Hacia una ciudadanía supranacional: ¿Cómo encuadrar la ciudadanía europea en las teorías contemporáneas de la ciudadanía?

This girl protests in Brussels against removing the Flag and Anthem from the European Constitution. "Pro Euro Demonstration". By Rock Cohen.
This girl protests in Brussels against removing the Flag and Anthem from the European Constitution. "Pro Euro Demonstration". By Rock Cohen.

Encarna Hernández Rodríguez

El “retorno del ciudadano” en los años noventa en la teoría política recupera e inmortaliza para el debate suscitado en torno al concepto de ciudadanía un ya clásico ensayo T. H. Marshall, Ciudadanía y clase social, publicado en 1950. La obra de Marshall, que en realidad recoge una concepción de la ciudadanía circunscrita a la experiencia británica de posguerra, define la “ciudadanía” como: “… aquel status que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad”, cuyos “beneficiarios son iguales en cuanto a los derechos y obligaciones que implica.” (Marshall, 1950/1998).

Marshall delimita una triple clasificación de los derechos de la ciudadanía, asignando a cada uno de ellos un periodo formativo en un siglo diferente; a saber: los derechos civiles (s. XVIII); los derechos políticos (s. XIX), y los derechos sociales (s. XX). Tal concepción de la ciudadanía suscita diversas polémicas por su visión “evolucionista” de la adquisición de los derechos –fruto de un “inevitable” proceso histórico-, que obvia su “conquista” a través de la lucha, y también por el lugar que ocupa el principio de “igualdad”.

De hecho, en el debate de la filosofía política sobre el papel del ciudadano en relación con la sociedad y el sistema político, la concepción marshalliana de ciudadanía en torno al eje derechos-igualdad se enmarca dentro de la corriente liberal –que enfatiza los derechos, el individualismo y el lugar secundario de los deberes-, frente a otras teorías de la ciudadanía, como la comunitarista –que sustituye la autonomía liberal por la integración en la comunidad y la búsqueda del “bien común”- y la republicana –que resalta las obligaciones y el deber de participación en la vida pública-.

A medio camino entre el individualismo liberal y la “ciudadanía diferenciada” del comunitarismo, encontramos la idea de “ciudadanía multicultural” que defienden académicos como W. Kymlicka y que, como define el subtítulo de su famoso trabajo, se presenta como “una teoría liberal de los derechos de las minorías” (Kymlicka, 1995/1996).

Estrechamente conectado con la noción de ciudadanía, debemos abordar a continuación el concepto de “nacionalidad”. Los términos ciudadanía y nacionalidad se vienen utilizando indistintamente cuando, en realidad, designan estados y estatutos distintos entre los miembros de una comunidad nacional. Por ciudadanía entendemos la pertenencia de un individuo a un Estado en base a una “posición subjetiva”, en virtud de la cual posee una serie de derechos y obligaciones políticos y civiles (Monzone, 2003: 166). La ciudadanía hace, pues, “referencia a aquel sector entre los ‘nacionales’ que goza del pleno disfrute de los derechos que el Estado reconoce”; es decir, que la nacionalidad designa el “elemento humano del Estado” (Elvira Perales, 2000: 310), pero no implica directamente la participación política (O’Leary, 1996: 6). Tal concepción convierte a la ciudadanía en un concepto “añadido” al de nacionalidad (Elvira Perales, 2000: 310).

Otro debate que afecta a la ciudadanía y a la nacionalidad discurre en torno a la cuestión de los diferentes modelos nacionales de ciudadanía –y, a la postre, de nación-: el modelo francés, basado en una concepción política, en el denominado “contrato social”; el alemán, que atiende al origen cultural; y el anglosajón, que se sustenta en la pertenencia territorial. Estamos, por tanto, ante diferentes concepciones que se refieren al problema de fondo de los “orígenes” (Balibar, 2003: 41).

Como recuerda Brubaker, el concepto de nación francés es, ante todo, “universalista, asimilacionista y centrado en el Estado” y se fundamenta en la unidad política; por el contrario, la nación alemana se presenta como “particularista y orgánica, centrada en el concepto de Volk”, configurando de este modo una comunidad lingüística, cultural y racial –Volk-gemeinschaft- (Brubaker, 1989: 7-8).

Sin embargo, en esta era “posnacional”, y en el marco del desarrollo ulterior de la ciudadanía moderna –ésta, recordemos, nace con la Revolución francesa y las ideas ilustradas-, el desafío más profundo para las cuestiones de la nacionalidad y la ciudadanía, es, sin duda, la construcción de entidades supranacionales, tales como la Unión Europea y, con ella, la propuesta de un nuevo concepto de ciudadanía que abandona las “fronteras” territoriales, políticas, jurídicas, sociales e identitarias del Estado nación: estamos ante el concepto de “ciudadanía supranacional”, que la Unión Europea incorpora a su acquis legal con la creación de una ciudadanía europea en el Tratado de la Unión Europea (TUE), firmado en Maastricht en 1992.

Para O’Leary, el mayor inconveniente para el desarrollo de una ciudadanía comunitaria es que la participación ciudadana está históricamente confinada en el nivel estatal (1996: 21). De forma esencial, el concepto tradicional de ciudadanía se utiliza en referencia a la relación de interdependencia que existe entre el ciudadano y el Estado, siendo ésta, de hecho, la base de numerosas definiciones de ciudadanía (Cotesta, 2002: 1).

Ante tal grado de interdependencia, no es de extrañar que algunos teóricos definan la ciudadanía europea como la “ciudadanía de un no-Estado” (Wiener, 1998). Así, la idea de una ciudadanía comunitaria –la ciudadanía de un ente transnacional que aún no presenta los rasgos típicos de un Estado- puede ser considerada como “una de las formas evolutivas del concepto de ciudadanía” (Cotesta, 2002: 1); como una ulterior evolución de la ciudadanía moderna.

Pero, ¿rompe definitivamente el proyecto de una ciudadanía europea con la tradicional definición de ciudadanía vinculada al Estado-nación? En este sentido, el concepto de ciudadanía de la Unión puede abordarse desde dos perspectivas: la “minimalista” –limita la extensión de los beneficios de cada ciudadano de un Estado miembro a otros Estados miembros- y la “maximalista” –o supranacional, con la asunción de derechos soberanos por parte de las instituciones comunitarias- (O’Leary, 1996: 22). La cuestión es: ¿por cuál de estas dos opciones se apuesta en Maastricht?

La respuesta a esta pregunta parece clara para especialistas en la cuestión como Giesen y Eder (2001) y O’Leary (1996): el Tratado de Maastricht introduce una concepción minimalista de la ciudadanía, ya que la reduce a derechos básicos y la convierte en un derivado o suma de las ciudadanías de los Estados miembros, al sujetar su acceso a la condición de poseer la nacionalidad de un Estado miembro. Como recuerda O’Leary, cada Estado miembro decide el acceso a su nacionalidad –y no existe una armonización al respecto a nivel comunitario, sino distintos modelos- y, por tanto, decide también quién es ciudadano europeo y quién no (1996: 22).

Este “minimalismo legal” acarrea específicas dificultades relacionadas con los derechos políticos de los residentes no nacionales (Giesen & Eder, 2001: 9). Se trata ésta de una problemática que autores como Balibar (2003) definen como el desarrollo de un “apartheid” europeo, en referencia a las nuevas desigualdades que la condición de la ciudadanía europea introduce con respecto a los inmigrantes de terceros países que residen el territorio UE.

Nota: Extracto del libro Acercar Europa a los europeos. Un reto vital (Euroeditions, 2008, ISBN: 978-84-936257-6-4).

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5 thoughts on “Hacia una ciudadanía supranacional: ¿Cómo encuadrar la ciudadanía europea en las teorías contemporáneas de la ciudadanía?

  1. Hay que definirlo todo y que quede claro y sea entendible. Ciudadano Europeo, quien, como, que derechos y que obligaciones, todo tiene que quedar escrito para orientarnos. Quizás lo más complicado esté en que sea entendible y asimilable por los llamados Ciudadanos Europeos.

  2. Las cosas no pueden quedar en el aire, no se trata de escribir sueños, no, se trata de crear leyes y normas desde donde partir. Existe la intención y todos los habitantes de europa debemos conocer que existe la intención. ¿Quien no apoya lo que sabe que le favorece?. Debemos comenzar a aprender, poco a poco, tenemos que empezar por lo sencillo y quizás lo sencillo esté en la intención de crear una Gran Unión de estados llenos de ciudadanos con similar historia e intención de futuro.

  3. Estoy de acuerdo: en Maastricht se optó por una ciudadanía ‘minimalista’. Tal vez en ese momento era lo más apropiado. Pero es que han pasado cerca de 20 años y seguimos en las mismas… ¿o vamos marcha atrás?

  4. Claro, ahí está el tema Emilio, yo esperaba que el proyecto de Constitución Europea incluyera novedades a este respecto, pero incluso en el anteproyecto se creó más confusión con lo de la “ciudadanía dual”. pero así estamos, en pleno siglo XXI y con una configuración de la ciudadanía europea totalmente desfasada.

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