerzo comunitario, que no es sino la suma de un compromiso individual de cada uno de los 27 Estados que integran la UE, coloca a la UE a la cabeza en la lucha contra el cambio climático, una lucha en la que el ahorro energético (el objetivo es reducirlo en otro 20 por ciento) y el uso de energías limpias (aumentarlo otro 20 por ciento) jugarán un papel fundamental.

Lo son ya, pero a partir de 2020 lo serán aún más: la energía y el clima, los motores de la Unión Europea en distintos vectores de la integración: la solidaridad interestatal, el compromiso compartido entre sus Estados y sus ciudadanos, y una única voz europea en el exterior genuinamente respetuosa con el medio ambiente y con el uso responsable de los recursos energéticos.

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Francisco Sosa Wagner y el futuro de Europa. Entrevista con el eurodiputado español de UPyD

Por Encarna Hernández

Francisco Sosa Wagner
Francisco Sosa Wagner

Firme defensor de la fórmula federal que impulsaron los “padres fundadores” de la unidad europea, el eurodiputado Francisco Sosa Wagner (Grupo de los No Inscritos) considera que ha llegado la hora de superar el concepto de Nación en las relaciones internacionales. Ésta es la visión esencial que sobre el futuro de la UE tiene este jurista que desde las pasadas elecciones europeas de junio se ha convertido en el primer representante de Unión, Progreso y Democracia en la Eurocámara. Pero en sus palabras encontramos también al hombre que reconoce emocionarse con la música de Beethoven y los versos de Schiller, figuras que encarnan, al mismo tiempo, un auténtico germen cultural europeo. A nosotros, los ciudadanos europeos de a pie que creemos también en la “finalidad” política y federal de la Unión, no nos quedó otro remedio que emocionarnos igualmente con su último discurso en la sesión plenaria del Parlamento Europeo el pasado 7 de octubre, a propósito del “sí” irlandés a Lisboa. Aquel día, con su intervención, Sosa Wagner, el eurodiputado, el jurista, el ciudadano europeo, nos presentó su visión sin fisuras de la Europa que se construye desde el hemiciclo que se alza como el pilar fundamental de la democracia comunitaria: el Parlamento Europeo, “el palacio de la Quimera”, “el palacio de los sueños”.

Hoy tenemos la suerte de tenerle como protagonista en este blog. Gracias, profesor Sosa Wagner, por atender tan amablemente a nuestro cuestionario. Aquí os dejo el resultado.

P. Tuvimos la ocasión de constatar su defensa del horizonte federal de la Unión Europea en un artículo publicado el El Mundo (29/09/2009), en el que, además, afirma con rotundidad que Europa no es una nación, “ni falta que le hace”. Afirma que es precisamente desde este “déficit”, desde esa diversidad fecundadora, desde donde la Unión debe tomar impulso. En este sentido, nos gustaría saber si considera errónea la tendencia en el intento de europeizar las identidades de los ciudadanos de la Unión utilizando para ello las mismas fórmulas que el Estado-nación, es decir: himno, bandera, matrículas, moneda, etc.

R. En efecto, defiendo una concepción federal de la Unión europea porque me parece que es la fórmula que emplearon los padres fundadores y para comprobarlo no hay más que leer las Memorias de Jean Monnet donde aparece muy claro su ideario federal. Pero no es el único y parecidas posiciones encontramos en los escritos de Robert Schuman, de Adenauer y del propio De Gasperi. Creo además que esta concepción federal es la que mejor cuadra para fortalecer Europa, toda vez que la creación de grandes conjuntos geográficos de carácter político y económico es una exigencia insoslayable del siglo XXI.

Respecto al concepto de nación, he defendido en mi libro “El Estado fragmentado” el declive jurídico político de este término, falto ya en estos momentos de la ambición conformadora con que nació a finales del siglo XVIII y se mantuvo durante buena parte del XIX. De la nación nacerá el nacionalismo que es la peor enfermedad del siglo XX. Sin embargo esto no quiere decir que todo aquello que el concepto de “nación” llevaba en su panza haya de ser tirado por la borda. La nación ha servido para integrar colectividades humanas y ésta es una dimensión que puede servir, no para crear una nación europea, sino para conformar y dar realce a una cultura europea que asuma todo lo bueno y lo malo del legado histórico del que los europeos somos depositarios. Respecto de determinados símbolos, yo confieso que me emociono al oír la música de Beethoven y los versos de Schiller.

Intervención en el Pleno del 7/10/09
Intervención en el Pleno del 7/10/09

P. Volviendo a ese horizonte de la construcción federal de la que hablábamos al principio, el propio derecho comunitario viene siendo interpretado por juristas y teóricos constitucionales como una auténtica constitución material. ¿Está de acuerdo con esta visión de autores como Weiler o Díez Picazo en el sentido de que existe un proceso de “constitucionalización” en la construcción legal de la Unión? Aún más, a propósito de la malograda Constitución europea, ¿Se puede hablar de texto de naturaleza constitucional y no hablar de federación?

R. La magia de las palabras es mucha pero no quisiera enredarme en esta idea de algunos de mis colegas relacionada con la Constitución, tanto en sentido material como formal. Creo que el Tratado de Lisboa es un buen mecanismo para seguir avanzando y en ese sentido lo defiendo, consciente como soy de que el edificio europeo hay que ir construyéndolo paletada a paletada, como por cierto nos enseñó también Monnet.

P. Los últimos acontecimientos electorales en Europa han revelado el declive del socialismo en nuestro Continente. En el caso concreto de la Eurocámara, hemos visto que el PSE ha pasado de ser el grupo mayoritario a verse en la necesidad de buscar la alianza con un sector de los demócratas. Para empezar, se ha comenzado legislatura con el voto de confianza a J. M. Durao Barroso de parte de un sector del socialismo europeo. Partiendo de este hecho, pero poniendo la vista más a largo plazo, ¿qué consecuencias considera que puede tener para el futuro de la integración europea este declive del socialismo?

R. En efecto el declive del socialismo en nuestro continente es palmario. Creo que esto viene de no haber sabido asimilar la lección que al mundo dio la caída del muro de Berlín y a la falta de cabezas creadoras e imaginativas. Diría que hay mucho burócrata en el socialismo europeo pero poca reflexión arriesgada y de altos vuelos. El hecho de que en la última elección del Presidente de la Comisión, el grupo socialista no haya sido capaz de presentar a un candidato, avala concluyentemente esta impresión. Y subrayo la importancia de la presentación del candidato porque a mi me hubiera gustado oírle exponer su visión de Europa y contrastar si es muy diferente de la que sostiene un hombre tan conservador como Barroso.

P. Se cumplen ahora diez años de la Asociación Estratégica ALC-UE. Precisamente, en 2010 se celebrará en nuestro país la VI de estas Cumbres, que además coincidirá con la presidencia española del Consejo de la UE. ¿Cree que esta presidencia puede contribuir decisivamente a reactivar el diálogo bilateral entre la UE y América Latina? ¿Considera que este diálogo se ha estancado en los últimos años?

R. Sobre este asunto de las relaciones entre la Unión Europea y América Latina todavía no he tomado contacto con él, a finales de este mes de octubre haré mi primer viaje a ese continente y allí me empezaré a formar una idea propia.

P. Por último: hace unas semanas tuvimos conocimiento del proyecto de crear un grupo parlamentario bajo las señas de “Más Europa, Más ciudadanía”. ¿Nos podría contar, en líneas básicas, qué modelo institucional y qué modelo de integración defendería este nuevo grupo en el Parlamento Europeo?

R. En efecto tratamos de crear un grupo parlamentario propio en el Parlamento Europeo que asuma las líneas programáticas de Unión Progreso y Democracia pero soy consciente de las dificultades que tengo. De todas maneras esfuerzos no regatearé porque, como decían los latinos, “per aspera” se llega “ad astra”, es decir, por las dificultades se llega a las estrellas, esas que justamente conforman la bandera europea.

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Francisco Sosa Wagner es catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de León. Además de jurista y escritor (su último libro, publicado en 2009, Juristas en la Segunda República, de la editorial Marcial Pons), es experto en política autonómica, contribuyendo en su momento al diseño del modelo autonómico español. En los comicios de junio de 2009 fue elegido eurodiputado como cabeza de lista de Unión, Progreso y Democracia. En el Parlamento Europeo, trabaja como miembro de la Comisión de Industria, Investigación y Energía, así como de las Delegaciones en la Comisión Parlamentaria Mixta UE-Chile y en la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana.

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Nota de la autora: Esta entrevista ha sido incorporada a la página en Wikipedia de Francisco Sosa Wagner.