Europa y el euro: las reformas económicas y un futuro común

29 febrero 2012

Ayer tuve la oportunidad de participar en representación de mi partido, UPyD, y junto a representantes de otras formaciones políticas y de la Universidad, en una charla sobre Europa, el Euro y su Futuro, dentro del ciclo “charlas por la libertad de información  y opinión”, una iniciativa interesante que busca incentivar el debate entre políticos, ciudadanos, académicos, etc. sobre diversos temas de actualidad.

Como estaba acompañada por dos economistas en la mesa, que ya iban desde su experiencia a aportar la visión estrictamente económica sobre la crisis del Euro, decidí dirigir mi intervención hacia una perspectiva más política, hacia otras crisis que Europa también vive, o que persisten, y que no ha sabido resolver, y que hacen que la respuesta a esta crisis financiera haya sido más compleja, más lenta, menos ágil.

Tuvimos tiempo, en casi tres horas de debate, no solo de hablar del euro o del futuro de Europa, sino también de cuestiones que preocupan a los ciudadanos en nuestro país, como las cajas de ahorros, las responsabilidades de los políticos cuando despilfarran o realizan una gestión nefasta de los recursos públicos, los acuerdos comerciales con Marruecos que afectan al tomate murciano y algunas cosas más.

Me llevé una sensación, tras finalizar la charla, un tanto extraña. Me explico: por un lado, da gusto ver, tal y como se desarrolló el debate, cómo en este país está desarrollándose una masa crítica de ciudadanos cada vez mayor (importante en una sociedad civil como la nuestra siempre un tanto acomplejada, en general, y demasiado politizada y subvencionada, acorde, seguramente, a unas estructuras políticas también muy conservadoras y resistentes al cambio); pero, por otra parte, me preocupó comprobar que cada vez más ciudadanos dudan de la necesidad de que el proyecto europeo salga adelante (lo ven como parte del problema cuando, en realidad, debería ser parte de la solución a lo que estamos viviendo).

Así que, como la charla se repite el día 13 de marzo (seguramente en la Universidad de Murcia) he dedicido que allí hablaré de por qué necesitamos la UE. De cómo sería nuestra Región, España, Europa y el mundo si la unidad europea no hubiera cuajado. O, mejor dicho,  todo lo que no seríamos sin Europa.

De momento, os dejo con la transcripción de mi ponencia.

 

EUROPA: UNA TRIPLE CRISIS DETRÁS DE LA ECONÓMICA

Me gustaría comenzar diciendo que tenemos una triple crisis en Europa, en la Unión Europea, que afecta a la crisis del euro y al futuro de Europa.  Me refiero a una crisis de democracia, a una crisis de liderazgo político, y a una crisis de confianza por parte de los ciudadanos hacia las estructuras políticas de la UE.

Y esta triple crisis, solo se puede despejar con una serie de decisiones políticas que impliquen: más integraciónsoluciones europeas (porque se ha demostrado que los Estados miembros no son por sí solos capaces de defenderse de una crisis global como ésta); con una reforma institucional que permita que nuestras instituciones comunes puedan reaccionar de forma más rápida, eficaz y autónoma ante las crisis (porque se ha demostrado también que tenemos unas instituciones lentas, demasiado rígidas y dependientes de los Estados miembros, y por ello sujetas a egoísmos nacionales); con unas auténticas instituciones europeas más democráticas  (que permitan que la voluntad popular se vea reflejada en las decisiones que se toman; que la ciudadanía pueda controlar, de verdad, a través de instituciones elegidas democráticamente, lo que se decide; y, por supuesto, que esas instituciones tengan que rendir cuentas).

 

DÉFICIT DEMOCRÁTICO Y REFORMA INSTITUCIONAL: MEDIDAS DE REGENERACIÓN DEMOCRÁTICA

Nosotros, desde UPyD, consideramos que afrontar la reforma institucional es fundamental para poder enfrentarnos a esta crisis económica, y para sentar los cimientos para evitar futuras crisis o al menos poder responder mejor ante ellas.

Y si hablamos de reforma institucional tenemos que referirnos al ya conocido como déficit democrático de la Unión Europea.

¿En qué consiste este déficit democrático de la Unión Europea? Os lo voy a resumir en unos puntos muy concretos. Básicamente es una cuestión relacionada con una serie de vectores de legitimidad que la UE cumple sólo en determinados casos.

Mirad, la Unión Europea básicamente apoya su legitimidad en tres vectores:

1) la UE tiene lo que se llama una “legitimidad legal” que le otorga su constitución, su creación y su desarrollo a partir del Derecho (en palabras más simples, una serie de Tratados constitutivos que fueron signados por los EEMM);

2) así como una “legitimidad indirecta” (derivada de unos Gobiernos nacionales elegidos y que están representados en el Consejo de la UE);

3) y ostenta una “legitimidad llamada tecnocrática”(se deja, se delega en manos de técnicos, muchas decisiones y políticas en base a que eso va a resultar en una eficacia, en mejores resultados).

¿Cuál es el problema?

El problema es de control democrático y de rendición de cuentas. Hay un Parlamento Europeo (que recuerdo, es la única institución elegida democráticamente por los ciudadanos europeos) que aunque se han ido aumentando sus poderes en sucesivas reformas de los Tratados (especialmente en Maastricht y en Lisboa: con más capacidad legislativa, de control a la Comisión, poderes presupuestarios, etc.) no se erige  aún en una auténtica fuente de legitimidad directa, federal, dentro de la Unión.

El Parlamento Europeo no elige a la Comisión, no puede vetar las grandes decisiones (pongo como ejemplo el último nuevo tratado fiscal que se va a firmar sobre el que el PE ha mostrado su desacuerdo, pero sobre el que poco puede hacer frente a las voluntades de los Estados). En realidad, los contrapesos al poder del Consejo son aún débiles aunque se hayan reforzado.

Pero es que además la Comisión, que es un órgano independiente, tecnocrático y alejado del control de los ciudadanos, tiene en su poder el cuasi-monopolio de la iniciativa legislativa en la UE, y resulta que esa legitimidad tecnocrática de la que hablábamos antes es ajena al control político, democrático y a la rendición de cuentas.

Pero hay un problema aún más grave. Y es que la Unión, aunque posee una legitimidad legal, no tiene lo que se llama una “legitimidad de origen”. Esto lo han resaltado muchos analistas europeos. La Unión no se creó en base a una voluntad popular (en realidad es un proyecto fruto del consenso entre élites políticas y a la ciudadanía se le supuso, digamos, un consentimiento tácito, luego hablamos de esto). Y sin esta legitimidad de origen, sin esa aceptación explícita por parte de los ciudadanos, sin un sentimiento de identidad europea que implique una cohesión, la UE lo tiene muy difícil.

Pero es que además, esa legitimidad tecnocrática de la que hablábamos, está supeditada a los resultados. Es una democracia resultadista. Mientras todo fue bien, mientras se creaba bienestar en Europa, no había problema. Pero ahora esto ha cambiado, y nos vemos envueltos en una crisis brutal sin haber cimentado las bases políticas, democráticas y de legitimidad, y de apoyo popular a la UE que nos permitan ahora tomar decisiones que implican, no beneficios como hasta ahora, sino sacrificios y compromisos a la ciudadanía.

En definitiva, para cerrar este capítulo del déficit democrático, nosotros apostamos por una reforma institucional que de verdad dé a la ciudadanía el poder de elegir quién va a tomar las decisiones por ellos y quién va a controlar y exigir cuentas en representación de los ciudadanos.

Esas reformas, para UPyD, pasan, y creemos que son las más lógicas por:

-Un Parlamento Europeo como ÚNICO poder legislativo y que elija y controle (de verdad) al ejecutivo, es decir, a la Comisión Europea (que coordine las principales políticas de la UE que aún se mantienen bajo el control de los Gobiernos nacionales, y que funcione como auténtico gobierno federal).

-Es decir, el PE como eje legislativo, de control y democrático de la UE. Y elegido por sufragio universal en listas desbloqueadas y transnacionales.

-En el ámbito económico, una política fiscal común europea, con la integración progresiva de los sistemas fiscales nacionales y la creación de un tesoro de la UE que sea capaz de intervenir eficazmente en la política monetaria y en las crisis de financiación. Uno de los principales problemas de la actual crisis es que las políticas fiscales de los EEMM estaban descoordinadas entre sí  y con la política monetaria europea.

-Un Banco Central Europeo más transparente.

En resumen, tomar una serie de decisiones políticas, que implican más integración, más democracia, más transparencia, y más tener en cuenta la voluntad de los ciudadanos para elegir quien toma esas decisiones.

Nosotros, desde UPyD, no vemos un futuro sin el euro. Eso haría tambalearse todo el sistema financiero global. Pero entendemos que medidas puntuales, como ese nuevo pacto fiscal, la regla de oro del déficit presupuestario, o los fondos de rescate no son suficientes. Se necesitan medidas de reforma de calado que implican decisiones políticas de mayor integración.

 

CRISIS DE LIDERAZGO

Hay que tomar decisiones. Pero para tomarlas hace falta un liderazgo europeo sólido, valiente y capaz de aportar las soluciones europeas que son necesarias. Los nuevos altos cargos de la UE, lo que nos trajo Lisboa, no han resuelto el problema de liderazgo, me atrevo a decir que lo han empeorado, ni tampoco el eje París-Berlín, Merkel y Sarkozy, constituyen un liderazgo europeo (más allá de sus intereses nacionales) que esté a la altura de la versión europea de líderes del pasado.

Yo no tengo ninguna duda de que Merkel y Sarkozy quieren salvar el Euro, la cuestión está en si vamos a salvar el Euro a costa del bienestar de los ciudadanos. Salvar el euro no puede ser un fin sin sí mismo, ni servir sólo a los intereses de algunas de las partes.

 

CRISIS DE CONFIANZA DE LOS CIUDADANOS EUROPEOS

Y todo esto tiene mucho que ver con la crisis de confianza que se observa en los ciudadanos hacia la Unión Europea y sus mecanismos de respuesta ante la crisis.

Esta crisis de confianza, a mi parecer, viene dada por 3 razones: por la falta de control democrático de las decisiones que se toman; segundo, porque no hay un sentimiento de identidad colectiva “europea”, y tercero, porque los ciudadanos no van a aceptar solo recortes, solo medidas de austeridad, sino que piden también medidas de estímulo económico.

La UE es un proyecto, lo he comentado antes, tremendamente elitista y tecnocrático y el peligro de esta crisis es que se está acentuando ese carácter, en lugar de avanzar en reformas de regeneración democrática.

El problema es que esa estrategia ya no sirve como en las primeras décadas de integración europea, ya no sirve porque ya no hay resultados que vender, sino sacrificios que pedir.

Y aquí hay una cuestión muy importante, y es el carácter principalmente “instrumental” del apoyo que la Unión Europea ha recabado entre los ciudadanos hasta ahora. La ciudadanía apoya la Unión Europea en la medida en que observa unos beneficios derivados de la pertenencia de su país a la Unión, basada sobre todo en épocas de bonanza económica.

Es decir, fue un apoyo “tácito”, que se dio por supuesto, en los primeros años de la integración, que se asentó como “instrumental” mientras las cosas fueron bien, y que ha sido ciertamente “pasivo”, poco informado. Los ciudadanos no mostraban mucho interés por lo que pasaba en la lejana Bruselas.

Pero ahora las cosas han cambiado.

 

CONCLUSIÓN: PELIGROS Y OPORTUNIDADES DE LA CRISIS DEL EURO

Y de esta crisis, con este contexto, surgen una serie de peligros.

1)      El primer peligro es que ese consenso tácito y pasivo de la ciudadanía europea se torne en lo que podríamos llamar un “disenso activo”. Y que de ahí saquen tajada fuerzas políticas (y este es un fenómeno que ya se está desarrollando) que lleven como principal punto de su discurso político su antieuropeísmo.

2)      El segundo peligro es que la UE es lugar de apostar por una visión política europea, por mayor integración, por reformas democráticas, se aísle una mayor tecnocracia que la aleje aún más de los ciudadanos.

Pero también surgen algunas oportunidades.

Y para ejemplificar estas oportunidades, me gustaría citar a uno de los grandes autores europeos, Jürgen Habermas, que a propósito de la crisis del euro escribió que “con un poco de nervio político [es decir, de liderazgo político europeo] la crisis de la moneda común puede acabar produciendo la conciencia, por encima de las fronteras nacionales, de compartir un destino europeo común” (cita del artículo “En el Euro se decide el destino de la UE”, El País, 23 mayo 2010).

Como dijo Honoré Balzac, bastante años antes que Habermas, “en las grandes crisis, el corazón se rompe o se curte”.

Pues para el proyecto Europeo, ésta es la gran crisis, se nos puede romper el corazón con todos esos peligros que se han relatado, y solo podemos curtir nuestro corazón, el corazón de Europa, con una visión política valiente, con reformas de regeneración democrática, con más integración, con más Europa, y por supuesto, sin perder de vista nunca ese horizonte de la Europa federal. 


El Euro: un valor de futuro

28 septiembre 2011

Hace unos días, me pidieron desde la Fundación BBVA y su programa “Valores de Futuro” una reflexión sobre el papel de la moneda, y en concreto del Euro, como elemento simbólico que rodea la construcción de las identidades colectivas, en este último caso, la europea. Aunque no es fácil hablar, en los tiempos de corren, del euro como un “valor de futuro”, no es menos cierto que su puesta en circulación, hace ya casi una década, supuso colocar un elemento tangible de la cooperación europea en la vida cotidiana de todos los ciudadanos de la zona euro.

La crisis del euro, protagonista absoluta del debate en “clave europea” durante los últimos meses, ha supuesto dirigir los focos sobre dos realidades contradictorias: por un lado, la necesidad de estrechar y culminar la gobernanza financiera europea común y, de otra parte, el reconocimiento de los logros de una integración económica que no se han desarrollado de forma pararlela a una integración política aún en ciernes. Carecemos, ante todo, de un liderazgo político genuinamente europeo.

A pesar de todo, la crisis del euro representa una oportunidad para reflexionar sobre los logros alcanzados, sobre los errores cometidos y, sobre todo, para tomar conciencia del destino común que compartimos los europeos. Momentos críticos como éste plantean siempre dos caras: la imprescindible autocrítica, y la toma de conciencia de las oportunidades que están por venir. El valor de futuro que representa la integración económica, con el euro a la cabeza, pasa por aprovechar esas oportunidades. Ya saben, eso que en Maastricht (nacimiento oficial de la unión política y escalón decisivo hacia la culminación de la unión económica y monetaria) se bautizó con el nombre de “Más Europa”, y que, evidentemente, dos décadas después tiene que tener implicaciones mucho más profundas. Nuestro valor de futuro es, sin duda, profundizar en una mayor integración. Seamos constructivos.

Hay que apostar por estos valores sin complejos. Pensemos que, en este reto, los europeos dependemos fundamentalmente de nosotros mismos. Pero, sobre todo, hagamos didáctica europea, necesitamos mucha.

Os dejo un enlace al artículo.


Símbolos cristianos para una Europa laica

30 enero 2011

En el año 2003, cuando se elaboraba la Constitución Europea, uno de los puntos más controvertidos del debate fue decidir sobre la necesidad o la inconveniencia de incluir una referencia al Cristianismo en el texto del Tratado. Los defensores de la referencia cristiana argumentaban, con buena parte de razón, que el Cristianismo era ese tercer pilar (junto a las tradiciones griega y romana) desde el que se había construido la civilización europea, para conformar una identidad europea compartida sobre la base de la filosofía griega, el derecho romano y la teología cristiana.

En realidad, nadie pone en duda que esta “herencia común” ha marcado el desarrollo político, moral y de pensamiento de nuestro Continente. En concreto, el Cristianismo ha sido definido por autores como Irigoyen [1] como “la gran unidad”, en el sentido de que existe una histórica autoconciencia de unos valores compartidos que encuentran su fuente en el Cristianismo [2]. Sin embargo, otros autores como Habermas [3] hablaban de un “patriotismo de la Constitución”, una identidad basada en principios éticos, cívicos y políticos, definida en la práctica de la ciudadanía activa, ejercida en un contexto democrático y en el haz de derechos otorgados por una Constitución, en este caso, la europea. Es decir, una fórmula aún más secularizada que la “religión civil” descrita por Rousseau en El contrato social: una especie de “religión del ciudadano” [4].

Y así fue como en el Preámbulo de la malograda Constitución Europea se excluyó la referencia cristiana sustituyéndola por una Unión Europea que se inspira en “(…) la herencia cultural, religiosa, y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho” [5].

Valores y principios universales para una identidad diversa, dinámica y en constante redefinición y que se construye en el marco de la práctica de la ciudadanía europea activa para una identidad y una unidad de valor democrático y constitucional.

En el texto de aquella Constitución fallida había también referencia a los símbolos de la integración europea (art. I-8): bandera, himno, lema, moneda, Día de Europa… Referencias que fueron eliminadas en la posterior reforma de Lisboa, en la que el Consejo intentó prescindir de todo aquello que “oliera” a Constitución. En realidad, tampoco son pocos los analistas [6] que han criticado esta fórmula de la UE de “europeizar” las identidades de sus ciudadanos, utilizando las mismas fórmulas que el Estado-nación: bandera, moneda, himno, matrículas…. Es decir, una fórmula calcada a la de la identidad nacional que puede no ser aplicable o acertada para caso de la capa identitaria post-nacional.

Todos conocemos la bandera de la UE, que representa un círculo de doce estrellas doradas sobre fondo azul. Aunque quizá algunos menos conozcan lo que significa. La explicación oficial, que encontramos en el Portal Europa, es que “el círculo de estrellas doradas representa la solidaridad y la armonía entre los pueblos de Europa”, mientras que las doce estrellas se explican por el hecho de que “el número doce es tradicionalmente el símbolo de la perfección, lo completo y la unidad”. En realidad, la bandera, que tiene su origen en 1955 en el marco del Consejo de Europa, fue adoptada por las Instituciones de la UE ya en 1985.

Aunque parece que el origen de este símbolo es bien distinto, mucho menos secular y laico, y mucho más cerca de ser una bandera “muy cristiana”. Esta mañana, Europa 451 ha twitteado un artículo de Fenando Navarro publicado originalmente en 2009 y en el que explica precisamente el origen cristiano de la bandera de la UE:

<<(…)el círculo mariano de estrellas que representa la corona sobre el cabello de la Virgen María, madre de Jesús, centro de las religiones cristianas. Y todo sobre fondo de color azul, la tonalidad que también simboliza toda la mitología que rodea la figura de la madre del mesías crucificado. Es más, la bandera la aprobó el Consejo de Europa el 8 de diciembre de 1955, día de la Inmaculada Concepción. Tres días más tarde, el Consejo de Europa inauguró un vitral de la catedral de Estraburgo en honor a la Virgen coronada con una aureola de doce estrellas. Su autor, el diseñador Arsène Heitz ha explicado varias veces la inspiración que tuvo al leer un pasaje del libro Apocalipsisis, del Antiguo Testamento y que se refiere al famoso dogma de la virgen María. Doce apóstoles, doce hijos de Jacob y doce estrellas en la bandera.>>

Si la bandera europea tiene este origen, ¿qué sentido tiene no explicitarlo claramente en la información que sobre este símbolo nos ofrecen las instituciones europeas? ¿Se ha reelaborado una explicación “a la carta” y más acorde con la Europa actual? En realidad, no nos vamos a asustar. El propio Buzek, en su primera intervención ante los eurodiputados tras su investidura en 2009 como presidente de un Parlamento Europeo de mayoría conservadora, no tuvo ningún reparo en exteriorizar de forma explícita símbolos religiosos, entregándole una estatuilla de Santa Bárbara a su predecesor, Hans Gert Pöttering.

Que los símbolos son necesarios y crean identidad no me cabe ninguna duda, que cada uno los puede interpretar a su manera, también. Personalmente, tengo claro lo que la bandera europea significa para mi: progreso, bienestar, igualdad, valores universales, derechos humanos, libertades fundamentales, democracia, diversidad, tolerancia, solidaridad… Estos son los ojos con los que miro Europa y lo que quiero que sea una Europa laica y tan dinámica que hasta sus símbolos evolucionan en su significado (aunque no podamos obviar su origen).

Referencias:

[1] Irigoyen, A. (2006). Europa en la Historia. En J. Jareño Alarcón, & M. A. García Olmo (Eds.), Miradas sobre Europa (pp. 87-111). Murcia: UCAM.

[2] Buttiglione, R. (2002). Esiste un Demos europeo? La Cittadinanza Europea, 2002(1), 25-28.

[3] Habermas, J. (2001). ¿Por qué Europa necesita una Constitución? New Left Review, edición española, noviembre/diciembre, núm. 11, 5-25.

[4] Beriain, J. (1996). La construcción de la identidad colectiva en las sociedades modernas. En J. Beriain & P. Lanceros (Comps.), Identidades culturales (pp. 13-43). Bilbao: Deusto.

[5] Tratado por el que se establece una Constitución para Europa, de 29.10.2004 (DOUE C 310/01, de 16.12.2004). Disponible en: http://eur-lex.europa.eu/JOHtml.do?uri=OJ:C:2004:310:SOM:ES:HTML.

[6] Nettesheim, M. (2004). La ciudadanía europea en el proyecto de Constitución Europea: ¿Constitución del ideal de una comunidad política de europeos? Revista de Estudios Políticos, julio/septiembre, núm. 125, 211-227.


Construir la identidad europea: un reto cultural y democrático

20 enero 2011

La cuestión identitaria es, sin lugar a dudas, uno de los temas más apasionantes y complejos que rodean a Europa y a la construcción europea. Puede que sea relativamente fácil responder a la sencilla pregunta de si nos sentimos europeos. Uno puede decir que se siente o no se siente europeo, que se siente europeo en mayor o menor medida, pero una cuestión más complicada sería responder ¿qué significa sentirse europeo? ¿Qué implica? ¿Qué puede hacer la UE para que nos sintamos más europeos? O, incluso, ¿qué podemos hacer nosotros, como ciudadanos? Aún más complejo es determinar qué identidad , qué modelo de construcción identitaria es viable o puede ser factible para Europa, y qué herramientas desarrollar para potenciar ese sentimiento de identidad colectiva o común.

La cultura juega un papel fundamental como motor de generación de pertenencias, siempre teniendo en cuenta que nuestro continente es un Babel culturalmente hablando, y que esa diversidad es un valor, un elemento que aporta especial riqueza a nuestra cultura.

La identidad europea se configura como un reto cultural, pero también democrático: ¿Qué puede generar más pertenencia, compromiso y solidaridad que sentirse partícipe de algo? La práctica de la ciudadanía europea activa y un marco más democrático y con más oportunidades donde desarrollarse viene siendo, es y va a ser esencial en la construcción identitaria del proyecto de la unificación europea.

De todo esto hablamos y debatimos ayer en el Ateneo de Barcelona, con la Fundación Cataluña Europa, con I. Guardans, Antoni Comín y el público asistente. Os dejo, a todos aquellos que os interese, la presentación (PPT) de mi ponencia. Además, la FCE nos ofrece un estupendo resumen de las intervenciones aquí.

*Fotografía: Fundació Catalunya Europa


Crisis del euro: ¿una oportunidad para la identidad europea?

13 enero 2011

Uno de los aspectos que más ha puesto en duda el desarrollo de una identidad europea compartida es el carácter “instrumental” del apoyo que los ciudadanos europeos otorgan al proceso de la integración europea. Un apoyo basado en los beneficios que las ciudadanías nacionales perciben de la pertenencia de su país a la UE, o al euro, impulsado en buena medida por épocas pasadas de bonanza económica, pero, en definitiva, un apoyo totalmente ausente de un componente identitario de carácter colectivo, denso” y fuertemente cohesionado.

Todo ello no es sino la consecuencia más inmediata de un proyecto comunitario incompleto bajo el punto de vista social y político, y que ha primado una integración económica también incompleta, y cuyas deficiencias han aflorado con la crisis de la eurozona. Esta crisis ha supuesto una prueba de fuego para los mecanismos de respuesta creados en torno a la unión económica y monetaria, pero, sobre todo, han puesto de manifiesto la necesidad de estrechar la cooperación, avanzar hacia un Gobierno económico común, de impulsar el liderazgo político europeo, y, en el plano identitario, de preguntarnos si hemos llegado a un punto de inflexión en el desarrollo de las lealtades y la solidaridad europea: ¿Vamos o no vamos a tirar juntos del carro? ¿Vamos o no vamos a ser capaces de salir juntos de esta? ¿Estamos dispuestos o no los europeos a hacer sacrificios por nuestros vecinos?

Hace ya algunos años, concretamente en 2003, en el contexto de las manifestaciones que tuvieron lugar en toda Europa con motivo de la Guerra de Irak, el diario El País publicaba un artículo de Habermas y Derrida en el que reclamaban una política exterior común para la UE. Para que esta “voz única” de cara al exterior fuera posible, para que los europeos estuviésemos dispuestos a sacrificar ciertos intereses en pos de la “mayoría”, afirmaban los autores, era necesario que existiera un sentimiento previo de identidad europea. Y para que esta identidad cuajara, añadían, se precisaba que los europeos hubiesen compartido “experiencias, tradiciones y logros históricos que motiven una conciencia del destino político sufrido en común y que debe ser diseñado en común”.  Y lo más importante: “Esto sólo podrá resultar de la necesidad creada por una situación en la que los europeos nos vemos dependiendo de nosotros mismos”.

Es decir, un elemento catalizador para relanzar la cooperación europea que haga posible tomar decisiones en común que supondrán ciertos sacrificios, y todo ello gracias a un apoyo ciudadano basado en una densa identidad colectiva. Unos años después del citado escrito, nos encontramos ese elemento catalizador: la crisis del euro. Habermas nos lo volvía a recordar en 2010, pero en esta ocasión refiriéndose explícitamente a la crisis económica y financiera: “Con un poco de nervio político, la crisis de la moneda común puede acabar produciendo aquello que algunos esperaron en tiempos de la política exterior común europea: la conciencia, por encima de las fronteras nacionales, de compartir un destino europeo común”.

Por su parte, los ciudadanos tienen claro que es en la idea de Más Europa donde está la solución al problema, y no en renunciar a los logros conseguidos en sesenta años de integración. Basta echar un vistazo al último Eurobarómetro de otoño 2010 para comprobar que los ciudadanos reclaman un mayor rol de la UE en la gestión de la crisis, más cooperación entre los Estados y una Europa que juegue, como tal, un papel importante, decisivo, en la reforma del sistema financiero global. Los ciudadanos europeos confían en la capacidad de la UE más que en la acción de cualquier otro actor nacional o internacional para dar respuesta a los desafíos económicos que han aflorado en nuestro Continente en 2010.

Esa confianza puede un ser un signo inequívoco de la voluntad de los europeos de hacer un esfuerzo común y de compartir los logros que están por llegar. Los ciudadanos, lejos de pedir repliegues soberanistas, piden a la UE que actúe, y que lo haga unida. ¿Estarán los líderes europeos a la altura de la que puede ser la gran oportunidad para la identidad europea?

Tal y como afirma Paul Krugman en un excelente artículo publicado en The New York Times (y que os invito a leer), si la UE tiene que renunciar al euro, será un golpe irreversible para las esperanzas de una auténtica Europa Federal: “So will Europe’s strong nations let that happen? Or will they accept the responsibility, and possibly the cost, of being their neighbors’ keepers? The whole world is waiting for the answer”.

 

*Fotografía: Servicio Audiovisual CE (2004)

*Agradecimientos a la profesora Paulina Astroza por la recomendación del artículo de Krugman.


Ciudadanía múltiple europea

20 abril 2010

La participación ciudadana fue definida desde el principio como una de las principales apuestas de la Presidencia española de UE. Se trata de un ambicioso objetivo que se configura como uno de los déficit (democráticos) históricos de la integración europea.  El pasado 9 de abril, en el programa Europa 2010 de TVE, tuvimos la suerte de disfrutar de una estupenda entrevista con Susana del Río, miembro del Comité de Expertos de la Comisión Europea en materia de comunicación y participación de la sociedad civil. El tema central de la entrevista fue precisamente las posibilidades de participación de la ciudadanía en la UE, con la puesta en marcha de la nueva Iniciativa legislativa ciudadana como telón de fondo.

Europa 2010. Entrevista a partir del minuto 13

Durante la charla, la Dra. Del Río hizo hincapié en algunas ideas que merece la pena destacar y comentar en mayor profundidad. Para empezar, partimos de una idea básica: Europa no se puede hacer sin los ciudadanos. “Europa son sus ciudadanos. La UE es un proyecto de ciudadanía, de valores y de participación”. Hoy por hoy, no cabe duda que la construcción europea no puede avanzar sin la participación de los ciudadanos. Aunque no siempre fue así. Es cierto que comenzó como un proceso tecnocrático y elitista que obvió, en pos de la maquinaria de la integración, la consulta a la ciudadanía en sus primeros pasos.

Todo el proceso que rodeó la redacción de la Constitución europea fue un giro en este sentido: la Declaración de Laeken (y la definición de un reto interno y democrático esencial para la Unión, que no era otro que reducir la brecha con la ciudadanía); el método de la Convención constitucional (con una amplia participación de la sociedad civil); los noes en Francia y Países Bajos (que llevó a reafirmar el papel central de la ciudadanía europea y la necesidad de avanzar en la información y conocimiento sobre la UE).

La Europa cotidiana, la Europa que nos rodea, es otra de las ideas que salieron a colación en la entrevista. “Los ciudadanos, muchas veces, están participando en Europa sin saberlo. Desde que nos levantamos, hasta que nos vamos a descansar, Europa está ahí. El problema es que los ciudadanos aún no conocen el poder de la UE en su día a día”. ¿Son los ciudadanos conscientes de la influencia de Europa en sus vidas y de su papel en la construcción europea? Desde que nos levantamos: consumimos productos que llevan un marcado CE; los pagamos con la moneda común europea; llevamos a nuestros hijos a un colegio que probablemente ha sido construido o reformado con fondos europeos; acudimos a un centro de salud que ha sido posible gracias a estos mismos fondos; nuestra agua corriente puede que haya sido depurada en una instalación también bajo el paraguas FEDER; la carretera por la que circulamos; el viaje que programamos por Europa para nuestras vacaciones (¿quién se acuerda ya de los pasaportes?), y así hasta un largo etcétera.

Y los ciudadanos ¿cómo construimos Europa? No sólo votando en las elecciones al Parlamento Europeo, desde luego, también con gestos como buscar información, leyendo este blog en este preciso momento, dejando un comentario. Con cosas tan simples como ésta. Como esa Europa cotidiana que rodea nuestro día a día y en la mayoría de ocasiones no nos detenemos un segundo a pensar para percibirla. ¿Cómo despertamos esa sensibilidad europea? Susana del Río habla de información constante, de esa “lluvia fina” que va calando en la sensibilidad de la ciudadanía.

Hay un tercer concepto que me gustaría comentar en profundidad, por ser uno de mis preferidos. El de “ciudadanía múltiple” y “múltiples ciudadanías”. Esas ciudadanías que viven y conviven en Europa en un contacto enriquecedor. Es, esencialmente, esa visión multicultural de la ciudadanía europea, pero también el enfoque de la posibilidad de que existan múltiples pertenencias en un proceso de construcción identitaria que hace posible pensar y hablar de una identidad europea, en el sentido de valores compartidos, pero también de contacto intercultural enriquecedor y de un proyecto de participación interconectado y transnacional.

Aunque en muchas ocasiones se ha hablado (y proyectado desde las propias instituciones europeas) de un modelo de ciudadanía europea basado en la herencia cultural, pues no cabe duda que están asentados los rasgos de una cultura común europea en la democracia, la justicia o los derechos humanos, esta perspectiva debe aclimatarse y convivir con una realidad palpable en Europa: la sociedad multicultural.

Si proyectamos la identidad europea básicamente en el nivel de la cultura compartida, estamos negando un rasgo fundamentalmente distintivo de nuestra identidad: la diversidad. Estamos, en definitiva, limitando y poniendo barreras a la rica identidad cultural europea.

E. Balibar, en su libro Nosotros ¿ciudadanos de Europa? (2003) nos habla de una nueva ciudadanía posnacional debe entenderse como una “pertenencia no exclusiva”, abierta, de reconocimiento de la diversidad cultural europea. Otro clásico, Martiniello (Salir de los guetos culturales, 1998), afirma que lo esencial es desarrollar modelos de identificación que sean válidos para todos y permitan así una combinación de la identidad nacional y cultural con la nueva identidad supranacional, que debe ser abierta, flexible y dinámica.

Si buscamos un modelo de identidad europea inclusiva, compatible con las identidades personales, grupales, nacionales, regionales o locales preexistentes, nos estamos refiriendo a modelos de construcción de la identidad que afrontan ésta desde una perspectiva “multinivel” o “relacional”, es decir, lo que se ha definido como  “ciudadanía múltiple” o “múltiples pertenencias” (autores como Martiniello, 1995; Heater, 1990; Barthélémy, 1999; Ryba, 1999; Leclerq, 1999; Schnapper, 2000; Maalouf, 1999; Smith, 1992).

Como recuerda Heater en su ya clásico ensayo Citizenship (1990), los individuos pueden tener múltiples identidades cívicas y sentirse sujetos de múltiples lealtades sin que sean incompatibles. La identidad personal está compuesta de múltiples pertenencias –“identidad multidimensional”- o distintos niveles de identidades que no se excluyen mutuamente: identidad cultural, de género, familiar, nacional, religiosa, étnica, etc. Como nos recuerda Maalouf en su obra Identidades asesinas (1999), se puede plantear de este mismo modo la identidad europea: “forjar la Nueva Europa es forjar una nueva concepción de la identidad”.

Una nueva forma de identidad y una nueva forma de participar. Para ello, como afirma la Dra. Del Río, “Europa debe ser valiente”; también los ciudadanos deberán serlo para acoger el reto de la participación.


¿Existe un pueblo europeo?

10 abril 2010

Por Encarna Hernández

El Tribunal Constitucional alemán, en su Sentencia relativa a la ratificación del Tratado de Maastricht (BVerfGE 89, 115) concluye que el proceso de la integración europea configura una Unión de Estados a través de Tratados que en ningún caso avanzan en la constitución de un único Estado europeo soberano cimentado a su vez en un “pueblo” europeo. De este modo, la legitimidad sólo puede ser proporcionada por los Parlamentos Nacionales, representantes de un demos cuya existencia es una condición para la democracia. Bajo esta circunstancia, el Parlamento Europeo –que no representa a ningún pueblo europeo- no puede erigirse en solución para el “déficit” democrático de la UE, siendo la cooperación intergubernamental el único margen legítimo para la toma de decisiones.

La tesis del “no-demos” de la Corte Federal emerge en coherencia con la tradición constitucional alemana que identifica el concepto de demos con el de ethnos: Volk, nación, Estado y ciudadanía se presentan como una unidad (Von Beyme, 2001: 61-62; Weiler, Haltern & Mayer, 1995). Como recuerda J. H. H. Weiler, uno de los exponentes académicos más críticos con la sentencia del BVerfGE, tal interpretación está basada en dos ideas fundamentales: en primer lugar, una concepción del “pueblo” definida en su componente subjetivo –sentido de cohesión social, destino común e identidad colectiva, a su vez enraizado en condiciones objetivas u orgánicas, referidas a la existencia de una historia, cultura, origen étnico, religión y lenguaje comunes; en segundo lugar, la creencia de que el “pueblo” precede histórica y políticamente al Estado moderno (Weiler, 1995; Weiler, Haltern & Mayer, 1995).

El argumento central para determinar que no existe un “pueblo europeo” y, en su ausencia, tampoco una “democracia europea”, es el chequeo empírico de una previa realidad nacional en el sentido étnico y cultural y bajo la exigencia de un alto grado de homogeneidad: es decir, que el proceso de integración europea no puede desembocar en la creación de un “macro-Estado”, porque la Unión Europea no es una “macro-nación” (Díez-Picazo, 2002: 71). En la tradición nacional alemana, el Estado es sólo la expresión política de una nacionalidad conformada como identidad casi “primordial” (Weiler, 1995; Weiler, Haltern & Mayer, 1995).

El concepto de “pueblo” abarca dos dimensiones que se identifican, por un lado, con el concepto de ciudadanía –demos- y, por el otro, con la noción de identidad étnico-cultural -ethnos-; o lo que es lo mismo: la “nación cultural” alemana y la “nación política” francesa. Las dos caras de la identidad nacional –si se prefiere, los dos conceptos de “pueblo”- integran: el “ideal típico” de la ciudadanía, donde el demos se sitúa en un nivel político como el portador de los derechos políticos, y el “lado arquetípico” de la identidad étnico-cultural, donde el ethnos representa la unidad étnica, cultural o socioeconómica. (Beriain, 1996: 30).

Como recuerda R. A. Dahl, la noción de “pueblo” en la teoría democrática recoge una doble ambigüedad que atiende, en un sentido, a la usual suposición de su existencia como un hecho, como una creación histórica y, en otro aspecto, a su sentido político: “como un grupo de personas que en rigor deberían autogobernarse en el seno de una entidad política”. La crítica de Weiler a la decisión de Maastricht se centra precisamente a la necesidad de entender el “pueblo” a través del concepto de ciudadanía, separando los componentes de ethnos y demos: la pertenencia a un régimen –la Unión Europea- se definiría de este modo en términos cívicos, aunque no totalmente aislados de axiomas referentes a un sentimiento europeo cohesión social e identidad común, presentes, aunque de forma débil (Weiler, 1995; Weiler, Haltern & Mayer, 1995).

En el lado opuesto, los defensores de la “tesis del no-demos” afirman que la construcción europea se caracteriza por la imposibilidad y la necesidad de “inventar de forma colectiva una nueva figura de pueblo” que conjugue sus dos dimensiones: ethnos y demos (Balibar, 2003: 29). La propuesta de Weiler y sus colegas  recibe, en este punto, su propia refutación: en la realidad, los Tratados están lejos de suponer un “contrato social” a la francesa entre los ciudadanos europeos; y será así mientras en el seno de la Unión no se celebre un auténtico proceso constituyente en el que la ciudadanía “europea” participe de forma activa e informada en el debate sobre cuestiones concretas que afecta a la Comunidad (Cabellos Espiérrez, 2001: 402).

La idea de la necesidad de la definición normativa de la Unión a través de un texto constitucional encuentra en la figura de J. Habermas a uno de sus máximos defensores. El filósofo alemán propone construir la identidad europea a partir de un proyecto constitucional que afirme los cimientos para la práctica de una ciudadanía democrática, objetando al mismo tiempo una tesis del “no-demos” europeo que se asienta, según él, en la extendida confusión entre “nación de ciudadanos” y “comunidad étnica”.  Como contrapartida, apuesta por un concepto de “nación cívica” de “carácter voluntarista”; por una idea de identidad colectiva “que existe sin ser independiente ni anterior al proceso democrático del que surge” (Habermas, 2001: 15).

La connotación étnico-cultural del concepto de demos es, de hecho, abandonada por el discurso europeo en el proyecto de Tratado por el que se establece una Constitución para Europa, firmado en Roma el 29 de octubre de 2004. El texto establece en su artículo I-1.1 que “la presente Constitución nace de la voluntad de los ciudadanos y de los Estados de Europa [no de los “pueblos”] de construir un futuro común”. Tal declaración significa que la formación de la voluntad popular no será por la vía de una identidad colectiva a modo “pueblo” en el sentido étnico-cultural, sino que se constituirá “en una conciencia pública fomentada, compartida y construida democráticamente” como base de legitimidad. (Sánchez Meca, 2003a: 71).

La esencia del argumento del Tribunal Constitucional alemán sobre la legitimidad de la Unión radica en el hecho de que la democracia no puede funcionar sin la suficiente “base popular”. Esta idea, sin embargo, cabe interpretarse en un sentido alejado de las connotaciones etno-culturales: la condición objetiva debe ser la existencia de “una opinión pública, informada y libre.” (Díez-Picazo, 2002: 70). El debate en torno a la existencia de un “pueblo” europeo conduce, de este modo, hacia tres aspectos fundamentales del proyecto de la integración europea: la existencia de una sociedad civil y una esfera pública europeas y, a través de ellas, la construcción de una Unión más democráticamente legítima, transparente y cercana a los ciudadanos.

El crecimiento de una sociedad civil europea es identificado por académicos como W. Wallace con el proceso de “integración informal”, sin intervención institucional: libre mercado, tecnología, redes de comunicación e influencia de los movimientos sociales, religiosos y culturales (Wallace, 1990: 54). En el lado opuesto, teorías como la de S. Tarrow (1994), se basan en la idea de que los movimientos sociales sólo pueden llegar a ser transnacionales si las instituciones de tal entidad proveen identidades, objetivos y oportunidades políticas en el mismo nivel en que lo hace el Estado-nación. Para otros analistas, los obstáculos evidentes para el desarrollo de una sociedad civil a nivel europeo estriban, entre otras causas, en la propia contradicción de la política europea, que tiende a seguir la lógica de los intereses nacionales, contraviniendo así la retórica en torno al interés común (Pérez Díaz, 1994: 17; 1997).

Frente al escepticismo de una parte de la doctrina, otros académicos abogan por la existencia de una emergente sociedad civil, con la actividad de ONGs, del mercado o la libre circulación de personas e ideas (Closa, 2001: 187). En este sentido, Habermas defiende que es posible la emergencia de una sociedad civil europea a partir del poder “catalítico” de una Constitución, ya desde el debate suscitado a escala transnacional –que no supranacional- por el propio proceso de elaboración del texto. Para el autor, el centro de la política se desplazaría hacia los centros europeos, más allá de la ya influyente presencia en Bruselas de lobbys y fuerzas económicas, sobre todo a través de partidos políticos, sindicatos, asociaciones cívicas, movimientos sociales y “fuerzas de la calle”, de iniciativas ciudadanas de acción conjunta (Habermas, 2001: 16-17).

La existencia de una sociedad civil fuerte, articulada en una pluralidad de instituciones sociales, es el requisito indispensable para que exista una opinión pública (Díez-Picazo, 2002: 71). Una esfera pública europea, tal como la entiende Habermas, en el sentido de “esfera de opiniones públicas” transnacional (Habermas, 2001: 17) o como la define Somers, configurada como “contested participatory site”[1], (Somers, 1993: 589), es ya una realidad existente para muchos especialistas, al menos “in fieri”: es decir, la existencia de una creciente circulación de información y opiniones a nivel comunitario acerca de los grandes problemas europeos (Díez Picazo, 2002: 71). Para Closa, sin embargo, el problema es la ausencia de componentes básicos esenciales en ese espacio público, tales como un sistema de partidos organizado, medios de comunicación europeos, amplio discurso europeo sobre asuntos clave, etc. (Closa, 2001: 189).

Para Habermas, la clave de la construcción de esa “esfera de opiniones públicas europea” es que no surja de la proyección del diseño ya establecido a nivel nacional, sino que emerja, al contrario, “de la apertura mutua de los universos nacionales existentes, que dará paso a una interpenetración en las comunicaciones nacionales, recíprocamente traducidas.” La agenda pública europea se incluirá, así, en cada una de las opiniones públicas de los Estados miembros, a través de una interrelación adecuada. (Habermas, 2001: 17).

Este espacio público se configura, sin lugar a dudas, como un lugar para el desarrollo de la ciudadanía europea. De hecho, la ciudadanía de la Unión debe ser la “piedra fundadora” en el proceso de construcción de una sociedad civil y una esfera pública europeas (Closa, 2001: 199). En este sentido, no hay que olvidar que una de las objeciones que los teóricos sostienen para negar la existencia de un pueblo, una sociedad civil y una esfera pública europeos es, precisamente, la inadecuada progresión de la construcción europea hacia la ciudadanía y la propia configuración legal de ésta. Como recuerda P. Biglino, la cuestión de las limitaciones legales de la ciudadanía europea –restringida a derechos políticos referidos a una institución intrínsecamente débil como el Parlamento europeo- se conecta con otra cuestión más amplia: el déficit democrático de la Unión Europea (Biglino, 1995: 8).

En este sentido, si democratización de las instituciones europeas contribuirá la consolidación de un “pueblo transnacional”, es preciso, sin embargo, avanzar un paso más allá de la configuración del mero estatus legal de la ciudadanía europea: no basta con el reconocimiento legal de derechos políticos y deberes cívicos para construir un sentimiento de identidad y cohesión en torno a condiciones objetivas-valores europeos, sino que se exige también un espacio donde puedan ser ejercidos: “una práctica de participación en instituciones políticas que sean percibidas como determinantes en la vida de los ciudadanos” (Díez-Picazo, 2002: 63).

Creo que ya hemos utilizado en este blog esta expresión alguna vez, pero no está de más recordarla… <<La construcción de la “Europa de los ciudadanos” pasa por ser un proceso de legitimación institucional a través de la apertura, el debate público, la inclusión social y la participación civil.>> Terminamos con una pregunta… ¿conseguirá la nueva Iniciativa Ciudadana Europea contribuir a la construcción de esa esfera pública genuinamente transnacional… y legitimadora?


[1] “(…) contested participatory site in which actors with overlapping identities as legal subjects, citizens, economic actors, and family and community members… form a public body and engage in negotiations and contestation over political and social life.” (Somers, 1993: 589).


Símbolos de la integración europea

12 marzo 2010

Encarna Hernández

Aumentar el sentimiento de pertenencia a la Unión Europea y el diálogo entre las distintas culturas de la Unión: tal es el objetivo de una propuesta de Decisión de la Comisión Europea para establecer, a nivel comunitario, un “Sello de Patrimonio Europeo”, que busca realzar el valor festivo, simbólico, histórico, cultural, turístico y educativo de lugares que ocupan un lugar importante en la historia de la integración o que destacan por representar los valores democráticos y humanos que sirven de base a la construcción europea.

La propuesta se basa en una iniciativa intergubernamental que fue puesta en marcha en 2006 por diecisiete Estados Miembros, y que ahora, previa aprobación mediante el proceso de codecisión por parte del Consejo y del Parlamento Europeo, se extenderá a toda la UE a partir de 2011 o 2012, fortaleciendo en mayor media el rico y diverso patrimonio cultural europeo con el reconocimiento del sello en toda la UE, con recursos propios (un presupuesto inicial anual de 925.000 euros) y con criterios definidos a nivel comunitario.

En virtud de dicho acuerdo interestatal ya han recibido el sello en los últimos cuatro años un total de 64 lugares, entre los que destacan, por su valor simbólico europeo, la casa en Lorena de Robert Schuman (uno de los padres impulsores de la integración europea), la Acrópolis de Atenas (uno de los pilares de la cultura europea), la plaza del Capitolio de Roma (enclave de nuestra historia) o los Astilleros de Gdansk, en Polonia, cuna del sindicato Solidaridad, representante de una historia europea más contemporánea.  Cada uno de estos parajes deberá ser evaluado de nuevo (la Comisión prevé revisiones periódicas) para comprobar que se ajustan a los criterios establecidos por la nueva propuesta de Sello.

Casa de Robert Schuman

¿Cuáles son esos criterios? La Comisión entiende que la belleza o calidad arquitectónica no será un baremo fundamental, sino más bien su importancia en la historia de la Unión Europea, su valor simbólico y educativo. Algo que distingue esencialmente este sello de otras listas de patrimonio cultural como la de la UNESCO o la del Consejo de Europa. De lo que se trata es de otorgar más visibilidad, credibilidad y prestigio al patrimonioio cultural de la Unión, bajos unos genuinos criterios que buscan ahondar en el sentimiento de identidad y de ciudadanía europea poniendo en valor lo que tenemos en común (un proyecto de integración, los valores democráticos y humanísticos) y valorizando igualmente nuestra diversidad (entendida ésta como patrimonio cultural y social).

Pueden engrosar esta lista monumentos, paisajes urbanos o naturales, lugares históricos, así como bienes tangibles e intangibles. En España, gracias al acuerdo de 2006, contamos con cuatro lugares que ya ostentan el Sello de Patrimonio Europeo; a saber: el Archivo de la Corona de Aragón; el Monasterio Real de Yuste; el Cabo de Finisterre; y la Residencia de Estudiantes de Madrid.

A partir de ahora, cada Estado podrá proponer un máximo de dos candidaturas por año, de entre las que se elegirá una de ellas. ¿Por qué monumento o lugar apostarían? Desde aquí queremos lanzar algunas propuestas: como símbolo de nuestra pertenencia a la Unión, se podría proponer el Palacio Real de Madrid, en cuya Sala de las Columnas se firmó el Tratado de Adhesión en 1985. El mar Mediterráneo podría también ostentar ese sello cultural europeo, como lugar de transito, intercambio y diálogo cultural histórico, y también como forma de vida y cultura, con sus particularidades, de los países que son bañados por él.

Salon de l'Horloge

Algunas propuestas de recorrido profundamente europeísta serían aquellos lugares que conformarían una especie de “ruta de los Tratados”: aquí encajarían ciudades como Roma, Maastricht, París, Niza, o Lisboa. Los Tratados comunitarios (y sus precedentes) tienen en común que se firmaron en auténticas joyas arquitectónicas. Ahí tenemos el Salón del Rejoj del Quai d’Orsay (París), donde se leyó una Declaración histórica por parte de Robert Schuman, acompañado de Jean Monnet, y que significó el precedente inmediato de la firma de la CECA. Los Tratados de Roma, hitos en la constitución de la Unión, en el Palacio de los Conservadores del Capitolio. O la rubrica más reciente, estampada en el marco incomparable del Monasterio de los Jerónimos de Belén. Todos ellos podrían ser perfectos candidatos al Sello del Patrimonio Europeo.


¿Por qué no nos sentimos europeos?

7 enero 2010

Encarna Hernández

A cada estudio de opinión pública que ve la luz, nos volvemos a encontrar con la misma situación: la desafección, desinterés y desconocimiento de los ciudadanos para con la Unión Europea. El último barómetro del CIS, realizado además en el contexto de la presidencia española de la UE, nos deja un titular no menos demoledor por esperado: la mitad de los españoles no están interesados en la Unión Europea. Más del sesenta por ciento se considera poco o nada informado al respecto de estos asuntos. Sin embargo, ven con buenos ojos la pertenencia de nuestro país a la Unión, estimándolo como algo ventajoso.

Hablamos de datos que nos introducen en cuestiones que tienen que ver con lo que se ha venido a identificar como el desgaste del “consenso permisivo” de las opiniones públicas nacionales hacia el proceso de la integración europea. Este desgaste del consenso está intimamente relacionado con el descenso del apoyo popular hacia la UE, visible especialmente desde principios de los noventa. Hablamos, en todo caso, de un apoyo que tiene dos dimensiones: una de tipo “instrumental” y otra de cariz “identitario”.

Dicho de otra forma: los ciudadanos observan las ventajas de la pertenencia de su país a la UE, pero no existe la sensación de una necesaria solidaridad entre los Estados y los pueblos, en ausencia de un denso sentimiento de identidad colectiva. En resumidas cuentas, Europa se atisba como un “servicio”, como un “derecho”, pero sin que ello necesariamente tenga que conllevar ningún tipo de sacrificio u obligación. Pero, comencemos por el principio…

Hasta principios de los noventa, el proceso de la construcción europea está dirigido por las elites políticas pro-europeas del Continente y se lleva a cabo al margen de las opiniones públicas nacionales. Durante cuatro décadas, los gobiernos de los Estados miembros asumen una especie de “consenso tácito” de los ciudadanos europeos para con la maquinaria de integración. Se ponen en marcha iniciativas y políticas, y se toman decisiones en nombre de una ciudadanía que hasta entonces no participa en el proceso.

Aquel “consenso permisivo” (“permissive consensus”) de los ciudadanos para con la integración europea significa que el “consenso” no es explícitamente demandado, y se asume que existe por parte de unos Gobiernos nacionales que aún conservan altos niveles de legitimidad.

Jean Monnet: el "padre" del método

Los fundadores de Europa apuestan por un método de integración funcionalista (el conocido como método de los “pequeños pasos”, ideado por Monnet), tecnocrático y elitista, que permite así avanzar en el proceso de construcción europea. Esta estrategia, en las primeras décadas de la integración, se revela sin duda pragmática, aún a costa de minimizar el componente democrático del proyecto.

Sin embargo, el “pecado original” de la UE, el hecho de que no se consulte a los ciudadanos sobre su creación, se configura como una cuestión cada vez más compleja, en particular conforme la Unión amplia sus competencias sin que de forma paralela se  atienda a cuestiones relacionadas con la legitimidad democrática, especialmente en aquella que concierne a la representatividad y a la rendición de cuentas, y en el marco del laberinto burocrático que conforman las instituciones y órganos de la Comunidad Europea.

Es en los años setenta cuando aparece publicado el primer análisis serio sobre el apoyo popular a la integración europea en sus primeras décadas de vida, así como sus perspectivas de futuro. La tesis de Lindberg y Scheingold (1970) describe Europa como una empresa tecnocrática y elitista, y que se asocia desde el principio a la idea de planificación económica. Su centro de gravedad se extiende en torno al binomio económico y del bienestar, y en concreto al bienestar material. Los autores hablan de un proceso de integración económica que se asocia a una nueva forma de hacer negocios y a un nuevo estilo de vida.

Para ambos autores, que analizan datos de estudios de opinión pública publicados hasta finales de los sesenta, el apoyo que de forma cada vez más perceptible recibe el proceso de integración europea desde finales de la década de los cuarenta hasta finales de los sesenta obedece a incentivos de tipo económico: es decir, era un apoyo de tipo “utilitario”, basado en algunos intereses percibidos y relativamente concretos. Si para las elites participantes en la construcción europea ha sido relativamente fácil en el pasado movilizar apoyo para proyectos de tipo económico, las perspectivas para el futuro continúan siendo favorables si se extienden y asocian a la Comunidad los valores materialistas y de clase media.

Aunque la tesis más interesante de Lindberg y Scheingold gira en torno al desarrollo de un “consenso permisivo”, noción que simboliza un apoyo hacia la CE entre elites no participantes y público y que es asumido como una especie de factor constante. Los autores llegan a la conclusión de que la opinión pública no juega un rol fundamental en el proceso de integración. Más al contrario, la Comunidad  se considera como un sistema en el cual el crecimiento depende principalmente de la interacción entre las elites participantes.

En este sentido, el análisis del apoyo público hacia “Europa” y de la participación ciudadana en relación al concepto de “consenso permisivo” en la segunda mitad de los ochenta, lleva a la Comisión Europea a concluir que en la mayor parte de las ocasiones y en la mayoría de los Estados miembros, “el consenso sobre Europa o sobre la idea de más Europa, es más permisivo y benevolente que exigente y desafiante (Standard Eurobarometer 27, 1987, June). Estamos, pues, ante un apoyo público que se extiende, pero que se caracteriza por su inactividad-pasividad política.

Dos jóvenes parisinos celebran el "sí" a Maastricht

¿Está entonces la opinión pública europea condenada a jugar el rol pasivo que se asocia a un concepto como el de “consenso permisivo”? En realidad no, y los sucesivos procesos de ratificación de los Tratados a partir de los años noventa (Maastricht, Niza, la Constitución Europea) ponen sobre el tapete no sólo la erosión de ese “consenso” popular, sino también la importancia de las actitudes públicas para influenciar el proceso de la integración europea.

Lo cierto es que la investigación en teoría de las relaciones internacionales tarda muchos años en contemplar el factor “opinión pública”. El dominio de la elite en la perspectiva “neo-funcionalista” (dentro de la teoría de la integración política) continúa hasta la profunda revisión que tiene lugar a principios de los setenta. En una obra colectiva publicada en 1971 (Lindberg & Scheingold, 1971), Haas y Schmitter contribuyen ahora al redescubrimiento de la opinión pública. Ambos incluyen en esta ocasión las percepciones de las masas y referencias a datos de opinión pública para explicar el desarrollo de los procesos de integración. Actualmente, la idea de que la opinión pública y las actitudes de los ciudadanos codeterminan la velocidad de la integración europea y contribuyen a definir la naturaleza y forma de la unión política está más que asumida.

Como recuerda M. Gabel (1998), uno de los prominentes teóricos de la relación entre apoyo y factores económicos, la influencia de las actitudes públicas (en particular del apoyo) en el camino de la integración europea se puede apreciar de forma específica en los referendos celebrados en los Estados miembros: ¿Acaso el “no” danés de junio de 1992 no modifica y condiciona en última instancia la reforma institucional de la UE?

Sería un año antes de los ensayos revisionistas de Haas y Schmitter, cuando Lindberg y Scheingold (1970) publican el citado trabajo que realmente se concentra en el análisis del apoyo de la opinión pública hacia la integración europea, de forma paralela al estudio del crecimiento del propio sistema político comunitario. El estudio no sólo se concentra en el análisis de las orientaciones hacia el sistema político, sino que mide también los indicadores de solidaridad entre los pueblos. En concreto, lo que ellos denominan una segunda dimensión del apoyo, y que concierne al crecimiento de la comunidad social.

Los autores dividen en dos las dimensiones del apoyo: un apoyo de tipo “utilitario”, de carácter instrumental, hace así referencia a la evaluación por parte de los ciudadanos de la empresa comunitaria en términos de costes y beneficios de bienestar. Por el contrario, el concepto de apoyo de tipo “afectivo” se mide a través de sentimientos de identidad europea y de confianza entre los pueblos y hacia las instituciones comunitarias.

Estas dos dimensiones del apoyo se identifican con la división establecida por D. Easton (1965) entre “apoyo específico” y “apoyo difuso”. El “apoyo específico” está relacionado con las acciones y transformaciones del Gobierno o de las elites políticas, y supone un objeto-específico en dos sentidos: en primer lugar, porque normalmente se aplica a las evaluaciones de las autoridades políticas, y en menor medida al régimen y a la comunidad política; en segundo lugar, porque se basa en las políticas actuales y estilo general de las autoridades políticas. Por su parte, el “apoyo difuso” se sostiene “independientemente de las ventajas específicas que el miembro juzga que le reporta pertenecer al sistema.”

Los dos conceptos de apoyo a la CE aportados por Lindberg y Scheingold coinciden igualmente con las dos dimensiones de la legitimidad que establece F. W. Scharpf (2000). El “apoyo difuso” (o legitimidad orientada hacia el “proceso” democrático) quedaría excluido en la Unión Europea a partir de la ausencia de una “densa identidad colectiva”.

La conclusión a la que llegan Lindberg y Scheingold es que, a excepción de los vínculos utilitarios que sugieren los datos relativos al mercado, hay escasa evidencia de una solidaridad real entre los pueblos. Las perspectivas para el futuro son sin duda positivas: si prevalece un clima de armonía social y se extienden los valores de clase media, el apoyo debe con toda probabilidad continuar creciendo como lo ha hecho en el pasado.

El “consenso permisivo” puede, sin embargo, verse puesto en peligro en lo relacionado con la legitimidad y relevancia de las actividades de la Comunidad. La legitimidad se acumulará despacio y de forma irregular, mientras el refuerzo de la relevancia de las tareas manejadas a nivel europeo puede conducir a la movilización política de unas elites no participantes y un público de masas que adoptan un rol activo.

¿No es exactamente esta situación la que se vive en Maastricht o con la Constitución? Ambos Tratados aceleran de forma significativa la naturaleza del proceso de integración y las responsabilidades comunitarias ¿No alteran estas circunstancias los cálculos del público sobre los costes y beneficios de la pertenencia a la Comunidad?

Hasta que la llamada “crisis de Maastricht” sobreviene, las teorías utilitaristas copan las conclusiones de los estudios sobre el apoyo hacia la integración europea. Según estas teorías, el apoyo derivado de los factores económicos no se traduce en un deseo de realizar sacrificios por otros Estados miembros en lo que se refiere a las dificultades económicas, aunque las predicciones de cara al crecimiento del apoyo hacia la CE son sin duda favorables.

Nada más lejos de la realidad. Después de superar los difíciles años setenta, con dos crisis petroleras y el impacto interno que supone la primera ampliación, con el subsiguiente declive de la tendencia al alza del apoyo popular en la década anterior, la gradual recuperación que se observa en los distintos estudios del Eurobarómetro durante los ochenta comienza a truncarse en 1989. Por aquel entonces, los asuntos relacionados con el mercado único comienzan a acelerarse y a ser examinados y discutidos entre los distintos sectores de la economía y la industria.

Precisamente, un estudio de la Comisión Europea publicado en otoño de 1995 (Standard EB 43) aborda la cuestión de la constante erosión del “consenso permisivo” desde finales de los ochenta, en relación al “apoyo utilitario” (que integra la variable del beneficio “neto” de la pertenencia a la UE y las expectativas “netas” hacia el Mercado Único) y al “apoyo constitucional” (apoyo “neto” hacia la pertenencia a la UE y hacia un gobierno europeo).

Como se ha mencionado anteriormente, en 1989 comienzan a verse los primeros síntomas de la recesión del apoyo, aunque sólo de tipo “utilitario”. El apoyo “constitucional” continúa subiendo hasta la primavera de 1991, pero, a partir de esta fecha, se inicia una caída en ambos niveles de apoyo que se acelera y amplifica en la primavera y otoño de 1992, coincidiendo con la crisis de la ratificación de Maastricht.

La curva del apoyo es, sin duda, un fiel reflejo de los acontecimientos políticos que se desarrollan en la época. El apoyo comienza a caer en el verano de 1991, justo antes de la cumbre de Maastricht, pero también después de la Guerra del Golfo y el inicio de la recesión económica en muchos Estados miembros. El comienzo oficial del Mercado Único parece cerrado y el desplome del bloque comunista trae la incertidumbre al futuro de la Europa del Este. Con los referendos danés y francés en la primavera de 1992 (el último de ellos precedido por el denominado “miércoles negro”, con la retirada de la Libra Esterlina y de la Lira del mecanismo de tipos de cambio del Sistema Monetario Europeo) los indicadores de apoyo caen a su punto más bajo.

Tras la tendencia al retroceso en los noventa, a partir de finales de la década se produce un repunte lento pero constante, y esta es la tendencia que domina durante lo que llevamos de siglo XXI.

Aunque los ciudadanos siguen mostrando un apoyo de tipo “utilitario” a la UE y ven las ventajas de la pertenencia de su país a la Unión, no se atisba un fortalecimiento de los lazos de solidaridad, aquellos que tienen que ver con el desarrollo de un denso sentimiento de identidad colectiva: persiste un alto porcentaje (que varía en pocas décimas de un Eurobarómetro a otro, pero que suele rondar el 40 por ciento) de ciudadanos de los Estados miembros que se sienten únicamente identificados con la identidad nacional. Crece además el desinterés y domina el desconocimiento, la pasividad.

Y, sin embargo, algunos procesos de ratificación de los Tratados (Maastricht, Constitución, Lisboa) muestran una opinión pública que puede parecer en cierta medida más activa y desafiante porque tiende al rechazo. Pero, hay que insistir en que lo que prima es el desconocimiento del texto y términos de los Tratados que se votan, ya se acepten o se rechacen.

No hablamos, más que probablemente, de un “disenso activo” informado, sino más bien de campañas orquestadas desde ciertos sectores del euroescepticismo que calan puntualmente en la opinión pública nacional, en determinados países, y que se insertan en un contexto político y/o económico puntualmente complicado, y medido en clave nacional. Estamos pues, como bien lo calificó el presidente de la Convención Constitucional para el futuro de Europa, ante “un no al contexto, y no al texto”.

¿Cuál es la solución ante todas estas cuestiones? No cabe duda que la comunicación y la educación. La Europa de los ciudadanos no deja de ser una quimera, una etiqueta vacía de contenido si no se la dota de las herramientas necesarias. Y esas herramientas no pueden estar sino en el impulso de una dimensión europea de la educación cuyos contenidos estén consensuados a nivel europeo y en mayor medida introducidos en los currículos nacionales en las distintas etapas educativas. Así como en el diseño y puesta en marcha de una política de comunicación eficaz en su forma, intensidad y niveles de actuación, y, por supuesto, centrada en los problemas reales y cercanos del ciudadano.

¿Podemos acaso comparar la visibilidad de que tuvo la campaña de las elecciones europeas organizada por el Parlamento Europeo con la repercusión obtenida por la campaña del “No”, por ejemplo, en Irlanda? En invertir estas tendencias está la clave. La repetición de datos similares de opinión pública desde hace décadas lejos debe estar de “anestesiarnos”: estamos ante un problema real que las instituciones europeas deben resolver con celeridad y firmeza.


¿Se imaginan una selección de fútbol europea?

13 septiembre 2009

Encarna Hernández Rodríguez

El politólogo norteamericano Samuel P. Huntington hacía referencia en su polémico trabajo El choque de Civilizaciones a la multiplicidad de adscripciones de la identidad que pueden darse: la edad, el parentesco, lo político, la clase, lo económico, la religión y, por supuesto, el deporte.

Hincha italiano en la Copa del Mundo 2006

Hincha italiano en la Copa del Mundo 2006

Lo deportivo es capaz de despertar fuertes y espontáneas correspondencias identitarias: defendemos a “nuestro” equipo frente al “enemigo”, en una clara reafirmación de nuestra identidad frente al “otro”, que en el caso del deporte sería el equipo rival. Esto ocurre especialmente de esta forma en el caso de enfrentamientos entre deportistas o combinados nacionales, eventos en los que toman su máxima expresión sentimientos relacionados con la honra y el patriotismo nacional, dándose cita aquí, al mismo tiempo, otros muchos elementos de la identidad de tipo comunal.

Este hecho puede explicar que incluso estemos acostumbrados a manifestaciones espontáneas de alegría o tristeza, en muchos casos actos vandálicos (problema del hooliganismo), asociados a grandes acontecimientos deportivos.

Si analizamos la cuestión de la identidad a través del deporte, no podemos obviar la importancia del fútbol y de las “pasiones” que despierta, no sólo en lo que se refiere a enfrentamientos entre selecciones nacionales, sino también, y sobre todo, en relación a la fuerte adscripción al equipo de la ciudad.

Los clubes de fútbol están en primer lugar anclados en una identidad local, a una ciudad[1], aunque, como afirma Manuel Castells[2], a veces esa identidad se proyecte como nacional, en el caso de grandes clubes como el Real Madrid y el Barcelona, sobre todo a causa de la que históricamente ha sido una poca identificación con los escasos resultados de la selección española, aunque puede que este hecho haya podido comenzar a invertirse tras la última Eurocopa de fútbol.

Para Castells, uno de los grandes teóricos de la globalización y de lo que él denomina  como “sociedad red”, el fútbol es un deporte que expresa a la vez “los dos procesos que configuran nuestro mundo: la globalización y la identidad”, pero el problema es cómo mantener un equilibrio entre ambos procesos. Para el autor, se está perdiendo la base identitaria del fútbol –como identidad simbólica, construida en base al “amor a los colores” de un equipo que tiene una trayectoria histórica- porque se negocia con la identificación en un deporte que está inmerso de lleno en el negocio global.

¿Identidad local o negocio global? Encontramos ejemplos claros de estos dos polos opuestos en nuestra Liga de Fútbol Profesional. Sin ir más lejos: la cantera de Lezama, que nutre el primer equipo del Athletic Club de Bilbao con jugadores nacidos exclusivamente en el País Vasco y, en el polo opuesto, fichajes extranjeros rimbombantes como los de Cristiano Ronaldo o Zlatan Ibraimovic, cuyo desorbitado precio se justifica no sólo en base a su probable rendimiento dentro del terreno de juego, sino también sobre la base de los jugosos beneficios económicos que arrastra su imagen publicitaria. El caso del jugador británico David Beckham es sintomático del negocio que se mueve alrededor de las grandes figuras del futbol global.

¿Se imaginan una selección de fútbol europea compitiendo en un Mundial? ¿Sería rentable en términos económicos e identitarios? ¿Qué puede aportar el deporte a la construcción de una identidad europea? ¿Se imaginan a Cristiano, Ibraimovic, Ribéry, Iniesta, Villa o Gerrard defendiendo los colores de la elástica comunitaria, poniéndose firmes antes de los partidos cuando suene el Himno de la Alegría?

Teniendo en cuenta que estamos ante un deporte de masas, sería increíblemente rentable para despertar pertenencias y para generar compromisos. Aunque habría también que preguntarse si una marca “europea” sería jugosa en términos publicitarios.

Sentimiento europeo

Sentimiento europeo

¿Hablamos, en cualquier caso, de una utopía?


[1] Sobre la cuestión del fútbol y las identidades locales véase Walton, J.K & CaspisteguiGorasurreta, F.J. (2001). Guerras danzadas. Fútbol e identidades locales y regionales en Europa. Navarra: EUNSA.

[2] Se trata de la tesis defendida en un trabajo titulado El fútbol une al mundo: Una improbable teoría de la globalización (6 mayo, 2006).


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